El costo de no escuchar
La homilía que pronunció el arzobispo de la ciudad de Buenos Aires, monseñor Jorge Ignacio García Cuerva, durante el tedeum del 25 de mayo en la Catedral fue impecable. Su texto describió a la perfección la esencia de la problemática de la dirigencia política argentina: la falta de diálogo. Y, en esto, hay que ser preciso con lo que significa exactamente la expresión “falta de diálogo”, en el contexto de la actividad política. Para decirlo con claridad: dialogar no consiste sólo en conversar con alguien sino en escucharlo. Esta es la base de la discusión, tomando la acepción segunda del Diccionario de la Real Academia Española, que reza así: análisis o comparación de los resultados de una investigación, a la luz de otros existentes o posibles.
En la entrevista que al día siguiente le concedió a Eduardo Feinmann en su programa de Radio Mitre, Javier Milei mostró haber comprendido la dimensión de ese mensaje con las críticas que le incumben a su gestión de gobierno. En consonancia con el reconocimiento de la importancia del diálogo, se preguntó con quién hacerlo. Ese es un interrogante porque son muchos los que desde otros sectores de la estructura dirigencial –con el kirchnerismo a la cabeza– exhiben también una notable incapacidad para prestarle atención al que piensa diferente. Un mal de estos y otros tiempos.
En la trastienda, hubo voces del oficialismo que se encargaron de darle visibilidad a su propia molestia con el arzobispo. “No pude estar presente en el Tedeum, pero seguramente García Cuerva se refería este tipo de violencia en las redes”, señaló el ministro de Economía, haciendo referencia a un mensaje en la red social X en el que un usuario profirió un insulto contra el presidente a quien en una foto se lo ve portando un kipá y una escarapela doble, es decir, de la Argentina y de Israel. Le asiste a Caputo la razón en eso. Pero, para ser ecuánime y darle envergadura moral a su señalamiento, debería tener igual actitud hacia aquellos que desde las filas de La Libertad Avanza tienen las mismas actitudes con quienes no comparten su pensamiento. Hay que recordarle que el mismísimo Milei le da aire en sus redes a la expresión “No odiamos lo suficiente a los periodistas” y que la maquinaria tuitera de las Fuerzas del cielo tampoco muestra muchas aptitudes para el intercambio de opiniones y puntos de vista.
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La inquina contra los periodistas tiene ya la dimensión de una obsesión. Es lo mismo que hacía Cristina Fernández de Kirchner en los días de su apogeo. Se ve que el oficialismo de hoy no aprendió nada de aquel pasado de fracasos en los que se creyó que teniendo de enemigo al periodismo honesto podrían tapar los problemas del país. Desaprovechan así las buenas noticias en lo macroeconómico y el hecho de que, el propio Milei, reconoce cuando lo atraviesa algún oasis de serenidad que esa bonanza no ha llegado al bolsillo del ciudadano y ciudadana de a pie.
La falta de diálogo se extiende a la interna del gobierno en la que Karina Milei no cesa en su empeño por generar inquina y dividir aguas. Que el lunes no le haya permitido el ingreso al Cabildo a Patricia Bullrich habla de por sí del enfermizo pensamiento de la hermana del Presidente. Se nota que la ve a la senadora como una rival a alguno de sus proyectos. Uno de ellos era Manuel Andorni como candidato a jefe de Gobierno. Eso ya no corre más. ¿Será que la senadora es una potencial postulante a la que no ve con buenos ojos? Sería más sencillo recriminarle –con razón– su propia torpeza al ex vocero que no dejó error –y posibles delitos– por cometer. “Si no lo echan por corrupto deberían correrlo por boludo”, se queja con ironía un libertario de la primera hora –hoy en desgracia– que no termina de creer cómo un problema que podría haberse resuelto en cuestión de días terminó dominando la agenda pública de los últimos dos meses. ¡Alerta spoiler! Esta semana el tema volverá fuerte a las portadas de los medios ya que, si bien los plazos legales para la presentación de la declaración jurada aún no han vencido, desde el gobierno habían señalado los primeros días de junio como plazo para hacerlo. Ya no se trata sólo de un tema legal; es más bien un estándar moral y ético que desafía los límites del sentido común. Manuel Adorni hizo las cosas mal y ya no importa qué pueda pasar de aquí en más.
Hay, en el fondo, un problema de liderazgo que afecta al propio Presidente. El caso Adorni como así también el tenor de las discusiones y peleas internas que se ventilan a cielo abierto, son una muestra de la incapacidad de Javier Milei para ponerles un punto final. Las peleas entre los bandos de la hermana Karina y Santiago Caputo, han afectado directamente la imagen presidencial y de gestión. La pericia macroeconómica del líder libertario contrasta con su falta de apego a la conducción política. Eso, a la larga, se ha convertido en un problema de magnitud. ¿Cómo podría reaccionar un inversor que necesita previsibilidad y condiciones de estabilidad en el tiempo, cuando escucha al primer mandatario decir que prefiere perder una elección antes que entregar a un inocente? Más claro, agua. La personalidad avasallante de Milei parece no aplicar cuando debe rescatarse a sí mismo ordenando la tropa interna y las torpezas de sus propios funcionarios.
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Históricamente, se ha dicho del electorado argentino que cuando la economía va bien, termina siendo tolerante a los vicios de la política tradicional. En este caso, no ocurre ni lo uno ni lo otro. Los logros de orden fiscal y la baja de la inflación, son una buena noticia que no termina de alcanzar para una mayoría todavía paciente que, con un esfuerzo descomunal, hace malabares para llegar a fin de mes. El dato preocupante, es que muchos de los que votaron a favor de un cambio, empiezan a perder esa paciencia ante los desajustes en el manejo político. El votante que no desea volver al pasado entiende que no se puede cambiar en dos años el deterioro de más de dos décadas, pero está siendo más reactivo a los errores no forzados y a los berrinches políticos de dos grupos que se pelean por el poder que a las penurias que les impone la dura realidad.