Un proyecto de ley mortuorio
Un diputado socialista presentó un proyecto de ley de eutanasia con el título de ley de muerte voluntaria médicamente asistida. Esta lúgubre incitativa tiene muchos aspectos impactantes y profundamente negativos. Entre ellos, me llamó la atención que proponga el acceso a una muerte asistida a partir de los 16 años. También, que considere que las instituciones médicas no pueden negarse a estas intervenciones fatales por motivos ideológicos o religiosos.
Existen innumerables razones para oponerse a una ley así. Voy a utilizar la que para mí es la más importante: derriba el muro que nos hace insistir en la vida hasta el último instante. La palabra agonía significa justamente eso, luchar, combatir, pelear.
La agonía es literalmente luchar contra la muerte. Y, en otros términos, luchar contra el dolor físico o mental. La ley podría emitir un mensaje terrible: no luches más. Y ese mensaje es un veneno, especialmente para los jóvenes.
En la Argentina, un joven de entre 10 y 19 años se suicida por día. Es la segunda causa de muerte en esa edad. El suicidio de niños y jóvenes sanos, para quienes el dolor mental resultó intolerable (uso la palabra intolerable porque es esa la que usa el proyecto de ley para justificar la acción de terminar con la vida), es la más grande tragedia social que vivimos.
¿Cómo vamos a disuadir a todos esos chicos de sus decisiones definitivas si promovemos leyes que en otras condiciones buscan regularlas? Visto así los suicidios parecerían muertes voluntarias que no hicieron un trámite.
Nada que vaya en contra de la vida humana está bien. Es una regla que sirve para actuar en el mundo porque elimina las disyuntivas.
Si esto avanza, la opinión pública va a ser bombardeada con ejemplos de situaciones lacerantes, donde parecerá de sentido común apoyar esta ley o una parecida. Ya pasó con otros temas. Por eso, antes de que esa distorsión de la realidad empiece, quiero fijar mi posición y alertar sobre la manipulación que sufrirá la sociedad. Nadie hablará de los suicidios de niños y adolescentes. Nadie querrá establecer un vínculo entre la ley y los suicidios, especialmente de jóvenes, pero ese lazo está ahí.
Al final, sostengo que nada que vaya en contra de la vida humana está bien. Es una regla que sirve para actuar en el mundo porque elimina las disyuntivas.
Lo dijo Hipócrates hace 2400 años. Son las palabras sobre las que todavía hoy juran los médicos: “A nadie, aunque me lo pida, daré un veneno ni le sugeriré que lo tome. No daré a nadie, por complacencia, un remedio mortal ni un consejo que lo induzca a su pérdida” (Muerte asistida). De la misma manera, no proporcionaré a ninguna mujer pesarios abortivos”.
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