¿Arranca la contrarrevolución?
No, yo tampoco leí la encíclica de 42.300 palabras del Papa sobre la Inteligencia Artificial, 40 veces más larga que esta columna, por el amor de Dios. Si, para mi sorpresa, acabo pasando la eternidad en el Cielo prometo, Santo Padre, que lo haré. Pero de momento me he limitado a leer versiones destiladas del mensaje papal en varios diarios.
Con eso tengo suficiente para preguntarme si llegará el día en el que la historia recordará Magnifica humanitas como hoy recordamos el Manifiesto Comunista de Marx, un llamado a la revolución de las masas. Aquí van un par de citas del documento de León XIV. Primero, el subtítulo: “Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. Segundo, la frase incendiaria: “Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades.”
Más y más gente se entera del riesgo que conlleva la IA de concentrar la riqueza del mundo en un grupúsculo de tecnooligarcas y empresarios desalmados mientras la mayor parte de la humanidad se queda sin trabajo y se hunde no solo en una vida sin propósito, lo que generaría una pandemia de trastornos mentales, sino en la más vil pobreza. O sea, el riesgo del que alerta el Papa es de volver a una desigualdad tan lacerante como la que vio Marx en Inglaterra en la era victoriana o, peor, como la que hubo en Francia antes del ajuste de cuentas con la aristocracia a través de la guillotina.
En abril un joven de 20 años lanzó un cóctel Molotov a la casa de Sam Altman, el director ejecutivo de Open AI. Si el macromillonario Altman no tiene pesadillas pensando en que un día acabará igual que Luis XVI y sus esposa María Antonieta, debería.
Y no solo Altman, sino – entre varios más reyes del universo - Eric Schmidt, el ex jefe de Google, y Bill Winters, el presidente del banco Standard Chartered. Schmidt fue abucheado durante un discurso ante unos estudiantes en la Universidad de Arizona nomás mencionar las palabras, una tras otra, “inteligencia” y “artificial”.
Unos días antes Winters provocó un escándalo en los medios y en las redes cuando anunció que su firma estaba a punto de despedir a 8.000 empleados cuyo trabajo lo haría mejor la IA. Pero, ningún problema, explicó Winters. Los afectados representarían solo “capital humano de bajo valor”.
Capital humano de bajo valor puede llegar a ser la frase que nos defina a casi todos, desde la clase media al proletariado. Y la clase media y el proletariado ya se empiezan a rebelar. En Estados Unidos, el laboratorio donde para bien o para mal se cuecen las grandes tendencias de la humanidad, se detecta un nuevo fenómeno que, todo indica, irá a más: el rencor hacia la IA y sus capos, gente cuya filosofía, con pocas excepciones, antepone los beneficios de sus empresas al bienestar planetario.
El objeto más inmediato de la creciente ira son los centros de datos, consumidores masivos de energía de los que la expansión de la IA depende. El mes pasado alguien disparó trece veces a la puerta de casa de un consejero municipal en Indianápolis que acababa de dar luz verde a un nuevo centro de datos en su distrito. Otros cuatro consejeros municipales, esta vez en Missouri, fueron expulsados de sus cargos por los votantes por haber aprobado la instalación de un centro de datos cuya construcción costaría seis mil millones de dólares.
Las protestas funcionan. El año pasado bloquearon la construcción de 48 proyectos de centros de datos y otros 20 han sido cancelados en lo que va del presente año. Según las encuestas nacionales en EEUU el tema IA sube cada día más en las listas de las preocupaciones colectivas. La mitad de los estadounidenses cree que la IA reducirá nuestra capacidad de crear relaciones humanas íntimas y tres cuartos piensan que la evolución de la IA avanza con exagerada velocidad.
The Wall Street Journal citó la semana pasada al CEO de una empresa que se dedica a la consultoría en el terreno de la infraestructura que exige la IA. El empresario predijo que el movimiento en contra se multiplicaría a gran escala. “La gente odia la IA,” explicó. “La IA es más impopular que los políticos”.
Lo que es mucho decir, en Estados Unidos y más allá. Serían menos impopulares, quizá, si dedicaran menos tiempo a sus batallitas internas y más en aplicar sus mentes a la tarea que recomienda el Papa de “custodiar” la IA y buscar cómo minimizar el impacto devastador que puede llegar a tener sobre las nociones más elementales de lo que ha sido hasta ahora la persona humana.
Ante la posibilidad de que algunos políticos sí despierten, empresas como Open AI están invirtiendo cientos de millones de dólares en apoyar a candidatos favorables a sus objetivos en las elecciones al Congreso que se celebrarán en Estados Unidos en noviembre. Oh sorpresa, dichos candidatos pertenecen casi sin excepción al partido Republicano que lidera el actual presidente de la nación, ausente en el debate sobre el futuro tecnológico que nos espera. O sea, a favor por omisión de los tecnooligarcas, que encima se quejan de que pagan demasiados impuestos.
Dejo la última palabra a Rick Wilson, un brillante estratega político, conservador por naturaleza, que hace poco abandonó el partido republicano.
“El propósito de las empresas de IA no es curar el cáncer. No es resolver el cambio climático. No es prevenir el Alzheimer. El propósito de las empresas de IA es transferir una riqueza y un poder inimaginables a unas pocas compañías, para siempre.
“La soberanía humana y nacional está en juego. Si las empresas de IA creen que 100 millones de estadounidenses desempleados no recurrirán a las guillotinas, las horcas y las antorchas, les espera una sorpresa”.
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