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perfil.com · hace 12 horas · Artemio López

¿Es posible un peronismo sin Cristina?

Artemio López

No se trata de una discusión de nombres o candidaturas. Está en juego la posibilidad de separar al peronismo contemporáneo de la experiencia política que, desde 2003, volvió a conectarlo con las mayorías populares, recuperó capacidad estatal, amplió derechos sociales y reinstaló el conflicto distributivo en el centro de la escena nacional y encarna Cristina Kirchner. Para un sector importante del peronismo, intentar construir un espacio desligado de Cristina Kirchner supone repetir, bajo nuevas condiciones históricas, el viejo y reiterado intento del “peronismo sin Perón”.

La historia terminó demostrando que el peronismo, aún proscripto, conservó la representación popular mientras sus versiones “adaptadas” al sistema fueron perdiendo legitimidad social. Algo de ese conflicto retorna hoy. Porque Cristina Kirchner representa, además, la última experiencia política capaz de disputar de manera abierta al poder económico concentrado. Para un segmento extendido de la sociedad, en especial los más vulnerables, su figura continúa ordenando adhesiones intensas y rechazos feroces.

El intento de asesinato y la posterior consolidación de su proscripción “judicial” no pueden analizarse desconectados de esa dinámica. La violencia simbólica y la amenaza física después, expresan la voluntad de disciplinar no solo a una dirigente sino a la posibilidad misma de reconstruir un proyecto popular con capacidad de gobierno en democracia plena. Cristina Kirchner está proscripta por lo que hizo en el pasado, pero sobre todo por lo que todavía representa y es capaz de hacer en el futuro.

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Sin embargo, dentro del peronismo persiste una corriente que insiste en alejarse de su figura para disputar un supuesto “centro político”. Gobernadores, intendentes y sectores sindicales hablan de renovación, moderación y ampliación electoral. Buscan construir liderazgos menos confrontativos y más compatibles con las exigencias del establishment económico y mediático. El problema es que esa estrategia parte de un diagnóstico equivocado.

La Argentina ya no es una sociedad organizada alrededor de consensos neoliberales estables. Esa etapa terminó con la irrupción del kirchnerismo y explotó definitivamente tras el conflicto de la Resolución 125 en 2008. Desde entonces, la política argentina se estructura alrededor de una polarización profunda entre proyectos de país antagónicos.

Antes del kirchnerismo, las grandes coaliciones discutían estilos de administración, pero compartían el mismo horizonte socioeconómico. La convertibilidad funcionaba como dogma y el neoliberalismo aparecía como único camino posible. La campaña de Fernando de la Rúa lo sintetizaba sin pudor: “Conmigo, un peso un dólar”. El kirchnerismo rompió ese consenso. Volvió a instalar la discusión sobre distribución del ingreso, soberanía política, integración regional y rol del Estado. Y al hacerlo reintrodujo el antagonismo social como elemento estructurante de la democracia argentina. Esa es la verdadera “grieta”: la expresión política de intereses sociales contrapuestos.

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Resulta ilusorio buscar “el centro” alejándose de Cristina Kirchner. Ese espacio no existe en la experiencia social concreta. Existe, y muchas veces, en las mesas de arena de consultores y estrategas electorales que siguen pensando el país con categorías anteriores a 2003.

Las derrotas sucesivas de proyectos construidos desde la moderación permanente muestran los límites de esa lógica. La experiencia fallida de Daniel Pioli, el fracaso político de Horacio Rodríguez y las dificultades del propio Frente de Todos, evidencian que diluir identidad no garantiza gobernabilidad ni eficacia electoral. En cambio, Cristina Kirchner conserva algo que el sistema político perdió hace tiempo: intensidad histórica.

Su liderazgo persiste aún porque expresa una identidad política, social y afectiva construida durante más de dos décadas de confrontación con los poderes establecidos, el último gran ordenador político, ideológico y básicamente emocional. Y si acaso, quienes intentan dejarla atrás no terminan, en realidad, alejándose también de su propia base histórica de representación.

Tranqui, que esa base histórica no la integran ustedes, estimados lectores de PERFIL.

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