Como un sol, la pelota ordenará el movimiento del planeta
En un mundo en el que todo cambia, hay algo que permanece, y lo verificamos ante la llegada de cada Mundial: la pasión por las figuritas de los jugadores que disputarán la Copa salta de generación en generación. Hoy los chicos están desesperados por llenar su álbum, igual que mis amigos y yo más de medio siglo atrás. Los diarios hablan de furor, palabra que por lo corta es buena para titular, pero reconozcamos que para el caso resulta bastante exacta: por un problema de distribución, ha habido escasez de figuritas en los kioscos, que no daban abasto para satisfacer una demanda voraz. Pasó lo mismo en el Mundial de 2022, a tal punto que intervino el gobierno de Alberto Fernández. A veces el fútbol es una cuestión de Estado. Sobre todo, de la Justicia, pero esa es otra historia.
Tuve la suerte de lograr lo que en mi época unos pocos lograban: llenar el bendito álbum. Por entonces, alrededor de 1970, en los recreos cada cual salía al patio con las figuritas en la mano, dispuesto a perder o ganar en la tapadita y el espejito. A mí el espejito se me daba bien, y pronto junté una cantidad considerable de figuritas. Cuando compré el álbum y las pegué, descubrí que me faltaban pocas para llenarlo. Conseguí todas, jugando o por trueque. Todas menos una, “la difícil”, no recuerdo cuál era. Me avisaron de uno que la tenía. La negociación fue dura. La soltó solo cuando accedí a darle a cambio todas las que yo tenía repetidas. Me dolió, habrán sido 50 o 60 figuritas por una sola. Pero con esa llené el álbum y conseguí la pelota. Era roja y blanca, de gajos hexagonales. Mi primera pelota de cuero.
Ricardo Bochini, inolvidable número 10 de Independiente, me contó una vez que llegó a la de cuero de la misma forma. Jugaba al fútbol todo el día junto a los pibes del barrio con una de trapo (“papel y géneros dentro de una media”). Después pasó a la de goma, que picaba loca para todos lados. Hasta que, a sus ocho años, completó el álbum con sus hermanos. “Al final nos faltaban solo las más difíciles, la de Pelé y la de Néstor Rossi. Pero las conseguimos y sacamos la número cinco. La pelota, primero, fue para mí placer y alegría. Después, con el tiempo, también medio de vida”, me dijo el Bocha en 2006, cuando, poco antes del Mundial de Alemania, escribí una nota sobre la pelota para la revista dominical de este diario.
Miles de millones seguirán esa coreografía que se organiza alrededor de un globo que no deja de girar por el campo de juego
El gran Alfredo Di Stéfano tuvo su primera pelota de cuero a los diez años. La ganó, junto a unos amigos, en una rifa que hizo un cine. Pero les dieron una de rugby. “Nos fuimos jugando con la pelota de rugby por la calle. Saltaba como una gallina”, relató en sus memorias. En el barrio, los pibes más grandes se enteraron y volvieron todos a encarar al gerente del cine. “Le dijeron que como no nos dieran la de fútbol le reventaban el cine. Y nos la dieron. Una pelota de verdad. La teníamos que engrasar con sebo. Era de cuero, de esas con un cordón para atarla cuando la hinchabas. Si cabeceabas con eso te hacía una raja en la cabeza”, contó la “Saeta Rubia”.
En poco más de diez días, como cada cuatro años, la pelota volverá a concitar las miradas de todos. O de casi todos. Habrá quienes, como Borges, se pregunten qué demonios hacen veintidós locos corriendo tras ella para disputársela con uñas y dientes (“por qué no le dan una a cada uno”, ironizó alguna vez el escritor). Pero serán millones, miles de millones, en la cancha y a través de las pantallas, desde los cuatro puntos cardinales, los que seguirán esa coreografía que se organiza alrededor de un globo que no deja de girar por el campo de juego. Como un sol, la pelota ordenará el movimiento del planeta, que durante un mes orbitará alrededor suyo. Nadie podrá predecir su vuelo, y menos cuando viaje hacia el arco por encima de la barrera después de la caricia de alguna zurda prodigiosa, cuando, como detenida en el aire, detenga el aliento de la tribuna, en ese momento en todo puede suceder, justo antes de que el final de su trayectoria inaugure la gloria de un lado y decrete la derrota del otro.
A mí me gustan los mundiales, aunque me fastidie un poco la apelación chauvinista de marcas y comunicadores que apuntan, a través de la pelota, a hacernos creer que los argentinos somos únicos, un desborde de pasión y amor a la camiseta como no hay otro. La sobreactuación delata que nos quieren vender algo y empalaga. Pero no me olvido del festejo por la conquista del último Mundial, la muchedumbre que tomó las calles de Buenos Aires en paz. Eso fue una maravilla porque no lo digitó nadie. El sentimiento de orgullo, espontáneo, afloró no solo por la conquista de la Copa, sino también por el trabajo y la entrega de los jugadores y del equipo técnico. Un ejemplo que nuestra dirigencia política dejó pasar.
Fui un número 8 cumplidor aunque flojo para la marca, grité goles con mi padre en los tablones del viejo Gasómetro, pero a los treinta colgué los botines y me olvidé del fútbol. Dejé de jugarlo y de seguirlo. Los mundiales son para mí algo así como un reencuentro con la pelota. Y espero este con expectativa. Habrá que bancarse, eso sí, la presencia de Tapia, que viajará con la delegación a pesar de las causas judiciales que tiene abiertas y tras ponerse con una caución de treinta millones. Para él, un vuelto. Haría bien en no mostrarse mucho, en no hablar, para no manchar la pelota. Así entra limpita en el arco del rival.
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