← Volver
lanacion.com.ar · hace 14 horas · Jaime Bayly

Qué pena me das

LA NACION

La otra noche salí a cenar con mi esposa en un restaurante cercano a casa, sin sospechar las consecuencias catastróficas de aquella decisión, sin imaginar a los enemigos agazapados que nos esperaban para emboscarnos.

Llegamos puntualmente a las nueve y media. No nos sorprendió que, siendo un sábado, el lugar se encontrase desbordado de gente bulliciosa que hablaba y reía a gritos. Nos asignaron una mesa pequeña, mal ubicada, demasiado cerca de otros comensales. Pensé que nadie me reconocería. Si bien llevo más de cuarenta años saliendo en las televisiones americanas, ya nadie ve mi programa.

Los primeros en ponerse de pie y acercarse a nuestra mesa con ánimo beligerante fueron dos peruanos, un hombre y una mujer, que vestían atuendos coloridos, relojes de alta gama y joyas llamativas. De inmediato nos pusimos de pie y los saludamos amablemente. Perplejos, vimos cómo ellos jalaron sus sillas y se sentaron a nuestra mesa, sin pedir permiso para dicho abordaje pirata. A continuación, el caballero con aires de magnate me amonestó porque he anunciado que no votaré en las elecciones presidenciales peruanas:

-Estás dando un pésimo ejemplo a la juventud -me dijo-. Tú eres un referente, un líder de opinión. ¿Cómo puedes viciar tu voto, cuando está en juego el futuro de tu patria?

Los peruanos indelicados hicieron un gesto de reprobación, nos miraron con lástima y la señora nos fustigó sin miramientos:

-¿O sea que les da igual que gane Keiko o que gane la izquierda? ¿No comprenden que, al no votar, les hacen el juego a los comunistas?

-No somos comunistas -le dije, con una sonrisa piadosa-. Pero prefiero no votar porque, siendo periodista y escritor, mi mejor contribución al país no es hacer propaganda política, sino preservar mi independencia y estar en la oposición al poder de turno.

-Qué pena me das -dijo el peruano-. Te has convertido en un caviar. Te das el lujo de vivir en Miami como millonario, pero dices que eres de izquierda.

-No podemos apoyar los abusos de Trump -la secundé-. Su gobierno nos da vergüenza.

Contrariados, los peruanos impertinentes se pusieron de pie. Mirándome con saña, el señor sentenció, antes de irse:

Cuando recién nos recuperábamos de aquella emboscada, se acercaron dos argentinos, un hombre y una mujer. Permanecimos sentados. Alto y apuesto, el argentino me dijo:

Tomé aire. Me armé de paciencia. Miré a mi esposa. Ella observaba a los argentinos confianzudos sin disimular su animosidad.

-No pareció que lo bancás -me dijo el argentino-. Pareció que lo querés defenestrar.

-Yo amo a la Argentina -insistí-. Por eso fui a la feria del libro, pagándome el viaje.

-¿Pero vos no lo apoyaste a Milei cuando era candidato? -me preguntó la argentina.

-¡Pero la economía está mucho mejor! -se impacientó el argentino-. ¡Hay menos pobres, gracias a él!

-Puede ser -dije-. Pero no puedo aplaudir que insulte a periodistas serios, honorables, que son mis amigos.

-¡Pero esos periodistas lo critican porque son unos zurdos ensobrados! -opinó mi detractor.

-No es verdad -dije, impacientándome yo también-. Ha insultado a los mejores periodistas argentinos: a Fernández Díaz, a Morales Solá, a Pagni, a Longobardi, a Novaresio.

-No sé si son zurdos -dije-. Son buenos periodistas. Ejercen el oficio con dignidad. Comprenden que su papel no es aplaudir como focas amaestradas a Milei, sino criticarlo.

-¡Estás haciéndole el favor a Cristina! -me acusó el argentino-. ¿Querés que Kicillof sea presidente? ¿Querés que vuelvan los kukas?

-Y me parece que Milei abusa de su poder cuando insulta a periodistas honorables, llamándolos basura humana, inmundicia humana, delincuentes malparidos.

-Es una pena, pero no seguiré viendo tu canal de YouTube -me castigó la argentina.

Quise decirles que hemos comprado entradas para ver dos partidos de la selección argentina en el mundial de fútbol, pero no me dieron oportunidad, porque se retiraron, ofuscados, a seguir comiendo unos platos que el rencor acaso les había enfriado.

-No volvemos más a este restaurante -me dijo mi esposa, abrumada, bajando la voz.

Lo peor, sin embargo, estaba por venir. Ya sabíamos que la isla apacible en que vivimos estaba superpoblada de derechistas fogosos que amaban a Trump, así como no ignorábamos que ese restaurante de cocina mediterránea, el más caro del vecindario, solía reunir a ricachones presumidos, con aires de grandeza, pero no imaginamos que aquella noche sería tan terrible, una suma de malos azares.

Cuando mi esposa trataba de comer su pescado con aceitunas y yo mi pollo relleno de queso y espinaca, seis venezolanos, al parecer tres parejas, abrieron fuego verbal, desde la mesa vecina, contra nosotros:

-No me gustó nada que criticaras a María Corina -me dijo un venezolano, borracho.

-Dijiste que no debió regalarle la medalla del Nobel a Trump -me espetó el venezolano beodo.

-María Corina tiene más huevos que tú, marico -me dijo otro venezolano, también pasado de copas.

-Mil disculpas, pero no me acuerdo -respondí, y mi esposa soltó una carcajada insolente que amé.

-¿Qué crees que va a pasar en Venezuela? -me preguntó, achispado, el que me había dicho marico.

-Nada bueno, mientras Trump siga de luna de miel con Delcy -me permití la franqueza.

-¿Y ella es tu hija? -preguntó un venezolano con gafas, señalando a mi esposa.

-No, soy su esposa, y la madre de su hija de quince años -dijo Silvia, y la amé.

Me quedó claro que los seis venezolanos alcoholizados no veían mi programa, ni mi canal de YouTube, ni leían los libros de Silvia ni los míos.

-Hace poco publiqué una novela sobre Chávez -les dije, pero ninguno se interesó.

-¿Te gustaría que Marco Rubio sea presidente después de Trump? -me preguntó uno de los venezolanos.

-Gracias a Trump, puedes darte la gran vida en Miami, sin que te deporten -me enrostró una venezolana insidiosa.

Mi mujer su puso de pie y, mirándolos con la animadversión que ellos se habían ganado, anunció:

Me puse de pie y caminamos resueltamente hacia la salida. Dos camareras corrieron tras nosotros. Las esperamos afuera. Nos trajeron la cuenta. Se disculparon. Pagamos.

Abatido, pensé: puedo cenar en este restaurante tan caro gracias a la televisión, pero no puedo hacerlo tranquilamente, disfrutándolo, por culpa de la televisión, ¿es un buen intercambio ganar bastante dinero a cambio de perder tanta libertad? Me dije entonces en silencio: tal vez he vivido una vida equivocada, persiguiendo la fama y la fortuna, y no la libertad.

Jaime Bayly

© Copyright 2026 SA LA NACION | Todos los derechos reservados. Dirección Nacional del Derecho de Autor DNDA - EXPEDIENTE DNDA (renovación) RL-2023-95334553-APN-DNDA#MJ.Queda prohibida la reproducción total o parcial del presente diario.

App store