El mito de directora violenta y el alumno víctima
El video que se viralizó en Argentina, sobre una vicedirectora de una escuela secundaria de Rosario retando a un curso por inconductas reiteradas, refleja el estado de nuestra educación. Se observa en él que un estudiante mueve provocativamente un banco para hacer ruido mientras la vicedirectora advertía al grupo. Ante esto, ella le patea suavemente el banco, acomodándolo y frenándolo, sin hacerle ningún daño ni entrar en contacto físico, y le pregunta irónicamente: “¿Querés que te lo acerque un poquito más?”.
Esta situación gestó un debate en las redes sociales entre quienes consideraron violenta la intervención de la autoridad y quienes la aplaudieron por defender a los docentes y pararse con firmeza ante los alumnos.
Lo primero que hay que decir es que, como siempre, mucha gente opina desde afuera, sin haber estado jamás frente a un curso. En todo ámbito, el que está en el terreno, en la trinchera, conoce muchísimas más variables de las que puede imaginar quien mira desde afuera. Muchas teorías pedagógicas han fracasado en las últimas décadas porque fueron pensadas desde la comodidad de un escritorio universitario en lugar de hacerlo desde el aula real de la educación masificada y obligatoria.
La madre del alumno reconoció que su hijo estuvo mal y aceptó la sanción. Un pequeño avance. Bien. Sin embargo, puso el foco en la vicedirectora y reclamó una sanción para ella. Hay que aclarar que la vicedirectora fue, efectivamente, sancionada. Es decir, ante una inconducta provocativa e insolente de un alumno sentado en primera fila mientras retaban al curso, darle una patadita a un banco para detener su movimiento deliberado y llamar la atención se considera sancionable. A esa vicedirectora que la vaciaron de autoridad, que la obligan a comerse el estrés crónico de tener que dirigir una escuela sin recursos de autoridad eficaces a su disposición, se la sanciona por usar su pie para detener una inconducta de un alumno sin siquiera contacto físico alguno.
No está aquí en discusión si es una buena o mala vicedirectora. Primero, porque no la conocemos. Segundo, porque no nos compete opinar de ello, justamente, desde afuera. Tampoco se discute si la reacción fue la ideal u óptima. Pues, no todos actuamos de forma perfecta todo el tiempo, y menos frente a una provocación. No podemos exigirle a nadie que sea constantemente Mahatma Gandhi. Lo único que se analiza es si fue “violenta” y si su conducta es “sancionable”, así como también si el alumno que movía el banco es una “víctima”. No se trata de magnificar un hecho puntual, sino de entender la filosofía educativa que se esconde detrás de la sanción formal a la vicedirectora, en lugar de, a lo sumo, una conversación informal aconsejándola.
Es importante poner el hecho en contexto. Desde hace décadas que la educación viene siendo sistemáticamente vaciada de contenido, de legitimidad y de recursos de autoridad. Los alumnos crecen sabiendo que es muy difícil y burocrático aplicar sanciones. Si no están directamente prohibidas, están fuertemente desalentadas. Asimismo, saben que, en el peor de los casos, si acumulan sanciones no pasa nada. No hay efectos disuasorios de última instancia que se apliquen con regularidad y sin excepciones, como quedarse libre, repetir de año o ser expulsado de la escuela. Tampoco se permite que un docente eche del aula o envíe al alumno a Dirección cuando incurre en inconductas reiteradas, afectando el clima áulico y el normal desarrollo de la clase. Peor aún, en casi todas las jurisdicciones, incluida la Provincia de Santa Fe, se ha institucionalizado de hecho que el alumno no puede repetir de año. Se le dan infinitas posibilidades y facilidades para provocar que avance, aunque no haya aprendido y consolidado los aprendizajes adecuadamente. Y a eso se suma que, a contramano de la tendencia mundial y de la evidencia científica, se permite que los alumnos tengan en su poder un celular inteligente mientras están en la escuela. Esto potencia las distracciones y las inconductas, al tiempo que genera un enorme desgaste y pérdida de tiempo en los docentes para luchar contra la fuerza arrolladora y adictiva de las redes sociales.
Todo esto tiene por efecto una escuela signada por la anomia, por la falta de reglas y de hábitos, que son la base de todos los aprendizajes. Hay excepciones, pero la tendencia general es muy contundente. Y las excepciones suelen ser escuelas de alto poder adquisitivo que no reciben subsidio del Estado y, por eso, no pueden ser presionadas con la amenaza de quitárselos. Esto acrecienta la brecha educativa entre escuelas privadas sin subsidio o de alto poder adquisitivo y las demás, lo cual es una enorme injusticia y una violación del derecho a una educación de calidad. Hemos naturalizado que la escuela pública sea anómica e ineficaz, cuando no debiera ser así.
En el video, la vicedirectora se encontraba retando al curso porque los docentes “se van mal” luego de tenerlos. ¿Y cómo no se van a ir mal? Enseñar en el sistema de educación masiva y obligatoria, frente a adolescentes que asisten compulsivamente y que están, como lo hemos estado todos, en la edad “del pavo” y de la rebeldía eterna, implica chocar constantemente contra la resistencia del educando. Es una actividad antinatural, en el sentido de que el cerebro no nace preparado ni diseñado evolutivamente para la lectoescritura y es preciso recablearlo a fuerza de insistencia, repetición, esfuerzo e incomodidad. Y eso carga al docente con un estrés diario, razón por la cual en muchos países se jubilan antes. Si no se le otorgan recursos de autoridad ágiles, cómodos y contundentes, que le permitan centrar su energía en la enseñanza, no hay forma de que la escuela funcione y logre su cometido. Desde luego, esto debe darse con control de no arbitrariedad y sanciones ejemplares para cuando se compruebe un claro y deliberado abuso de poder.
Esto se puede lograr con cambios muy simples y sin costo alguno. Por ejemplo: Aplicar sanciones disciplinarias razonables sin excepciones; dar plena autonomía a las escuelas para definir su régimen disciplinario interno (incluso a las de gestión pública); permitir que el docente envíe al alumno que se porta mal de forma reiterada a Dirección o espacio vigilado (obviamente, con una sanción mayor); aplicar, sin excepciones, la regla de que el alumno que no aprende lo básico repite de año, y que si supera el límite de amonestaciones se queda libre o es expulsado y debe cambiar de escuela; prohibir completamente el uso del celular en las escuelas, incluso en los recreos, quedando bajo llave (excepto que el docente lo necesite), y que al primer uso indebido le sea retirado con responsabilidad de la familia si se daña. Estos simples cambios generarían una revolución educativa y ayudarían a que las nuevas generaciones desarrollen las funciones ejecutivas, el carácter y la fuerza de voluntad.
Ese es el mejor legado que la educación puede darles, y hará que la enseñanza aumente notoriamente su eficacia. Insisto: sin gastar un solo centavo, y probablemente ahorrando una buena suma por disminución de las licencias psiquiátricas de los docentes. El problema aquí no son los adolescentes, que hacen lo que haríamos todos a esa edad en ese contexto. El problema son los adultos, que les hacen un daño enorme por no atreverse a actuar como adultos.
Si bien desde el último cambio de gobierno en Santa Fe se iniciaron algunos tímidos avances para retrotraer décadas de vaciamiento y abandono, todavía estamos muy lejos de revertirlo por completo. Fíjense que el alumno en cuestión se sintió con la impunidad de provocar a la vicedirectora en su cara, sentado en primera fila, cuando esta había ingresado justamente para retarlos por sus inconductas. Y luego de que ella le pateara el banco y lo retara personalmente, sacó el celular —que teóricamente está prohibido—, e incluso se resistió ante la indicación de que lo guardara. Se ve a los alumnos en una suerte de universo paralelo de bromas, cagadas, redes sociales, en otra sintonía, celular en mano —que no deberían tener, pero que no hay sanciones eficaces para obligarlos eficazmente y de forma generalizada a cumplirlo—.
A pesar de todo, la vicedirectora (repito, que no la conozco y no puedo evaluarla ni me compete) fue sancionada por detener con su pierna el movimiento provocativo y deliberado del pupitre, sin siquiera haber hecho contacto físico directo con el estudiante. ¿Cuál es el mensaje que se quiere dar? Básicamente, se refuerza el instinto de auto victimización propio de la adolescencia, edad en la que toda adversidad o frustración se exagera, y se consagra el vaciamiento de autoridad del docente y directivo.
Probablemente la vicedirectora, en otro contexto, se hubiera limitado a expulsar del aula al alumno y este hubiera obedecido por saber que, de no hacerlo, tendría consecuencias graves. Eso es probablemente lo que hubiera sucedido en cualquier país con un sistema educativo funcional, desde Finlandia hasta Singapur. Ni se le hubiera cruzado por la cabeza a la vicedirectora, en esos contextos, usar su pierna para detener la inconducta. Pero estamos en Argentina y aquí obligamos a los docentes a dar clases desnudos, haciendo malabares absurdos, arreglándoselas como pueden, total el estrés se lo comen ellos, no los gobernantes ni los pedagogos de biblioteca. Queremos docentes finlandeses o singapurenses, pero no les damos ni el 1% de los recursos de autoridad ni del respeto que poseen allí (ni hablar de los sueldos). Y si se salen un ápice del modelo utópico que se pretende imponer, que solo existe en los libros, los sancionamos.