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perfil.com · hace 11 horas · Sergio Sinay

Una derecha inmoral

Sergio Sinay

Después de la Segunda Guerra Mundial, la más sangrienta conflagración en la historia humana, el nazismo emergió como la línea roja que moralmente no se debía atravesar nunca más. Fue, en sí, la definición del mal radical, absoluto. En el inconsciente colectivo de la humanidad quedó establecido este acuerdo moral. Se podía hacer el mal, pero sin atravesar ese techo. En su ensayo titulado "La era de Hitler" el historiador inglés Alec Ryrie expone esta idea. El final de Hitler (con su locura genocida) inició una era moral que, afirma Ryrie, comenzó a agonizar en los años 90, aunque había mostrado síntomas tiempo antes con Pinochet, la dictadura argentina y otros totalitarismos emergentes en el mundo. A esto se sumó la aparición de las redes sociales como cuevas de odio y la perdida general de memoria y de registro del pasado que la cultura de lo digital y lo virtual provoca en las nuevas generaciones, todo lo cual exige hoy la revisión de los principios comunes con los que nos proponemos vivir.

Para muchos el nazismo ya no representa el horror que el ser humano es capaz de disparar, y hay quienes incluso lo reivindican o, peor, niegan su vandalismo y su esencia. ¿Cuál es, entonces, el rasero moral que nos guiará, qué principios acordaremos respetar y qué valores honrar en nombre de la convivencia e incluso de la supervivencia de nuestra especie? Esta cuestión que plantea el historiador inglés cobra más relieve cuando, como él apunta, las religiones ya no son un faro, o invocándolas se crean nuevas divisiones y odios, y cuando la memoria es frágil, lábil o inexistente en cuanto a enaltecer a quienes fueron víctimas del mal radical.

En este clima de ambigüedad y relatividad moral, apunta Ryrie, la izquierda se fragmenta, se encapsula en tribus endogámicas que olvidan aquello por lo que un día combatieron, las políticas identitarias defienden parcelas propias y limitadas (género, raza, religión, etcétera), la noción común de derechos humanos, nacida precisamente tras la Guerra, se licúa y cada uno crea sus propios derechos, lo sean o no, y una nueva derecha sale de los corrales y se expande por el mundo.

Al respecto, dice Ryrie, existen una derecha limpia y una sucia. Así las llama. La limpia es dura en lo económico, insensible en lo social, pero acepta las reglas de juego de la democracia y respeta el cordón sanitario que previene a la sociedad de las hordas racistas, sexistas, anticonstitucionales y antirrepublicanas. La derecha sucia, a su vez, puede ser más indiferente respecto del gasto público y de los impuestos, pero impulsa y alienta el odio hacia las minorías, desprecia las normas democráticas y legales y aspira a erradicarlas, es intolerante, cuestiona los derechos aceptados y establecidos y adopta y fertiliza permanentemente el discurso de odio. Ejerce una violencia simbólica que, en muchos casos, desemboca en violencia física. Ryrie emite una alerta que no se puede ignorar: “En los últimos veinte años el cordón sanitario entre estas dos derechas se ha roto y, en parte, ha quedado virtualmente borrado”.

El actual gobierno libertario de Javier Milei es un gobierno de derecha. Populista, además. Esto es indiscutible y, por otra parte, confeso. Establecido esto, y tomando en cuenta el análisis que Alec Ryrie plantea en su libro, quedaría por definir hacia cuál de las dos derechas este gobierno se inclina. Y en vista de que una de ellas (la auténticamente liberal) parece en retroceso y el cordón sanitario democrático entre ambas es cada vez más débil, la respuesta está en los hechos. Estamos ante una derecha peligrosa y, como en el mundo, es necesario también aquí reconstruir los límites morales que no se deben superar.

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