Los líderes de derecha avanzan con la clara intención de poblar el mapa político de América Latina
El panorama electoral de América Latina ha sumado este fin de semana un capítulo central con los comicios presidenciales en Colombia, prefigurando al mismo tiempo la crucial segunda vuelta que se disputará el próximo domingo en Perú.
Ambos procesos se inscriben en una clara y coordinada intención geopolítica: la de estructurar un bloque continental donde los mandatarios y líderes de derecha vayan poblando progresivamente los gobiernos de la región.
No se trata ya de fenómenos aislados, sino de un giro deliberado hacia un ecosistema conservador y disruptivo que busca desplazar definitivamente a las opciones de izquierda.
Elecciones en Colombia 2026: Abelardo De la Espriella se impone en la primera vuelta y enfrentará a Iván Cepeda en el balotaje
En el caso colombiano, el escenario político se ha polarizado drásticamente tras una jornada en la que, de los tres candidatos con relevancia en la contienda, solo dos lograron el pasaje directo al balotaje.
Abelardo de la Espriella, un pintoresco abogado y empresario que representa a la derecha, se alzó con el primer lugar al obtener el 43,7% de los sufragios. Apenas tres puntos por debajo se ubicó Iván Cepeda, el postulante izquierdista de pasado comunista fuertemente respaldado por el actual mandatario Gustavo Petro, quien cosechó el 40,91% de los apoyos.
Por fuera de la definición quedaron los sectores moderados. La candidata del medio, la señora Paloma Valencia —cuya matriz política deriva directamente del uribismo—, sufrió un duro revés electoral al ser votada por una porción muy minoritaria de la ciudadanía. Ante este escenario de polarización absoluta, tanto Valencia como el propio exmandatario Álvaro Uribe han salido de inmediato a manifestar de forma pública su respaldo explícito a la candidatura de De la Espriella de cara a la segunda vuelta.
El resultado dejó además en evidencia un nuevo fracaso generalizado de las firmas encuestadoras locales. Sin embargo, la consultora brasileña Atlas Intel, cuyos informes para la agencia norteamericana Bloomberg son seguidos con extrema atención en la Argentina, volvió a consolidar su verosimilitud al aproximarse con exactitud al resultado real, repitiendo la eficacia metodológica que viene demostrando en nuestro país.
Más allá de las fronteras colombianas, el mapa continental aguarda el inminente desenlace en Perú, donde la centroderechista Keiko Fujimori, hija del exdictador Alberto Fujimori, se perfila con altas probabilidades de imponerse en las urnas.
Lo verdaderamente alarmante que ratifica el proceso electoral en Colombia no radica únicamente en los números, sino en la consolidación de tres rasgos profundamente patológicos de la política contemporánea.
El primero es la noción de la política concebida estrictamente como un espectáculo circense, un show donde los protagonistas parecen disfrazarse de payasos y ejecutar disparates para un público masivo. El segundo rasgo es que el lenguaje político se ha reducido al insulto brutal y descalificador.
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Apenas concluidos los comicios, De la Espriella y Cepeda iniciaron un intercambio feroz tratándose mutuamente de "cobarde", "fascista", "golpista", "ladrón" y "mentiroso". Distamos una enormidad de aquellas épocas, por ejemplo en Chile, donde los candidatos rivales se cruzaban en la vía pública para darse caballerosamente la mano.
El tercer elemento, acaso el más ridículo y preocupante, es que estos agravios ya ni siquiera responden a cuestiones trascendentales o de fondo. Si los candidatos se insultaran con ferocidad por el destino de la República, por el modelo económico o por debates institucionales de carácter prioritario, uno podría —sin justificar jamás la violencia verbal— comprender la gravedad de la discusión.
Pero no. En Colombia, la disputa brutal y los calificativos de alto calibre comenzaron por una soberana estupidez: el uso político o no de la camiseta de la selección colombiana de fútbol en plena campaña, luego de que De la Espriella se exhibiera con ella aprovechando la coyuntura del Mundial. Cepeda lo acusó de "robarse el patrimonio de la selección", desatando una escalada delirante donde los grandes problemas del país quedaron sepultados bajo una discusión secundaria.
Este estilo performático y estridente asimila con nitidez a Abelardo de la Espriella con la construcción política de Donald Trump. El exmandatario norteamericano, que casualmente celebrará pasado mañana su cumpleaños mandando a erigir una suerte de carpa estadio o coliseo al lado de la Casa Blanca para montar una lucha de peleadores —una excentricidad que evoca de manera inevitable los delirios imperiales de Nerón o Cómodo, quienes disfrutaban viendo cómo la gente se mataba entre sí—, representa la cúspide de esta política espectáculo.
No resulta extraño, entonces, que el presidente argentino Javier Milei haya celebrado con entusiasmo el triunfo en primera vuelta de De la Espriella, dado que el colombiano se declara un ferviente admirador tanto del líder libertario como de la figura de Trump.
Ahora bien, si resulta plenamente comprensible que De la Espriella admire a Milei por tratarse de un fenómeno global disruptivo que inauguró un debate mundial sobre las ideas libertarias desde la audacia de su postura, resulta inexplicable la mutua fascinación que ambos profesan hacia Trump.
Es un misterio absoluto qué encuentran de confortable o admirable en un personaje que promueve posturas pseudocientíficas antivacunas de corte terraplanista, impulsando las ideas de su secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., para desmantelar el calendario de vacunación infantil.
Trump representa un fracaso absoluto tanto en el plano doméstico como en el internacional, y resulta imperativo indagar por qué ciertos sectores insisten en elevarlo a la categoría de faro político.
Con este escenario dinámico, el mapa ideológico de la región se encamina hacia una configuración homogénea de derecha, centro-derecha o extrema derecha, articulada por las afinidades mutuas entre figuras como Javier Milei, Abelardo de la Espriella, el chileno José Antonio Kast y, eventualmente, Keiko Fujimori en el Perú.
La única gran excepción a este bloque continental será Brasil, que afrontará sus propios comicios presidenciales a finales de este año. Resta ver si la administración de Luiz Inácio "Lula" da Silva logrará sobrevivir políticamente a los severos casos de corrupción que la salpican, o si el gigante sudamericano terminará sumándose a este engranaje conservador mediante el eventual triunfo de una alternativa ligada al hijo del expresidente Jair Bolsonaro.
Las cartas están echadas en una América Latina que debate su futuro entre el giro ideológico y el ruido ensordecedor del circo electoral.