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clarin.com · hace 20 horas · Clarin.com - Home

Adolescencias en crisis: redes sociales y relaciones humanas

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Vivimos un momento histórico en el que las adolescencias enfrentan desafíos profundamente distintos a los de generaciones anteriores. Y quizás la primera idea importante sea precisamente esta: no existe una única adolescencia. Existen adolescencias.

La experiencia de una joven de la periferia es diferente de la vivida por un adolescente de clase media alta. La realidad de un joven rural no es igual a la de quien vive en un gran centro urbano. Género, raza, desigualdad económica, territorio y acceso a la educación moldean profundamente la forma en que cada joven experimenta esta etapa de la vida.

Sin embargo, existe un elemento común que atraviesa prácticamente todas estas experiencias: la creciente sensación de ansiedad, presión e inseguridad emocional. Muchos adolescentes ya no describen esta etapa como “la mejor época de la vida”, sino como un período marcado por exigencias permanentes, miedo al fracaso y necesidad constante de validación social.

Zygmunt Bauman describió nuestra época como una “modernidad líquida”, caracterizada por la fragilidad de los vínculos, la inestabilidad de las relaciones y la rapidez de las transformaciones sociales. Los adolescentes crecieron dentro de esa lógica. Todo cambia rápidamente: tecnologías, relaciones afectivas, identidades, profesiones y formas de pertenencia.

Las redes sociales intensificaron este escenario. Nunca hubo tanta comunicación y, paradójicamente, tanta soledad. Los jóvenes viven conectados de manera permanente, pero muchas veces sin espacios reales de escucha y diálogo. La lógica digital produce comparación continua: se compara el cuerpo, la apariencia, el éxito, la felicidad y el estilo de vida. Pero aquello que aparece en las redes suele ser una vida editada y filtrada para generar aprobación.

Muchos adolescentes terminan creyendo que deben responder a estándares imposibles. Esto produce ansiedad, baja autoestima, sufrimiento emocional y sensación permanente de insuficiencia. A ello se suma el impacto dejado por la pandemia, que debilitó vínculos sociales y agravó problemas de salud mental ya existentes.

Dentro de este cuadro general existe una cuestión especialmente preocupante: la violencia de género y el crecimiento de la misoginia digital. Las niñas continúan viviendo bajo vigilancia constante. Deben pensar en la ropa que usan, en cómo hablan, en la imagen que proyectan y en cómo se comportan para evitar juicios o ataques. El cuerpo femenino sigue siendo tratado como territorio público de evaluación y control.

Pierre Bourdieu ayuda a comprender este fenómeno al mostrar cómo muchas desigualdades se vuelven invisibles cuando pasan a ser vistas como “naturales”. Cuando la violencia simbólica se naturaliza, se vuelve mucho más difícil combatirla.

Muchos adolescentes varones crecen sin referencias equilibradas de masculinidad. En ese contexto gana fuerza la llamada “machosfera digital”: comunidades online asociadas a movimientos como incels y red pills, que transforman inseguridades emocionales en resentimiento, hostilidad hacia las mujeres y discursos de odio.

La psicóloga brasileña Valeska Zanello sostiene que muchos hombres aprenden desde temprano que deben demostrar fuerza, dominio e invulnerabilidad permanente. Mostrar fragilidad emocional pasa a ser interpretado como fracaso.

La escritora británica Laura Bates advierte que la machosfera digital funciona como un ecosistema de radicalización emocional e ideológica. Jóvenes vulnerables encuentran allí pertenencia y reconocimiento, pero muchas veces al costo de construir misoginia y deshumanizar a las mujeres. La filósofa Judith Butler también ayuda a comprender cómo el género no es algo puramente natural, sino una construcción social reforzada por expectativas y presiones culturales.

La socióloga australiana Raewyn Connell demuestra cómo determinados modelos de masculinidad ligados a la agresividad y la dominación continúan siendo valorizados socialmente. En las redes, esos modelos encuentran enorme capacidad de amplificación mediante algoritmos que favorecen discursos radicales y polarizadores.

Lo más grave es que la misoginia pasa a funcionar como mecanismo de integración social entre grupos masculinos. Ridiculizar niñas, controlar comportamientos femeninos o humillar mujeres se transforma, muchas veces, en una forma de pertenencia colectiva.

La escuela aparece entonces como un espacio central, no solamente para transmitir contenidos académicos, sino también para la formación ética y emocional. Sin embargo, la propia escuela muchas veces reproduce desigualdades y violencias presentes en la sociedad. Bromas humillantes, exposición digital, acoso y violencia verbal suelen ser tratados como comportamientos “normales” de la adolescencia.

Necesitamos reconocer que no son normales. Son formas tempranas de aprendizaje de la violencia. Ninguna escuela conseguirá enfrentar sola un problema de esta magnitud. Es necesaria una articulación amplia entre familias, instituciones públicas, sistema de justicia, plataformas digitales y redes de protección social.

Necesitamos fortalecer la educación emocional, desarrollar pensamiento crítico y crear espacios seguros de escucha para adolescentes. También es indispensable discutir la responsabilidad de las plataformas digitales, cuyos algoritmos amplifican discursos violentos y extremistas.

Sobre todo, necesitamos devolver esperanza a las juventudes. Porque una sociedad que pierde la capacidad de ofrecer horizonte a sus jóvenes corre un enorme riesgo colectivo. Proteger las adolescencias significa proteger la democracia, la convivencia y el futuro.

Miriam Abramovay

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