La felicidad de Sísifo
¿Y si los que todavía no caímos bajo los insultos del Presidente pedimos también ser agraviados? No solo para solidarizarnos con los que ya fueron sino porque, en realidad, los insultos, el desprecio, son a la prensa misma.
Un rechazo a su función de control, inherente al sistema de la palabra libre, la democracia liberal. ¿Un absurdo? No. Según la concepción filosófica de Albert Camus, el absurdo es la tensión que vivimos entre la búsqueda del sentido ético de la vida, en este caso, la prensa como inherente al sistema democrático, y la desolación ante el silencio del mundo, indiferente a ese valor constitutivo .
El absurdo es que un presidente constitucional, elegido legalmente por un sistema organizado en torno a las leyes y los controles republicanos, no siga la partitura constitucional, el ordenamiento jurídico que lo llevó a ocupar semejante investidura, la más alta, la más honorable.
Una Constitución que lejos de “odiar suficientemente”, al garantizar la libertad de la prensa y proteger el trabajo periodístico reconoce un profundo respeto a la naturaleza humana definida antes por su dignidad y capacidad de discernimiento.
Por eso, es igualmente absurdo el silencio de gran parte de la política, como de muchos periodistas, ya que ambos tienen su razón de ser en el sistema que les da fundamentos. Sin política no hay democracia y sin libertad de prensa no hay periodistas.
Por beneficios personales o partidarios sorprende la disposición de muchos a tolerar lo que ayer condenaron. A la par, los que hoy se escandalizan por el atropello constitucional, no reconocen ni piden disculpas por el mismo desprecio que mostraron cuando gobernaron.
Vale insistir; en una democracia, el periodismo no gobierna, no legisla, pero sí vigila a quienes gobiernan, legislan y toman decisiones en nuestro nombre. En beneficio de la ciudadanía a la que, a cambio, debe ofrecer responsabilidad y rigor en la búsqueda de la verdad en estos tiempos en los que se la relativiza...
Absurda es, también, la narración ideológica de los hechos con periodistas que a la vez se presentan como activistas partidarios. Otros, tan cercanos al poder que cuesta identificarlos como verdaderos periodistas.
Llevamos ya demasiados años en los que se naturalizaron como normales esos absurdos que distorsionaron el sentido ético de la libertad de prensa, envenenaron las palabras y confunden la libertad de expresión, la que circula por las redes, con el carácter institucional de la libertad de prensa, protegida constitucionalmente por su función de contralor del poder, Solo así se explica que se justifiquen los insultos y agravios del presidente Milei con sus rasgos emocionales.
Es de buena gente evitar los juicios personales y compadecerse de las que son grietas del alma como interpretan la ira y la violencia verbal desde la psicología, la neurociencia y hasta los maestros espirituales, pero a medio siglo de continuidad democrática ya deberíamos saber que se critica la función , no la persona.
Los gobernantes administran los recursos colectivos que no les pertenecen enteramente, toman decisiones que afectan derechos, y cuando no cumplen con la ley degradan la democracia. En el momento que se decide participar en la vida pública, se debe aceptar la exposición pública.
La contrapartida a las prerrogativas del poder es resignar ciertas zonas de opacidad a la que tenemos derecho los ciudadanos comunes. El control sobre los hombres públicos no es una cuestión personal, es un principio constitutivo de la división de poderes de la República.
El presidente Milei tiene derecho a su expresión personal, pero él no es un ciudadano más. Los actos y las palabras de los presidentes tienen consecuencias políticas. Como las tuvo el igual rechazo a la prensa cuando la presidente Cristina Kirchner, desde el atril y la cadena oficial hostigaba al periodismo y sus obedientes soldados ejecutaban los linchamientos públicos en la plaza o los estudios de la televisión oficial.
Un legado que lejos de corregirse se ha favorecido por el surgimiento de las redes sociales que si bien democratizan la opinión también sirven para encubrir la cobardía de los que se amparan en el anonimato con lo que cancelan la conversación entre iguales.
Como yo misma debo luchar contra mi propia sensación de absurdo, regreso a ese “Hombre rebelde” que fue Camus ¿Cómo vivir humanamente de manera digna en un mundo que se nos presenta sin sentido? La pregunta que atraviesa todas sus obras.
De las pandemias se sale con la decencia, escribió en La Peste. Salimos con escándalos. Con el mito griego de Sísifo simbolizó la condición humana, el hombre condenado eternamente al esfuerzo de subir la piedra montaña arriba, solo para verla caer nuevamente.
Por eso, aunque parezca inútil, absurda y los jóvenes periodistas ingresen hoy a un mundo precarizado, dominado por métricas digitales y deban hacer de su nombre una marca personal, anunciarse como si fueran una mercancía, para impedir que el miedo y la mentira ocupen todo el espacio público, deben seguir preguntando, aunque el poder no responda, investigar con rigor aunque nadie quiera saber, escribir bien, honrar la palabra aunque otros la degraden con la violencia de los insultos, al denunciar los abusos, verificar siempre los hechos, aunque como la piedra que cae, reaparezca la mentira, vuelvan los intentos de censura, el poder nos hostigue y la sociedad nos de la espalda. Eso sí,como terminó Camus su ensayo, con una sonrisa, imaginando a Sísifo “feliz”.
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