El consumo deprimido más loco del mundo
En los últimos dos años hemos sobreinterpretado y bastardeado ante la opinión pública no solamente las estadísticas oficiales del Indec sino también mediciones de consultoras privadas cuyos reportes surgieron para informar sobre la participación de mercado de sus clientes antes que para ser tomados como parámetro nacional de indicadores claves de la macroeconomía.
Gracias a este bastardeo mediático, hemos logrado que la gente desconfíe de los datos de inflación, de pobreza, de actividad económica, de desempleo y de salarios. Todos los que hemos estudiado la ciencia estadística sabemos que hay un trade-off entre tamaño de la muestra y calidad del dato obtenido, pero también conocemos que los intervalos de confianza nos permiten sortear esas limitaciones con herramientas científicas confiables.
Lo más importante de una secuencia de datos a lo largo del tiempo es que no cambie la forma en que la medimos, de manera que sea comparable en el tiempo. Esa comparabilidad prevalece a la necesidad de actualizar la fórmula que medimos. Y aunque debamos hacerlo en intervalos de tiempo prudentes para reflejar cambios de hábitos u otras cuestiones, toda la bibliografía aconseja hacerlo cuando los valores del dato objeto de medición haya alcanzado cierta estabilidad.
Dicho esto, volvamos a la controversia preferida del sistema mediático: el consumo.
Vamos a intentar explicar las limitaciones de las conclusiones pesimistas con las que muchos analistas mediáticos pretenden afectar negativamente las expectativas del mercado a la vez que alterar nuestras emociones personales:
El consumo general que se calcula trimestralmente en las cuentas nacionales al momento de anunciarse el dato del PBI abarca cualquier tipo de bien o servicio en el que la población invierte sus ingresos. Incluye desde alimentos y artículos de limpieza, hasta vehículos, artículos electrodomésticos, viajes, medicina prepaga y tarifas de servicios públicos. Las estadísticas públicas son inequívocas a la hora de calcular que durante el año 2025 este indicador creció un 8% respecto al año anterior. Y eso no excluye que, simultáneamente, el consumo masivo pudo haber caído o no. Y mucho menos puede inferirse que haya una correlación inmediata entre este indicador y el de pobreza.
Eso es falso. Se trata de mediciones diferentes. Siempre que tenemos una duda, lo mejor es invertir tiempo yendo a las fuentes. Tuve la oportunidad de invertir una hora de charla con Osvaldo del Río, titular de Scentia, quien tuvo la gentileza de explicarme en detalle su excelente informe. Lo primero que me contó es que la data surge para nutrir a las principales marcas y supermercados sobre su participación de mercado en góndolas y nunca tuvo la pretensión de aportar un dato de utilidad macroeconómica.
Abarca el 100% de las bocas de grandes superficies y una muestra para el caso de los supermercados chinos y almacenes de barrio. Además, sólo incluye en su reporte las ventas de productos empaquetados que representan alrededor del 60% del consumo masivo total, excluyendo, por ejemplo, pero no solamente, todo aquello que se conoce como productos frescos, tales como carnes, frutas y verduras.
Vale la pena aclarar que la calidad y confiabilidad del informe de Scentia en relación a la información que le brinda a sus clientes para entender la penetración de sus productos en sus respectivos segmentos es excelente. Simplemente se trata de no pedirle peras al olmo.
El consumo relevado por la consultora sólo responde a la porción que titula consumo principal. Y también cómo otros rubros muestran un comportamiento completamente diferente.
Desde la pandemia hasta el presente, los hábitos de consumo han cambiado notoriamente y su impacto es aún mayor cuando se lo mide verticalmente en la pirámide demográfica para entender cómo compran las nuevas generaciones.
No se puede esperar que famosas plataformas globales como Temu, Amazon o Shein estén dispuestas a darle sus datos al Indec o a Scentia para completar sus informes, con lo cual ya sabemos que tenemos un déficit allí de difícil resolución.
Sin embargo, con sólo visualizar lo que crece la venta electrónica que sí se reporta año a año, podemos darnos cuenta de que venimos subestimando esta forma de consumo sistemáticamente en el tiempo. Mientras que las formas presenciales registran movimientos de un dígito bajo, las formas digitales lo hacen a tasas de dos dígitos altos, tal como se puede ver en el gráfico de abajo.
Esta quizás sea la falacia de las falacias. Conocida también como la ilusión de la nominalidad, frente a una inflación del 200% anual, la compra compulsiva de cualquier producto de consumo masivo es casi la única alternativa de las clases más vulnerables para protegerse de la pérdida diaria de poder adquisitivo de su salario frente a los precios.
Lejos está eso de representar una mayor capacidad de compra. En todo caso, representa la única opción disponible frente a muchas otras que tiene hoy, en particular, la de no apurarse para gastar porque la suba de los precios navega día a día a una velocidad mucho menor.
Esto, sumado al crédito y las cuotas, reactiva otras líneas de un consumo más durable y menos masivo, como los electrónicos, las motos, los autos y hasta los bienes inmuebles.
En una economía que se estabiliza, es normal que durante los primeros dos o tres años se vean cambios significativos en los hábitos de consumo, pasando de un esquema de protección a un esquema de elección selectiva.
El consumo vía e-commerce en todas sus formas crece anualmente a tasas del 25% anual y hoy representa cerca de un 15-20% del total de compras de la población.
El informe de Scentia es una excelente herramienta para que sus clientes comprendan su posición en el mercado “empaquetado” del consumo masivo. No es una herramienta para evaluar el consumo masivo total ni mucho menos el consumo en general. Y tampoco fue pensado para eso.
Al menos un 30% de los bienes consumidos (autos, textiles, electrodomésticos) bajaron sus precios en términos reales gracias a la mayor apertura de la economía. Es lógico que las mediciones que se hacen en valor no rescaten que la caída puede deberse más a precio que a cantidad.
Debido al punto anterior, y a la presencia de consumidores más activos en la búsqueda de opciones, la eficiencia del precio y de las compras se vuelven ventajas competitivas inevitables para el éxito comercial. Eso conspira contra las micro pymes y empuja a cierto nivel de consolidación que explica en parte el cierre de empresas o negocios de muy pequeña facturación.
Por último y no menos importante, la estabilidad macroeconómica también genera un estímulo virtuoso al ahorro. Eso lleva a postergar consumos inmediatos menos importantes para apuntar a consumos futuros más relevantes en la economía de una familia.
Como vemos, hay muchas razones que explican una eventual caída del consumo masivo reportado mientras el consumo general crece. Ninguna de ellas correlaciona ni con la suba ni con la baja de la pobreza que muchos confunden con el menor ingreso disponible de la clase media.