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clarin.com · hace 21 horas · Clarin.com - Home

#NiUnaMenos: La prevención empieza antes de que la violencia tenga nombre

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A más de diez años del primer #NiUnaMenos, la violencia sigue apareciendo en los titulares —muchas veces protagonizada por adolescentes. Y cada vez que un caso sacude a la sociedad, la misma pregunta incómoda vuelve a instalarse en escuelas, consultorios y hogares: ¿estamos llegando tarde?

No hay respuestas simples. Es un fenómeno complejo, multicausal y que nos interpela a todos: escuelas, madres, padres, Estado. ¿Qué estamos viendo y qué estamos dejando de ver en los adolescentes?

Desde una mirada educativa sabemos que no podemos prevenir la violencia solo con respuestas posteriores. Prevenimos llegando antes. Y para eso necesitamos comprender que la violencia rara vez empieza con el hecho extremo.

La evidencia científica es contundente: las dinámicas vinculares que luego derivan en daño comienzan mucho antes de que las llamemos violencia. Según datos de la OMS (2024), casi 1 de cada 4 adolescentes de entre 15 y 19 años que tuvieron una relación de pareja sufrieron violencia física o sexual. Y la puerta de entrada, según UNICEF, rara vez es el golpe: es la humillación, la crítica sistemática, la desvalorización del otro. La violencia psicológica suele llegar primero.

Desde las investigaciones de la Universidad Austral confirmamos que muchas experiencias de violencia aparecen en los primeros vínculos afectivos de la adolescencia. Relaciones atravesadas por control, celos normalizados, aislamiento de amistades, presión emocional, humillaciones, control digital o dificultades para reconocer límites propios y ajenos. No siempre se presentan como violencia física o sexual. Empiezan mucho antes, mayoritariamente de forma bidireccional, aunque las consecuencias frecuentemente son más graves para la mujer que para el varón. ¿Cuántas señales dejamos pasar porque todavía no las llamamos violencia?

Llegamos tarde si empezamos a hablar de prevención recién a los 14 años. Educar para vínculos saludables es desde siempre, adecuado a cada etapa del desarrollo. Donde la ESI en las escuelas se vuelve un ámbito privilegiado de prevención de violencia y promoción de relaciones saludables.

Los programas escolares más efectivos suceden cuando escuela y familia trabajan en sintonía y cuando los contenidos se enseñan con metodologías participativas, transversales y adecuadas al desarrollo. UNESCO (2024) señala que este tipo de educación requiere generar espacios de diálogo y participación que muchas veces desafían los modelos tradicionales de enseñanza. ¿Estamos dispuestos a salir de nuestras formas conocidas para abrir espacios de diálogo y participación adolescente?

La pregunta, entonces, no es si alguien va a educar a los adolescentes en vínculos y sexualidad. Eso ya está ocurriendo. La pregunta es quién lo hace, cuándo y desde qué evidencia. Es un dato consolidado en la investigación: la pornografía y las redes sociales ocupan hoy el lugar que antes tenían la familia y la escuela en la educación afectivo-sexual de los adolescentes. Si los adultos y las instituciones educativas nos corremos, ese espacio no queda vacío: lo ocupa otro.

Si sabemos que los vínculos se aprenden, ¿por qué esperamos tanto para enseñarlos? Cuando llegamos tarde, el costo no se mide solo en estadísticas... se mide en vidas perdidas y en sufrimiento evitable. Estas, y más, son las consecuencias de las oportunidades que perdemos cuando no trabajamos en enseñar a vincularse sanamente.

Que el #NiUnaMenos no quede solo en la conmemoración anual. El compromiso concreto está en las aulas, en los equipos de orientación escolar, en las consultas pediátricas y psicológicas, en las familias: identificar señales tempranas para reconocer y prevenir todas las formas de violencia, abrir conversaciones incómodas, enseñar a poner límites y a reconocerlos en otros y promover entornos de cuidado donde niños, niñas y adolescentes puedan vincularse saludablemente. La prevención de la violencia no empieza con una denuncia. Empieza con un vínculo sano que alguien aprendió —o no aprendió— a desarrollar.

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