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clarin.com · hace 19 horas · Clarin.com - Home

La destrucción creativa argentina

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La Argentina está atravesando uno de los procesos de transformación económica más profundos de las últimas décadas. Pero probablemente todavía no terminamos de comprender la verdadera naturaleza de ese cambio. La discusión pública suele concentrarse en inflación, déficit, tipo de cambio, reservas o reformas regulatorias.

Sin embargo, debajo de esa superficie ocurre algo más estructural: nuestro país está entrando en un proceso de destrucción creativa schumpeteriana. Joseph Schumpeter definía la destrucción creativa como el mecanismo mediante el cual el capitalismo reemplaza viejas estructuras productivas por otras nuevas.

La innovación no solo crea empresas y tecnologías: también vuelve obsoletos modelos económicos, capacidades organizacionales e instituciones enteras. Eso es exactamente lo que empieza a suceder hoy en la Argentina. La estabilización macroeconómica, la apertura gradual, la revolución tecnológica, la inteligencia artificial, la reorganización geopolítica y la aparición de nuevos sectores dinámicos están alterando simultáneamente la lógica sobre la cual funcionó buena parte de nuestra economía durante décadas.

El problema es que los procesos de destrucción creativa nunca son neutrales, destruyen desequilibrios, pero también pueden destruir capacidades. Y ahí aparece uno de los mayores desafíos estratégicos para el gobierno, porque ordenar la macroeconomía es condición necesaria para salir de la decadencia. Pero no alcanza por sí sola para construir una economía moderna, competitiva y sostenible.

Toda transformación acelerada genera tensiones sobre tres dimensiones críticas: la capacidad institucional; la cohesión política; y la infraestructura de capital humano. Y hoy las tres muestran señales severas de fragilidad.

La Argentina necesita corregir distorsiones acumuladas durante años de exceso regulatorio; baja productividad; subsidios cruzados; desequilibrios fiscales; estructuras económicas cerradas y mecanismos de asignación de recursos profundamente ineficientes.

Pero, al mismo tiempo, necesita evitar que el proceso de corrección erosione capacidades estratégicas que después resultan extremadamente difíciles de reconstruir. Ese es el equilibrio más complejo de administrar porque destruir es más rápido que reconstruir.

La historia económica muestra que muchos países lograron estabilizar variables macroeconómicas sin lograr construir instituciones sólidas de desarrollo. El riesgo aparece cuando la destrucción de estructuras viejas ocurre más rápido que la creación de nuevas capacidades y algunos signos empiezan a encender alertas.

En el plano educativo, la Argentina enfrenta un problema crítico de desacople entre el sistema de formación y la nueva economía. Mientras el mundo demanda capacidades vinculadas a inteligencia artificial; automatización; análisis de datos; ingeniería; programación; logística avanzada y gestión tecnológica, el deterioro educativo acumulado limita la velocidad de adaptación del capital humano.

La destrucción creativa acelera la obsolescencia de habilidades laborales. Pero si no existe capacidad de reconversión, el resultado no es innovación: es exclusión. Algo similar ocurre con las capacidades estatales. El debate argentino suele oscilar entre “más Estado” o “menos Estado”.

Pero la verdadera discusión debería ser otra: qué tipo de Estado necesita una economía atravesada por una transformación tecnológica y productiva de esta magnitud. Porque incluso las economías más orientadas al mercado requieren reguladores sofisticados; infraestructura institucional; coordinación público-privada; agencias técnicas; seguridad jurídica y capacidad de planificación estratégica.

La destrucción indiscriminada de capacidades estatales puede generar alivio fiscal de corto plazo, pero también debilitar herramientas necesarias para administrar transiciones complejas y esto adquiere todavía mayor relevancia en un contexto donde nuestro país empieza a integrarse a nuevas cadenas globales vinculadas a: energía; minería; agroindustria avanzada; economía del conocimiento y servicios exportables.

La oportunidad es enorme, pero competir en esos ecosistemas exige instituciones funcionales, capital humano sofisticado y estabilidad política mínima.

Ahí aparece otra tensión central: la dimensión política de la destrucción creativa. Los procesos de transformación acelerada suelen ampliar brechas entre sectores dinámicos y rezagados; entre regiones; entre trabajadores formales e informales y entre empresas con distinta capacidad tecnológica. Eso aumenta la fragmentación social y tensiona la gobernabilidad.

La estabilización económica puede mejorar indicadores macro. Pero si no logra construir legitimidad social y capacidad institucional, la sustentabilidad política del proceso se vuelve más frágil. Y la Argentina conoce demasiado bien los ciclos donde reformas económicas relevantes terminan erosionándose por falta de consensos duraderos.

Por eso, el verdadero desafío del gobierno no es solamente estabilizar la economía. El desafío es administrar un proceso de destrucción creativa sin destruir las capacidades necesarias para sostener el desarrollo futuro porque la nueva economía no premia únicamente el ajuste. Premia productividad; innovación; conocimiento; infraestructura; institucionalidad y capacidad de adaptación colectiva. La Argentina necesita modernizarse.

Pero toda modernización exitosa exige simultáneamente dos cosas: desarmar estructuras inviables y construir nuevas capacidades. Si solo ocurre lo primero, el riesgo es entrar en una dinámica de fragilidad permanente.

La destrucción creativa puede abrir una enorme oportunidad histórica para la Argentina, pero solo si el país logra transformar esa destrucción en una plataforma de reconstrucción económica, institucional y educativa capaz de sostener el próximo ciclo de desarrollo.

Dante Sica

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