Rapsodia bohemia
Belleza y Felicidad fue una galería de arte, editorial, tienda de regalos y espacio multiuso que funcionó en una esquina de Almagro entre 1999 y 2002.
Sus responsables, Fernanda Laguna y Cecilia Pavón, se distanciaron después pero como ocurre con las bandas de rock que vuelven a reunirse, han vuelto a ser amigas y acaban de sacar un libro titulado Belleza y felicidad. Autobiografía de una amistad, que recupera la historia del ByF bajo la forma de un intercambio epistolar entre ambas.
Nunca supe de ByF en el tiempo en que estuvo abierta, pero no pude menos que enterarme a posteriori, ya que el lugar adquirió una estado mitológico como punto de concentración del underground artístico de una época particularmente difícil de la Argentina. Laguna y Pavón alcanzaron con los años una merecida fama y se destacaron individualmente en el terreno de la poesía y las artes plásticas. El libro es entretenido e informativo, recrea bien lo que ocurría por allí en esa época pero su principal valor excede lo anecdótico y eso que anécdotas hay pilas. Mi favorita es una muy representativa: la de un artista de La Plata que expuso una remera pintada por él sin demasiado virtuosismo (algo que no era un requisito para ByF). Pero resultó que la prenda tenía un olor insoportable a transpiración, que fue aumentando con los días y apestando el local. Laguna cuenta que la lavó varias veces para sacarle el olor, pero cuando el autor la encontró limpia declaró que le habían arruinado la obra, ya que la obra era justamente el olor.
El cuento ilustra bien la estética de ByF: una gigantesca transgresión duchampiana de los valores establecidos, una abolición generalizada de la distancia entre lo alto y lo bajo, entre el arte y el no arte, una apuesta a la espontaneidad y el amunchamiento a partir del amor y la amistad en todas sus formas como expresión de la curiosidad del arte y los artistas pobres. Hoy, la experiencia de ByF es parte de la historia mainstream del arte argentino.
Ya que es hora de confesar ignorancias, declaro que tampoco supe en los noventa qué cosa eran los “poetas de los noventa”, aunque me he ido enterando de algunos de sus nombres en las décadas posteriores. Acaba de aparecer un bello librito que cuenta alude a la historia de esos poetas. Se trata de La felicidad, una obra de teatro de Fabián Casas perdida durante treinta años. Además de algunos apuntes cronológicos de Casas sobre una puesta en escena que nunca se materializó, La felicidad contiene esa mezcla de crueldad y sentimentalismo tan característica del teatro y que nunca logré digerir. Pero el prólogo, a cargo del hoy cineasta Mario Varela que iba a dirigir la obra, es brillante. Mediante la enumeración de una serie divertidísima de olvidos, Varela recrea el ambiente bohemio en el que se movían esos poetas atrapados por las musas y el alcohol. Hoy son también parte de la historia oficial, y acaso hayan sido una una especie de contrapartida masculina al intenso feminismo de ByF dentro de esa vanguardia desestructurada que ocupó espacios nuevos e inesperados en su tiempo, antes de que la política volviera dominar el imaginario de una clase media con inquietudes culturales. Los dos libros aludidos en esta nota representan también la nostalgia por una libertad cuyo esplendor se advierte recién a posteriori.