No odiamos lo suficiente a los periodistas... ni a sus parientes
Primero lo primero: el Presidente y su hermana, Karina Milei, decidieron retirar del Senado el pliego -ya aprobado por la Comisión de Acuerdos- de María Verónica Michelli, candidata a jueza de La Plata, sólo por ser la cuñada de Hugo Alconada Mon, conocido periodista de investigación de La Nación. Esto fue dicho así hace 15 días por Clarín, cuando este medio reveló el caso, y en todas las notas posteriores sobre el tema.
Vale la pena remarcar el defecto: el Gobierno buscar impedir que una persona calificada ocupe un puesto porque no le gusta lo que hace un familiar político de la misma.
No sólo culpa a alguien por “ser pariente”, delito tipificado únicamente por regímenes autoritarios: en este caso resulta además que el pariente en cuestión es un profesional respetado, cuya “falla” es investigar casos de corrupción y hacerlos públicos.
El episodio, hasta allí una maniobra condenable, subió varios peldaños en la escalera de problemas políticos cuando nada menos que la jefa del bloque de senadores libertarios, y único miembro del oficialismo con mejor imagen que Javier Milei, Patricia Bullrich, anunció públicamente, este lunes, que no compartía la medida y ofreció renunciar a su jefatura de bancada.
“Voy a ejercer mi derecho a la objeción de conciencia respecto del retiro del pliego de la Dra. Michelli a Jueza Federal”, escribió.
Bullrich otorgó así, además, un certero -algunos dirán oportunista- carácter moral a su correcta decisión.
La senadora -que aclaró que sigue "empujando este carro con la misma fuerza del primer día para que la Argentina sea grande otra vez”- sostuvo en su posteo, con justeza, que "el debate sincero, el respeto por las convicciones del otro y los valores republicanos también son parte del cambio".
La primera reacción de la cúpula del Gobierno fue buscar culpables en el Ministerio de Justicia (culpables de haber enviado el pliego de Michelli en primera instancia, claro). Y tratar, otra vez, de apagar la interna.
No logran medir adecuadamente el impacto de un nuevo tiro en los pies, que se suma a los golpes acumulados por el escándalo de Adorni -sin fin a la vista y en el cual Bullrich también se diferenció-, el caso Andis, la criptoestafa de $LIBRA y el reciente pero no menos jugoso entramado de coimas y otros asuntos oscuros en ARSAT, que promete crecer en repercusión y salpicaduras.
La lectura oficialista para 2027 se resume en la frase pronunciada por el ministro Luis Caputo este martes ante empresarios brasileños: “Aunque haya una guerra mundial o una invasión extraterrestre, Axel Kicillof nunca va a ser presidente”.
Efectivamente, a la oscilante performance del gobernador bonaerense en las encuestas se suma que la mayor líder opositora, Cristina Kirchner, está por cumplir un año presa, lo cual lleva al Gobierno a la sensación de que juega solo.
Imagina que para reelegir le alcanza con mantener bajo control las variables macroeconómicas, que los últimos días le dieron buenas noticias después de un tiempo algo prolongado.
Y subestima el efecto que los casos de corrupción y desprecio por las formas puede tener en el electorado republicano, un grupo que hoy parece sin poder como para imponer candidatos pero que puede ejercer de fiel de la balanza apoyando o quitándole el apoyo al libertario.
Como resume un colega, con el espíritu mundialista que empieza a contagiar a todo el país, el Gobierno pelea por mantener un resultado apretado cuando podría ir ganando por goleada. No debería perder de vista que, si llegan los penales, tal cual asegura el lugar común, son una lotería.
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