Panorama Internacional: Irán y Donald Trump, el regreso averiado al punto de partida
La crisis en el Golfo está en un punto dramático. Irán se comporta como un país triunfante y pone condiciones. El presidente norteamericano Donald Trump está obligado a discutir esas demandas, estirarlas en el tiempo, pero no a rechazarlas. Necesita liberarse de esta pesadilla, pero no es claro cuánto puede resistir una arquitectura construida de este modo. El líder republicano se sostiene en un puñado de supuestos para manejarse una muy lejana a la que esperaba al comienzo de la guerra. Uno de ellos sostiene que las calamidades económicas de Irán, agravadas de modo terminal tras dos meses de bombardeos, acorralan al régimen que, además, tiene fracturado su negocio petrolero y gasífero por el bloqueo naval en sus puertos. Un argumento consistente.
Otro sugiere que la apertura del estrecho de Ormuz, como se sabe estratégico para el sistema energético mundial, reordenará en poco tiempo los suministros de crudo disolviendo la crisis económica que amenaza electoralmente a Trump en las legislativas de noviembre. Esta observación indicaría que el líder republicano apuntaría a que todo lo relacionado con el Golfo, excepto la liberación de la navegabilidad, se posponga hasta después de esos comicios extraordinariamente importantes para la supervivencia de su poder político. De modo que, como señala The New York Times, lo que se estaría discutiendo “no es un acuerdo de paz. No es un acuerdo nuclear. No es un acuerdo sobre misiles”. Tampoco promoverá un cambio de régimen y no hay tal cosa relacionada con una rendición incondicional que se reclamaba. Es lo que expone el memorándum revelado este jueves.
Las grietas de esa construcción ya están apareciendo. Desde el campo republicano surgen voces duras contra la estrategia de la Casa Blanca, que la ven como una capitulación o un regreso desordenado y en términos peores al acuerdo de Barack Obama con Irán en 2015. Aquel pacto congeló el desarrollo nuclear del país persa, el uranio enriquecido fue trasladado a Rusia y nadie hablaba de Ormuz. El esquema funcionaba con vigilancia internacional y consolidaba un régimen moderado más prooccidental.
Trump repudia ese convenio, pero no parece ofrecer algo mejor. El ex canciller del primer mandato trumpista, Mike Pompeo, calificó lo que hay de “pacto fallido”; el titular del Comité de Servicios Armados del Senado, Roger Wicker, dijo que es “un desastre” la negociación, y John Bolton, su ex asesor de Seguridad Nacional, sostiene que todo se resume en “una victoria significativa de los ayatollahs”. Una voz aún más significativa ha sido la del ex embajador de EE.UU. en Israel, Dan Shapiro. Afirma que “la guerra fue un error desde el principio, mal concebida en todos los sentidos. El acuerdo que se describe es débil y el resultado neto de esta guerra es un daño significativo a los intereses estratégicos estadounidenses”.
La intensificación de los ataques de Israel al Sur del Líbano es, a su vez, la respuesta del premier Benjamín Netanyahu a la posición negociadora de Trump y señal de que el líder norteamericano no domina el escenario. Las escaramuzas de estas horas y el discurso belicista del magnate buscarían encubrir la necesidad de negociar y justamente aquello incómodo que se negocia. Al mantener la amenaza militar activa, Trump buscaría justificar ante la opinión pública cualquier concesión posterior, que no sería una debilidad, sino el resultado de haber “acorralado” a Irán.
Es un planteo que puede tornarse pueril. Y acabar en lo que se quiere evitar, una guerra inevitablemente prolongada al estilo de Irak o Afganistán. Un extremo de las debilidades del escenario es la “orden” de Trump para que Arabia Saudita y Qatar se sumen a los Acuerdos de Abraham y normalicen su relación con Israel, lo que mostraría una victoria histórica en medio de estas sombras. Pero los países árabes prooccidentales no quieren hacerlo si no se cumple la condición pactada en la tregua en Gaza, que incluye una solución estatal palestina. No se trata de un gesto de solidaridad con ese pueblo. Es una cuestión estratégica; una salida sin esa condición enfurecería a las masas árabes, especialmente después de la ofensiva de demolición en la Franja.
Pero el extremo de este laberinto se advierte aún más claramente en que EE.UU. e Israel hayan considerado que el ex presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, un halcón de mala fama en su propio país, podría ser la alternativa de un nuevo gobierno en Irán. Esa noticia puede ser muy chocante para Argentina. Ahmadinejad fue quien negoció el memorándum de entendimiento sobre la AMIA con el gobierno kirchnerista. El ex presidente, que ganó su reelección en 2009 con fraude y apaleando a la oposición moderada, mantenía vínculos estrechos con la Venezuela de Hugo Chávez y el Ecuador de Rafael Correa. Con esos países, y posiblemente con aquella Argentina, negoció el trasiego de petróleo no declarado en buques de bandera falsa, a cambio de dinero líquido necesario para financiar el programa nuclear eludiendo las sanciones.
Luego, está el otro supuesto sobre que, si se reabre el estrecho de Ormuz y la navegabilidad total en el Golfo, se resuelve la crisis energética. Un informe reciente del Financial Times lo pone en duda. El economista turco Fatih Birol, director de la Agencia Internacional de Energía, afirma que el mundo está entrando “en la mayor crisis energética de la historia”. Y no se resolverá rápidamente. Los ataques de Irán al entorno árabe dejaron ocho refinerías importantes del Golfo total o parcialmente fuera de servicio. Lo mismo ocurre con la planta de Ras Laffan, en Qatar, la mayor del mundo de gas licuado, que requeriría cinco años para ser reparada y abastecer nuevamente al Norte mundial.
El diario británico, que cita al ex vicepresidente de estrategia de British Petroleum y miembro del King’s College, Nick Butler, una autoridad en la materia, señala que la región del Golfo exportaba 3,5 millones de barriles diarios de productos refinados de petróleo y 1,5 millón de crudo. Eso no está ya en el mercado. Pero las escaseces están lejos de limitarse a la energía. También están afectados los suministros de helio, nafta, metanol, fosfatos, urea, amoníaco y azufre. La reducción del helio, por ejemplo, perjudica la producción de chips. Los fertilizantes, por su parte, golpean la producción alimentaria mundial.
Trump necesita resolver ese embrollo, que ha llevado el costo de las naftas en su país por encima de US$4,50 el galón, 50% más de lo que costaban antes de la guerra, un dato que explica su notable caída en las encuestas. El escenario es tan tórrido que los inversores apuestan a una suba de tasas antes de fin de año, aun con el nuevo titular de la FED, Kevin Warsh, que designó Trump para que las baje. De esas urgencias existenciales se abusa Irán y son las que ignora Israel en Líbano.
Nadie sabe qué puede ocurrir en las urnas de noviembre. Falta tiempo y la política no admite adivinanzas. Pero los analistas observan que Trump no se lo está haciendo fácil a sí mismo, no solo con el laberinto del Golfo. En las internas republicanas ha impulsado a candidatos verticales a su mando, corriendo a los moderados que podrían oxigenar el partido. Lo acaba de hacer en Texas, donde un dirigente trumpista, señalado por delitos de sobornos y abuso de poder, Ken Paxton, venció a un prestigioso senador republicano, John Cornyn, creando un estremecimiento en el bloque oficialista en la Cámara alta. Poco antes sucedió lo mismo en Kentucky con el diputado Thomas Massie, derrotado por Ed Gallrein, ex miembro de los SEAL y fanático del presidente.
Los demócratas festejan. Consideran un error de manual el involucramiento de Trump en las elecciones y el impulso a postulantes que se identifican con su imagen en momentos en que la popularidad presidencial se derrumba en las encuestas. Un lastre del cual muchos líderes oficialistas silenciosamente intentan escapar. Ahora Trump dice que no le preocupan estas elecciones. Pero Trump dice muchas cosas.
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