Opinión: un llamado de atención a todo el mundo por la sanidad animal que no se puede desoír
La 93a. Sesión General de la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) ha consolidado un mensaje estratégico claro para gobiernos y actores del sector productivo: la sanidad animal debe ser considerada una inversión crítica para la seguridad alimentaria, la estabilidad económica, el comercio internacional y la prevención de futuras pandemias. En este contexto, la situación de la Argentina no estaría exenta a ciertos riesgos que podrían comprometer su posicionamiento en el agronegocio global.
La OMSA ha enfatizado que las enfermedades animales generan pérdidas superiores al 20% de la producción ganadera mundial y que los sistemas veterinarios siguen insuficientemente financiados, lo que limita la detección temprana y la respuesta a brotes sanitarios. Asimismo, se ha destacado que la sanidad animal recibe apenas el 0,6% del gasto global en salud, pese a su impacto directo sobre la seguridad alimentaria, los medios de vida rurales y la resiliencia económica.
En este marco, el principal riesgo para la Argentina radica en la fragilidad institucional que vengo advirtiendo en el Senasa, que ha perdido más de 600 profesionales en los últimos años producto de sus magros salarios, y siendo un organismo que no recibe una parte importante del presupuesto que le corresponde por tasas, aranceles, y las diferentes normas presupuestarias vigentes.
Sumado a ello, las sendas intromisiones políticas sobre el organismo que venimos observando, y que ponen en jaque al sistema sanitario frente a cambios regulatorios frecuentes o pseudo desregulaciones implementadas sin análisis técnico profundo. La experiencia histórica del país demuestra que decisiones apresuradas en sanidad animal pueden generar consecuencias graves.
El antecedente de la aftosa en 2001, tras cambios de política sanitaria, derivó en una crisis con impactos severos sobre la producción, el comercio internacional y la credibilidad sanitaria. En la actualidad, los procesos de desregulación —como la flexibilización en la ejecución de campañas de vacunación o la simplificación de procesos regulatorios— pueden generar posibles eficiencias en el corto plazo, pero también introducen riesgos sistémicos si no están acompañados por controles robustos, vigilancia epidemiológica y coordinación público-privada.
La sanidad animal es un bien público con externalidades significativas: su debilitamiento no afecta únicamente al productor individual, sino a toda la cadena agroindustrial y al posicionamiento del país. En este sentido insto a las entidades rurales y a las cámaras del sector en ser más claros y enfáticos en la defensa del Organismo.
La OMSA ha señalado, además, que el fortalecimiento de los servicios veterinarios es un pilar fundamental para garantizar el comercio seguro. En este sentido, la aceleración de registros basada en supuestas equivalencias externas, sin evaluación local integral, podría generar riesgos sanitarios y afectar la confianza en los sistemas de control.
Solo a modo de ejemplo, se comentaba en la reunión de la OMSA que algún brote que padecen algunos países fue fruto de escapes de virus en sus vacunas, y ello producido claramente por bajar los estándares en sus controles de bioseguridad.
Todo esto no solo impacta en la salud animal, sino también en la inocuidad de los alimentos y en la aceptación de los productos en mercados internacionales cada vez más exigentes. Ya el mundo está dando señales claras en este sentido, sino miremos el riesgo de que países vecinos puedan perder temporariamente sus principales mercados de sus carnes.
Desde una perspectiva de agronegocio, los principales puntos de preocupación deberían centrarse en: (i) la pérdida de consistencia en los programas sanitarios, especialmente en enfermedades estratégicas como la fiebre aftosa; (ii) el debilitamiento de los sistemas de vigilancia y respuesta temprana; (iii) la erosión de la credibilidad internacional del sistema sanitario argentino; y (iv) el riesgo de exclusión o encarecimiento del acceso a mercados debido a incumplimientos de estándares sanitarios.
Finalmente, en un contexto global donde la sanidad animal se integra al enfoque “Una Salud” (One Health), la Argentina enfrenta el desafío de sostener y fortalecer su sistema sanitario como plataforma de competitividad. La sanidad animal no debe ser entendida como un costo, sino como una inversión estratégica que protege el valor agregado del agronegocio, la seguridad alimentaria y la resiliencia frente a futuras crisis sanitarias. La señal que emerge de la OMSA es inequívoca: los países que descuiden su sistema de sanidad animal comprometerán no solo su producción, sino también su inserción internacional y su capacidad de enfrentar las crisis sanitarias del futuro.
Para Argentina, el desafío es grande, la ganadería tiene un futuro promisorio, el mundo está ávido de nuestras carnes y nuestros diferentes productos agroindustriales pero, por favor, no bajemos la guardia sanitaria sino perderemos una vez más una gran oportunidad.
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