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perfil.com · hace 12 horas · Luis Costa

La insoportable novedad

Luis Costa

Puede ser interesante pensar alrededor de las modas argumentales. Sus nacimientos suelen estás mucho más vinculados a conclusiones que prescinden de los datos, que al resultado del análisis de información relevante para llegar a esas mismas conclusiones. El estudio de la política se nutre con intensidad de estas semánticas, luego asumidas como verdades incuestionables, y utilizadas a lo largo del tiempo como material clave en la toma de decisiones. A su vez, las columnas de opinión de los medios de comunicación masivos, o los mismos editorialistas en medios audiovisuales, pueden mirar a cámara con un rostro que simula el resultado de un proceso reflexivo, para simplemente repetir lo que por esos días todos comparten en similitud. Pero además de describirlos, puede uno acercarse a un análisis adicional en relación a la idea de la función que estos argumentos acumulados cumplen. No se trata del procesamiento de un conocimiento, sino solo del logro conjunto de un sentido que existe para sostener la comunicación activa. De este modo, su logro más trascendente es permitir que la comunicación no se interrumpa, mientras de fondo, pasan siempre otras cosas, que en la mayoría de las veces, son las mismas.

Una de las condiciones importantes y necesarias para que esto sea posible es la prescindencia de las comparaciones y revisiones históricas. Los temas son asumidos como novedades absolutas en la política y como eventos solo presentes, solo actuales en formato de sorpresas impensadas y sin antecedentes. A su vez, se extienden estas asunciones de singularidad a las hipótesis sobre el tiempo próximo, es decir, a las imaginaciones factibles sobre sus factibles resultados, como si ese pasado no solo no tuviese condiciones de elementos para comparar el episodio en sí mismo, sino tampoco nada para su probable resolución.

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Un ejemplo atractivo es la obsesión con la polarización como novedad de este tiempo. Para la política actual no habría algo que sí antes estaba presente en torno a las política como escenario de discusión colectiva en el que ciudadanos y dirigentes se encontraban, supuestamente, en un proceso virtuoso de retroalimentación cívica casi emocionante. Ahora, en cambio, todos serían unos bárbaros ignorantes solo seguidores de figuras públicas de redes sociales. Gracias estos argumentos se puede incluso conseguir financiamiento para la realización de documentales sobre los problemas asociados a internet en el mundo moderno, investigar el impacto simbólico de la IA en las relaciones entre pares, nutrir a las siempre “productivas” charlas TED, hacer posteos en LinkedIn para que tus pares te feliciten, y en especial, permitir que legisladores de todo el mundo intervengan con proyectos de Ley sobre problemáticas que en especial desconocen, pero que preocupan como urgencia supuesta. Dentro de todo lo que afectaría al universo social, la política, precisamente, quedaría también reducida a un escenario irreflexivo del que solo habría espacio para la denuncia y el lamento.

La literatura historiográfica argentina es abundante en evidencias de lo contrario, es decir, de sus acumulados antecedentes. Se puede leer en el trabajo de Ana Virginia Persello "El Partido Radical" o en el de María Inés Tato "Viento de Fronda", la mirada horrorizada que producía el radicalismo de Yrigoyen con su vínculo novedoso con votantes masivos que eran retratados como ignorantes que requerían ser reeducados, sin que en ese tiempo contaran con Instagram para perder el tiempo. Los opositores a Perón desde 1945, hasta este presente, insisten, unas cuantas décadas previas a la llegada de internet, que la condición para votarlo era la brutalidad de sus seguidores. El modo en que es discutido el kirchnerismo no se aleja a este formato en algunas de sus versiones de enjuiciamiento moral. La polarización, en medio de esta dinámica de pensamiento, no expondría una lógica conocida del funcionamiento político de las democracias modernas, sino una novedad aterradora resultante de estos mismos déficits intelectuales.

Las elecciones Argentinas están repletas de tensiones electorales que tienden siempre al regreso de la polarización. En la elección presidencial de 1922 Alvear y Piñero concentraron casi el 80% de los votos; en 1930 Yrigoyen y Melo sumaron 95,9%; en 1946 Perón y Tamborini llegaron casi al 100% entre ambos en un proceso de tensión electoral que no tiene otra manera de ser descripto más que como una grieta profunda e inigualable en el medio del siglo XX. Nadie como Félix Luna ha retratado el año previo a esa elección como un proceso que espeja un tiempo presente, aunque con otros mecanismos. En las elecciones legislativas de 1965 con Illia como Presidente y con un peronismo presente, aunque con algunas restricciones de nombre, dos partidos polarizaron la elección a nivel nacional, y los ejemplos pueden seguir en 1973, 1983, 1987, 1989 y hasta casi cualquier año llegando hasta el inmediato 2025. Las excepciones, los casos de esta ruptura, están relacionados a algo que la literatura trata bajo el formato de crisis, pero las crisis son desprendimientos operativos de una estructura de funcionamiento, y no su misma estructura. Milei pudo aprovechar el hueco de la historia, pero para hacerla regresar hace solo unos meses, a estos formatos ya registrados.

Los resultados operativos de los análisis resultan en incomprensiones serias, asumidas a través de una renovación interminable de lo mismo como novedad, tal como si la historia fuera una suerte de punto cero recurrente en donde absolutamente todo estaría iniciando sin antecedente alguno. En realidad son los analistas, que viven ellos en una secuencia irreflexiva, reproduciendo críticamente, una mirada sobre la sociedad que expresa más sus propias biografías limitadas, que el mundo del que intentan dar cuenta.

Es probable que el secreto de la sobrevivencia de Milei sea la simulación de una novedad, ya que el día que sus rivales encuentren en él la recurrencia, tendrá su tiempo futuro con días limitados. Pero para eso falta, porque los analistas están demasiado ocupados con celebrarse sus no originales reflexiones agudas el presente que repiten una y otra vez.

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