¿Por qué la Iglesia se mete en temas socioeconómicos y políticos?
Esta es una pregunta que tal vez requeriría otro libro, decía el entonces cardenal Prevost, hoy papa León XIV, cuando prologó la obra sobre la Doctrina Social de la Iglesia del padre John Joseph Lydon McHugh, en el año 2024. Como consignamos en nuestra nota del domingo pasado, el autor de ese prólogo fue quien, en sus consideraciones de entonces, se pregunta: “¿Por qué la Iglesia se pronuncia sobre temas socioeconómicos y políticos? ¿No está la Iglesia solo para administrar sacramentos y reunir creyentes para orar en comunidad?”
“De hecho, esta interpretación ‘dualista’ considera que la realidad (la historia humana) va por un camino, mientras la religión va por otro… Las dos ideologías influyentes y opuestas de nuestros tiempos… La de Karl Marx, que interpretó toda religión desde la óptica de este ‘dualismo’. Para él, la religión solo apunta hacia el cielo y no hacia la tierra, y por eso solo sirve para adormecer a la gente y evitar sus reclamos frente a las graves injusticias que soporta. La segunda ideología brotó del lado opuesto de Marx, de la filosofía liberal, que sostiene que toda religión es un asunto privado, sin voz ni opinión válida en los campos socioeconómicos y políticos. En la medida en que la Iglesia critica a un gobierno por no respetar los derechos humanos, por el trato hacia los pobres, por la contaminación del medio ambiente, etcétera, con frecuencia los políticos responden: ‘quédense en sus sacristías’”.
A no ser que con el término “ideología” se pueda significar un sistema de ideas que sirve para describir una realidad política, económica o social. Frecuentemente las ideologías se usan para enmascarar la realidad, fundamentalmente la económica. Los segmentos dominantes de la sociedad ocultan los verdaderos propósitos por medio de una ideología.
Dice el papa León, número 134: “La búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común. Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz, la vida democrática se debilita. Esta, en efecto, no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino, ante todo, en una relación leal con los hechos y en una orientación real hacia el bien de las personas y del conjunto de la sociedad. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino ‘las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción’”.
Pero la ideología, dice Ferrater Mora, a la vez que ocultación y enmascaramiento de una realidad, es decir, ficción, puede ser revelación de esta realidad y puede ser utilizada como bandera o herramienta de lucha. En este sentido, según Vilfredo Pareto, autor de la Teoría de las élites, no es ni ciencia ni descripción de la realidad social (aunque parta y analice la realidad y hasta describa leyes del comportamiento social), sino un discurso dirigido a la acción. Ha sido frecuente que la filosofía política o económica no descubra la verdad, sino al contrario, la oculte. ¿El “cogito, ergo sum” (pienso, luego existo) no sintetiza una ideología que promueve normativas individuales y plurindividuales, pero partiendo del “yo” como núcleo central del ser? ¿No es una ideología que parte del ego del individuo, mediante un razonamiento analógico que ha sido desenmascarado por la filosofía de la otredad? Dice Laín Entralgo que el cartesianismo piensa: “yo creo que tú existes realmente, que realmente eres hombre y otro yo porque sos lo que yo veo en ti…”. Quienes siguen a Descartes apelan al razonamiento por analogía para descubrir la condición humana del otro, por una débil inferencia. Sin entrar en mayores consideraciones, digamos con el filósofo español citado que, desde fines del siglo XIX, ese conocimiento del otro por vía de un pensamiento analógico ha sido refutado. Sin embargo, y más allá de sus buenas intenciones, dicha teoría fue usada como ideología. ¿Y cómo? Ese pensar ideológico ha tenido y sigue teniendo gran vigencia y en él se funda el individualismo. De igual modo, el “marxismo” es una ideología que ha servido de pilar en la lucha revolucionaria en muchos países del mundo sobre la construcción de categorías inexistentes, como la “lucha de clases” como “motor de la historia” y otras. Al igual que sucede con la llamada lucha libertaria, que tras el término “libertad”, de hondo contenido emocional, enmascara y oculta un proyecto de poder económico de una minoría.
El laissez faire, laissez passer (dejad hacer, dejad pasar) y la libertad sin los límites impuestos por el Estado para quienes más tienen y cubrir las necesidades de quienes no tienen, no es una herramienta capaz de lograr un equilibrio social. Es una ideología. Lo de la “mano invisible” del mercado es una falacia. El crecimiento económico de unos pocos no produce el efecto del “derrame” en el que “todos ganan”.
Dice el papa León, número 39, que “para la Doctrina Social de la Iglesia… la afirmación del vínculo entre dignidad del trabajo, solidaridad entre los pueblos y evaluación crítica de la democracia y la economía de mercado sigue ofreciendo criterios para juzgar las nuevas formas de explotación, exclusión y crisis de la representación política”.
La teoría del derrame es una idea superada en todo el mundo que enmascara una realidad de más miseria, más enfermedad, más emigración, más abandono. Realidad que en el mundo lleva esperando más de un siglo. Así lo demuestra el hito de la encíclica de León XIII, que quedó clavado en la historia allá por el año 1891, y tras las dos grandes guerras mundiales ha sido y sigue siendo la razón del gran drama de la humanidad: la injusticia social y el aumento constante de la brecha abismal entre ricos, segmentos medios, pobres y excluidos.
El papa León XIV, en su “Magnifica humanitas”, no solo recalca la especial importancia de los pobres y excluidos, la brecha entre ricos y pobres, sino que la riqueza está cada vez más concentrada en menos manos, ampliando las desigualdades. Ya es inaceptable, dice, depender únicamente de “la mano invisible” del mercado, por lo que pide a los gobernantes que orienten las políticas hacia el “bien común” y a “promover trabajo digno, inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la innovación tecnológica”.
En el capítulo II, titulado “Fundamentos y principios” de “Magnifica humanitas”, se enumeran el bien común, el destino universal de los bienes, el principio de subsidiaridad, el principio de solidaridad y el principio de justicia social (números 77/81).