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clarin.com · hace 8 horas · Clarin.com - Home

El inolvidable Presidente de la Cámara Argentina de la Corrupción: Roberto Carnaghi

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Si existiera el museo de personajes argentinos de televisión, el señor de Cadelco, interpretado por Roberto Carnaghi, debería ocupar una galería central, por brillantez y vigencia. Aquel Presidente de la Cámara Argentina de la Corrupción todavía resuena como espejo brutal de cierta argentinidad.

Inmerso en la maquinaria de sketch del programa de Tato Bores Tato (La leyenda continúa y Tato de América), este diplomático de la coima comparte impunemente su maestría para el robo. En aquel cuadro cómico la corrupción no aparece como una anomalía, sino como lo natural. Todas las partes del cuerpo de Carnaghi ofrecen una coreografía: el cuello adelantado, la sonrisa torcida, las órbitas desencajadas cuando habla de "platita"...

Hace unos días Carnaghi fue distinguido como vecino ilustre de San Isidro. También lo homenajeó la Asociación Argentina de Actores por sus 60 años de afiliación. Entonces recircularon los videos sobre la viveza criolla, esos monólogos sobre transacciones turbias y deshonestas formas de supervivencia. En esas actuaciones hay una verdad dolorosa, esa convicción del personaje de que el sistema no puede corregirse.

La genialidad de Carnaghi consiste en no actuar como un monstruo obvio sino como un hombre adaptado. "No me diga que los corruptos tienen cámara propia ahora?", lo interroga asombrado Tato. El presidente de Cadelco se despacha: "¿Usted cree que los grandes Business se manejan solos? La cosa creció. La corrupción a gran escala no es fácil. Hay que ordenarla, organizarla, administrarla, ofrecer servicio". Después le propone instalar un peaje en la puerta de su casa "algo chiquito, como para tener una entradita extra".

Hay maestría en esas muecas administrativas del poder, en ese movimiento rápido de lengua para contestar, en ese tono de funcionario "de los chanchullos" que quiere caer simpático y que supone que todos quieren participar del mismo pacto.

Don R.C acaba de cumplir 88 años y aunque los medios ya no hagan foco en él y haya amnesia como con tantos grandes artistas que no están trabajando, la viralidad lo devuelve en recortes memorables. Merece que su "cara difícil, rara" -como le dijeron sin filtro alguna vez en una emisora, -se propague por todo el ecosistema digital, que el algoritmo lo haga llegar a muchos "scrolleadores" que no conocen su apellido.

Entre tantas otras criaturas de ficción, su interventor del canal bien vale un efecto multiplicador en el ciberespacio. En ese sketch, su función en dictadura era colocar los libretos de Tato Bores dentro de una máquina compactadora de papel para destruirlos en vivo. Solo se veía su habano y se escuchaba su voz. De este modo hablaba elegantemente de la censura.

Roberto Carnaghi en el San Martín, cuando hizo "El Casamiento", de Witold Gombrowicz.

La biografía de Carnaghi es una película editada a golpes de elipsis, con saltos bruscos, cambios de escenarios asombrosos, distintas intensidades laborales. Como gerente de la empresa Graphex vivía confortablemente, pero una pregunta se ensañaba en devorar su paz: "¿Esta va a ser mi vida para siempre? ¿Eso es todo, Roberto? Había algo en mi interior que me empujaba: ¡Tenés que salir de acá, Betito!".

Salió impulsado por una vocación con la que intuía que "no iba a poder parar la olla siempre", pero se animó. A fines de la década del 50 inició sus estudios teatrales en el Teatro Escuela Municipal de San Isidro. El paso siguiente fue el Conservatorio de Arte Dramático. Tenía la ventaja de cargar con un arsenal de recursos interpretativos que sacó de todos sus oficios anteriores, vendedor de vinos, de fiambres, de cacerolas puerta a puerta, de libros.

Suele contar sin ánimos de vanagloriarse ni de hacer de eso una clase motivacional que después de aquella bofetada que significó que lo tildaran de "feo" se levantó y dominó el ring. "Un amigo me aconsejó que me sacara fotos y que las repartiera para usar mi cara justamente para publicidad. Eso hice, pero el fotógrafo iba de un ángulo al otro e insistía: 'Yo no sé para qué te mandan, con esta cara no vas a laburar nunca'".

Carnaghi sabe de venganza dulce. Su cara " improbable" se repitió hasta el cansancio en televisión. La belleza no siempre tiene formas armónicas, a veces tiene el rostro de quien denuncia actuando.

Marina Zucchi

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