El negocio de la longevidad
En los últimos años fuimos testigos de un avance tecnológico sin precedentes en términos de salud y longevidad. Un desarrollo impulsado por enormes cantidades de dinero, en 2023 la inversión global en Longevity Biotech supero los 5200 millones de dólares, gran parte proveniente de fondos de capital de riesgo o inversores, que despertó un interés que hasta hace poco podía catalogarse como ciencia ficción: la búsqueda de la inmortalidad o la prolongación indefinida de la vida humana. Un tema que hoy forma parte del debate global.
Lo cierto es que aquello que antes era terreno de especulación y promesas mágicas hoy está siendo respaldado por esfuerzos concretos, de la mano de la tecnología y el capital, y amplificado a través de nuevos canales de influencia social como las redes.
Sin embargo, la carrera por la longevidad empezó a adoptar una dimensión distinta: ya no se trata únicamente de avances científicos, sino de un estatus social y porque no decirlo en una moda, una aspiración que se pretende medir en años de vida, pero que aún permanece en un terreno discutido de medicina experimental y escasa regulación.
Se habla de longevidad en múltiples ámbitos: en la economía, en los negocios, en la medicina e incluso en las esferas de gobierno. Es un tema transversal y global que, más allá de vincularse con el progreso y el desarrollo, parece estar profundamente arraigado en las aspiraciones personales de los sectores que lo impulsan de la mano de empresas como Blueprint liderada por el excéntrico Bryan Johnson o Parabiosis de Peter Thiel.
Detrás de la búsqueda por perpetuar la vida parece revelarse un deseo más profundo: conquistar el tiempo y hacer desaparecer la muerte como negación del limite humano. Una fantasía de omnipotencia.
Estamos frente a un debate que oscila entre lo que debería ser el bienestar personal y comunitario, con los intereses económicos y, sobre todo, egos personales; basta con bucear en una red como LinkedIn para comprobar donde CEO´s publican sus rutinas de ayuno o un ejército de “descubridores de la longevidad” plantean estrategias que esconden la motivación personal de la propia reinvención laboral.
Lo que estamos observando es que, más allá del discurso sobre bienestar, la longevidad empieza a posicionarse como una ambición de élites. Los avances tecnológicos y biológicos, al alcance de unos pocos, impulsan una supuesta revolución de la inmortalidad que no está al servicio de resolver problemas sociales, sino de permitirles a quienes tienen recursos trascender los límites que la vida impone a todos. Buena parte del dinero proviene de multimillonarios de Silicon Valley — como Sam Altman o Jeff Bezos entre otros — cuyas motivaciones entrelazan curiosidad científica con un deseo muy personal de no morir. Sobre ello intercambiaron el presidente Putin y el Premier chino Xi Xinping a micrófono abierto hace unos meses.
Lo cierto es que, con palabras de origen bélico como antiaging o con términos que nadie puede definir con precisión como biohacker, muchas personas se están convirtiendo en ratones de laboratorio. Compartir, comprar, negociar y consumir sustancias no probadas, muchas de ellas inyectables, deja de ser una curiosidad de Silicon Valley para convertirse en un riesgo sanitario al que ya nadie parece querer poner límites.
Como ejemplo lo ocurrido en la última feria del envejecimiento celebrada en Las Vegas, donde se ofrecieron pruebas gratuitas de terapias experimentales y donde dos asistentes que se sometieron a esos procedimientos terminaron internados en la sala de emergencias del hospital local.
Este episodio pone en evidencia los riesgos de experimentar con tecnologías médicas que aún no cuentan con evidencia científica sólida ni con certificaciones rigurosas. Declararle la guerra al envejecimiento es, en el fondo, declararle la guerra a la vida misma.
Todo esto es consecuencia de un problema epistémico de fondo al que no parece prestársele mucha atención, en una especie de aproximación reduccionista: mucho de lo que se vende como “medicina de la longevidad” se apoya en estudios sobre animales o insectos, en biomarcadores cuya conexión con la mortalidad real es discutible —los relojes epigenéticos, por ejemplo—, o en extrapolaciones demasiado generosas.
Así el fenómeno de la longevidad escapó de los círculos académicos y se convirtió en un tema de actualidad abordado por una infinidad de voces carentes de solvencia o incluso médicos que toda su vida se dedicaron a otras especialidades y hoy se autoproclaman expertos en longevidad.
De esta manera, la longevidad se convierte es un cóctel confuso donde escasean las intenciones nobles y los cuidados de vanguardia, mientras abundan los experimentos costosos y una peligrosa falta de regulación con la charlatanería.
El campo se ha convertido en una mezcla incómoda de ciencia seria, marketing agresivo y promesas que van muy por delante de la evidencia. El resultado es que la investigación más sólida, la que entiende el envejecimiento como un proceso biológico modulable, queda eclipsada por el ruido de quienes confunden deseo con ciencia y dinero con rigor.
Y aquí conviene recordar lo esencial: el objetivo no debería ser añadir años a cualquier precio, sino añadir sentido a una vida que nos permita vivir bien el tiempo que nos toque hacerlo. La longevidad no es una meta en sí misma; es, en el mejor de los casos, una consecuencia afortunada de vivir bien y tener algo de suerte.
El verdadero viaje no consiste en esquivar la muerte, sino en habitar plenamente el tiempo que se tiene: con salud, con sentido, con presencia. Ese, y no otro, es el lujo que ningún “experto”, terapia mágica o clínica de élite puede vender, porque no está en venta.
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