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clarin.com · hace 3 horas · Clarin.com - Home

El rugido de León

El rugido de León

Ante la pregunta de si era creyente, Charles De Gaulle contestó: “soy católico, por historia y geografía”. Respuesta de un estadista: la historia deja sus señales y la geografía fija pertenencias. Gran parte del mundo sigue siendo mayoritariamente católico; muchos como De Gaulle.

La Carta Encíclica Magnifica Humanitas (sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial) del Santo Padre León XIV es un mensaje potente y ordenador, y tiene en aquel marco un especial significado.

Los griegos acuñaron el concepto de parrhesía como el principio elemental de decirlo todo, aunque significara un costo. Foucault lo recupera como una ética del coraje de hablar con la verdad ante el poder.

El silencio respecto de la Inteligencia Artificial de los presidentes de las dos superpotencias (China y Estados Unidos) en su último encuentro, exhibió los límites de una política mundial fragmentada y plena de desconfianza. En ese vacío aparece León XIV. Su advertencia es simple y disruptiva, pura parrhesía: la IA plantea un riesgo civilizatorio que no puede pensarse sólo en clave técnica o económica.

Con la Encíclica, la Iglesia Católica se planta como un actor político global moral, al fijar posición sobre el principal desafío contemporáneo. Algunos invocarán las Sagradas Escrituras: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios; y ahí el error garrafal de no entender ni los contornos ni la dimensión del reto que significa esta tecnología.

Es la institución milenaria fijando su postura, desde una larga tradición que remonta a la Patrística y filósofos de la talla de Agustín de Hipona y Santo Tomás. Y lo que dice es que el hombre es y debe ser la figura central de la historia; no el paradigma tecnocrático. Que está mal que cuatro o cinco personas jueguen el destino de la humanidad al abrigo de un argumento tan banal en este punto como las fuerzas del mercado, porque se trata de un problema de dimensión esencialmente ética. Y es ahí donde entran a tallar la filosofía y la teología, en todo caso, pero no la fantasía tecnológica.

Lo notable de la Encíclica es que fundamenta desde esas disciplinas fundantes del saber, pero con enorme sentido práctico: rescata el rol del Estado como vital para evitar que la tecnología desplace al hombre desde un principio central, el bien común, al que llena de contenido argumental, en desmedro de miradas individualistas tan en boga; y suma la justicia social, aplicada con criterio moderno, como una forma de no exclusión de la persona a partir de la propiedad y uso de las nuevas tecnologías, asumiendo, desde la solidaridad, que nadie se salva solo.

Y concluye lapidario: no es cuestión de IA si o no; ni de una mirada puramente economicista. Es un problema de rango ético y en consecuencia jurídico. En otras palabras, propone que la Inteligencia Artificial sea regulada ahora, antes de que sea demasiado tarde.

“¿Al principio estaba el verbo? No. Al principio estaba la acción”, es una frase icónica De Gaulle. Ojalá los políticos de turno estén a la altura, escuchen a León y actúen, porque la discusión sobre IA dejó de ser técnica y económica: es, antes que nada, política, ética y jurídica.

Bernardo Saravia Frías

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