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clarin.com · hace 19 horas · Clarin.com - Home

Pérez-Reverte: “Cuando voy a Argentina no voy al extranjero”

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Da escalofríos esta escritura de Arturo Pérez-Reverte, aquel joven escritor que aun no sabía qué iba a ser de su talento. Iba, en seguida, para periodista y muy pronto, además, encontró el camino de la literatura. Ahora es académico de la Lengua en España, conocido en todo el mundo, y es un amigo ferviente, un hermano, de la Argentina.

El triste rostro de la derrota llamó al desarrollo de la contienda Argentina contra los ingleses. Él vivió ese desastre. Lo contó entonces, se cuenta de nuevo en este libro, Enviado Especial (más de seiscientas páginas), que ahora parece una novedad absoluta de su literatura y que en su tiempo formó parte de las crónicas que Arturo hizo para contar el mundo que iba viviendo.

Pérez Reverte ha llenado su historia de grandes títulos literarios: El tango de la Guardia Vieja, El pintor de batallas, La Reina del Sur, El capitán Alatriste, Patente de Corso, y ahora ha visto publicada esta obra que ahora es uno de sus grandes libros.

Enviado Especial. Una biografía de guerra recoge lo mejor que ha escrito contando las contiendas mundiales que han jalonado su vida de periodista trotamundos. Él era “un joven con una mochila y una cámara”. Ahora es un académico y sigue siendo un trotamundos. Este libro nuevo (que refleja lo mejor de su periodismo) es también, ahora, una señal de juventud.

--No es mío. Es la recopilación que han hecho de una serie de momentos de mi vida cuya publicación autoricé. Me convenció la editora de Alfaguara, Pilar Reyes. Decía: “Quien lee estos artículos seguidos entienden mejor tus novelas”. Cuando lo he mirado me he dado cuenta de qué cantidad de cosas apuntan en mis novelas de lo que aquí aparece. La forma de ver el mundo, los personajes, la actitud ante la vida y ante la muerte, y ante todo la violencia. Este libro se mueve por las fuentes en las que se formó mi mirada. En ese sentido sí es un libro interesante para mis lectores.

--Yo nunca he sido columnista. Cuando era reportero era reportero. En los últimos treinta años he hecho columnas, pero no son columnas periodísticas, son imágenes que esa vida me dejó. Yo no estoy hablando de ninguna actualidad. Estoy recordando momentos que me permiten explicar mi vida y el mundo.

--La parte argentina es como si lo que pasó en aquella guerra hubiera pasado en tu país…

--Cuando voy a Argentina no voy al extranjero. Sigo en un ámbito que se llama lo español, lo hispano, lo hispanoitaliano, lo latino… Ese es mi mundo. Nací en el Mediterráneo, así que cuando voy a Italia, a Gracia, a Turquía… estoy visitando a los parientes. Cuando voy a Buenos Aires ocurre eso también. Es mi patria. Una guerra argentina es también mi guerra… Ahora estuve allí: es mi casa, iba por la calle, a las librerías, charlaba con la gente, y siempre me sentí de allí, y así me recibían. En la guerra, cuando la cubrí, me asombraba que estuvieran muriendo chichillos y todo el mundo estuviera pendiente de un par de partidos de fútbol.

--El artículo principal respecto a ese viaje a la guerra argentina hace referencia al fútbol… “Mientras peleábamos Argentina hablaba de fútbol”.

--Vivía en el Sheraton, el hotel de los periodistas. Hacía mi crónica y la transmitía desde la calle Florida. Ahí escuché, cuando iba a enviar mi escrito, “¡¡¡Gol!!!” y dije, “¡ostia, es que a lo mejor no merecen ganar…! ¡Están muriendo chicos y aquí están pendientes de si Maradona ha marcado!”… Desde el punto de vista moral fue una guerra muy difícil, estúpidamente dirigida por una junta militar criminal. No se pueden borrar el valor, el coraje, y la decencia de mucha gente que luchó creyendo que lo hacía por su patria….

--¿Cuál sería para ti ahora la lección que tú trajiste de Argentina entonces?

--Argentina es un país como España: enfermo. No consigue meter el hilo en el agujero de la aguja nunca. Y me duele porque es un país que amo. Como España. La gente es estupenda y tiene algo que nosotros no tenemos: la cultura sigue teniendo allí un eco extraordinario. Ahí sigue todavía esa Argentina culta, serena. Es posible que no esté, pero el eco está ahí. Existe ese tejido, ese respeto, ese impulso, esa inercia cultural que la hizo un país tan grande que culturalmente no se ha perdido. En el desgaste cultural que vive el mundo en general, Argentina está mejor situada que España. Aquí hemos perdido una tradición cultural que no conserva con afecto ni con devoción.

--Siempre fui un periodista, un reportero. Yo lo he contado siempre: mi vida ha sido mirar y contar. Siempre he recordado al reportero que miraba y contaba. Y es lo que hice en la guerra: era un reportero de guerra, no iba de escritor: mi pasión entonces era la vida como reportero.

--Sí, pero no es algo deliberado. Yo hago novelas, artefactos narrativos que intento que sean eficaces para que el lector los viva conmigo y me acompañe en mis aventuras. Ese es mi objetivo como escritor. Claro, no puedo evitar una mirada forjada en la biblioteca del niño que fui… Esas lecturas me dieron un conocimiento del mundo, de las mujeres, de los hombres, de las guerras, del dolor, de la soledad, de todas las cosas… De modo que ahora todo lo que hago, también la literatura, también el periodismo, es evidentemente literatura. Un escritor es una mirada; un escritor es cómo ve el mundo… El que no tiene mirada no vale, no es un escritor interesante. Borges, Bioy, Valle-Inclán… Cada uno tiene una capacidad, pero sin mirada propia no es nadie.

--Hay algo importante para mi. Yo he vivido como reportero… Igual dormía con cucarachas en Angola, en Luanda o en Mozambique que en el hotel Alvear o en el Palace de Madrid… Eso te da conocimiento, soltura profesional en ambientes muy opuestos, y eso te da la riqueza de observar, la capacidad de observar que es evidentemente útil. En vi vida eso ha dado una acumulación de informaciones que ahora me sirven como novelista. Es un saco riquísimo del que saquear todo lo que me interesa…

--Sí, pero yo no lo sabía. Yo quería ser periodista, y a ello me llevó Pepe Monerri, jefe de La Verdad de Murcia… Me puso a trabajar a los diecisiete años. Y ese aprendizaje mi llevó también a ser novelista, a tener una actitud literaria…

--Igual que hiciste muchas guerras también pudiste hacer otros periodismos… ¿Por qué la guerra te llamó tanto?

--En realidad fue el periodismo. Javier Marías y yo nos decíamos que habíamos leído los mismos libros y los mismos tebeos… Él quería escribir las historias y yo las quería vivir, y eso nos hizo recorrer los caminos para luego aparecer cada uno con un equipaje diferente… A mi no me gustaba la guerra. La guerra era un máster acelerado. Y me hice periodista para ir a la guerra. Para mi era como un pretexto. Yo quería vivir los libros que había leído, quería conocer chicas guapas por el mundo, burdeles en Bangkok... Creí vivir por calles bajo el suelo, quería ser un héroe. A los dieciocho años lo quieres hacer todo. Fue una manera de abrir un objetivo, pero el impulso era ese: una manera de llegar a ese mundo del que luego nació el periodista.

--La guerra se quedó en tu cabeza y ya no te abandonó más. Has releído la guerra y ahora este es tu libro…

--Las guerras… La guerra española fue aquello, como la guerra de los Balcanes… Me pidieron que hiciera un prólogo del libro… Eso me llevó a leer algunas partes de lo que había escrito. Qué camino tan largo he recorrido, me dije, y señalo en el prólogo. El chiquillo que creció en una biblioteca mirando al mar y soñando con viajes y aventuras… Treinta y cinco años llenos de cosas. No ha sido una especie de orgullo melancólico.

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