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perfil.com · hace 11 horas · Daniel Capalbo

Ya no es un rumor de sacristía

Daniel Capalbo

Hay que reconocerle algo al gobierno de Javier Milei: la honestidad involuntaria. Otros gobiernos que aplicaron el mismo manual de demolición social al menos tuvieron el pudor de disimular. Lo llamaron modernización, inserción en el mundo, medicina necesaria. Milei dice todo eso, pero además lo celebra. Celebra la motosierra, que por si fuera necesario recordarlo, no se trata de una metáfora. Se trata, sí, del denominador común que enlaza a esta nueva pléyade de funcionarios envueltos en amianto: el Presidente y los ministros Caputo, Sturzenegger, la hermana Karina, el ex vocero y jefe de Gabinete Adorni, complicado hoy por un personal exceso de liquidez. Milei celebra el dolor del ajuste violento a jubilados, a la universidad, a la salud pública, a los discapacitados. A todo eso la Iglesia lo acaba de llamar sadismo de Estado.

El cardenal Ángel Rossi es arzobispo de Córdoba, vicepresidente primero del Episcopado argentino, jesuita formado bajo la influencia del padre Bergoglio y es también uno de los monseñores con mayor influencia en la elección de Robert Prevost como León XIV. No es un dato menor: Rossi llega a esta confrontación con el gobierno con un peso institucional y simbólico que pocos prelados argentinos han tenido en décadas. El 10 de mayo de 2026 presidió la eucaristía dominical en el Cottolengo Don Orione de Córdoba, una institución consagrada al cuidado y rescate de personas con discapacidad severa. No es un detalle menor: eligió ese escenario y ese contexto para lanzar la frase más cargada políticamente que haya pronunciado un cardenal argentino en años. Dijo: “Favorecer a los opulentos y restringir la ayuda a los discapacitados, a los jubilados, a los enfermos y a los vulnerados es signo de decadencia y de sadismo personal e institucional”. Y remató: “Así como hablamos de terrorismo de Estado, hay cierto sadismo de Estado e institucional”.

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La analogía no fue casual ni irresponsable: Rossi no equiparó la crueldad desplegada por la administración con el genocidio; lo que hizo fue trazar una continuidad. Así como el terrorismo de Estado fue una política deliberada que usó el miedo y la muerte como herramientas de control social, el sadismo de Estado actual usa el hambre, la enfermedad y la pobreza.

Por su lado, el arzobispo porteño Jorge García Cuerva aprovechó el tedeum del 25 de mayo —con Milei en primera fila, sin Villarruel, que no fue invitada— para un mensaje que recuperó la mejor tradición de las homilías incómodas: la de Bergoglio ante Kirchner, la del episcopado ante la dictadura. García Cuerva lo señaló ante Milei en el tedeum: “Viven de privilegios; alejados del común de la gente, perdieron la sensibilidad con los que sufren”. Y continuó: “Hoy también muchos hermanos experimentan estar paralizados en sus esperanzas, en sus oportunidades, en su dignidad. Desde hace muchos años se sienten postrados, tirados al borde del camino de la vida, y ya no tienen fuerzas para seguir.” No usó la palabra sadismo, pero describió exactamente eso.

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El mendocino Marcelo Colombo, titular de la Conferencia Episcopal, advirtió que los que peor la pasan son las clases medias empobrecidas. Los obispos de Neuquén, Posadas, Santiago del Estero sumaron sus voces. La respuesta del gobierno fue el silencio y la indiferencia, que en este caso son también una forma de respuesta. El choque entre la Iglesia y el gobierno libertario dejó de ser un rumor de sacristía. Es una fisura institucional de primer orden y tiene un nombre teológico preciso: la doctrina social de la Iglesia, que desde León XIII sostiene que el Estado tiene obligaciones con los más vulnerables que ningún voluntarismo del mercado puede reemplazar.

Milei se persigna, tiembla frente al Muro de los Lamentos y, aunque se percibe judío, visita el Vaticano. Que un gobierno que se dice cristiano esté recibiendo esta clase de críticas desde la jerarquía eclesiástica es, al menos, una ironía.

16-01-2025 Carlos Maslatón analista financiero abogado liberal