Celulares en la escuela: el tabú no educa
Primero fueron las computadoras. Luego, la web. Hoy, el celular. Mañana -o quizás ya hoy- será la inteligencia artificial. Frente a cada nueva tecnología, la escuela suele oscilar entre dos respuestas igualmente insuficientes: imaginar que la tecnología resolverá por sí sola los problemas educativos o convertirla en tabú, expulsándola del aula como si así desapareciera de la vida de los alumnos. Ninguna de las dos actitudes parece razonable. Allí donde el celular forma parte de la vida cotidiana de los adolescentes, prohibirlo puede ser necesario en ciertos momentos; convertirlo en tabú es otra cosa.
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Un reciente informe de la UNESCO sobre las restricciones al uso de celulares en las escuelas muestra que la preocupación es real y extendida: 114 sistemas educativos, equivalentes al 58% de los países, tienen hoy algún tipo de prohibición nacional de celulares en el ámbito escolar. El alcance varía según el país y el nivel educativo, pero el dato confirma que el debate dejó de ser marginal.
El celular distrae, fragmenta la atención, altera la convivencia escolar y lleva al aula la lógica de la notificación permanente. Pero reconocer un problema no significa que cualquier prohibición sea una solución educativa.
A modo de ilustración: un working paper del National Bureau of Economic Research, publicado en abril pasado por Hunt Allcott, E. Jason Baron, Thomas Dee, Angela Duckworth, Matthew Gentzkow y Brian Jacob, evaluó en Estados Unidos el impacto de una forma estricta de restricción: fundas con cierre para impedir el acceso al teléfono durante la jornada escolar. Los autores reportan que esa política reduce el uso del celular en la escuela, pero sus efectos sobre los aprendizajes son mucho más modestos: “En cuanto al rendimiento académico, los efectos promedio sobre los resultados de las pruebas son consistentemente cercanos a cero”. También informan poca evidencia de efectos sobre atención autorreportada o bullying online.
Hace pocos días, Associated Press presentó el trabajo como el mayor estudio realizado hasta la fecha sobre prohibiciones escolares de celulares. Según AP, los docentes reportaron menos distracciones cuando los alumnos guardaban sus teléfonos durante la jornada, pero había poca evidencia de mejoras rápidas en rendimiento académico o conducta.
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La conclusión no debería ser que toda restricción es inútil. Sería una lectura equivocada. Si un teléfono encendido impide escuchar una explicación, interrumpe una lectura o facilita la copia durante una evaluación, la escuela tiene derecho a prohibirlo en ese contexto. La autoridad escolar incluye reglas, límites y sanciones. Pero otra cosa muy distinta es convertir la prohibición en toda la política educativa. Prohibir el celular puede ordenar una clase; no enseña, por sí solo, a vivir mejor con él. Ordenar una clase puede lograrse con una regla; aprender a vivir mejor con el celular exige pedagogía.
Ese debería ser el centro de la discusión. Los adolescentes ya viven con el celular fuera del aula. Lo usan para comunicarse, estudiar, distraerse, informarse y exponerse. La escuela puede retirarlo durante la jornada, pero no puede retirarlo de la vida cotidiana de sus alumnos. Si no enseña a usarlo con criterio, pone el problema bajo la alfombra hasta que suena el timbre.
Incluso en los recreos puede haber reglas, pero no una negación de la realidad. La tarea educativa no debería limitarse a obligarlos a pasar unas horas sin él, como si el celular no existiera, sino a ayudarlos a no quedar atrapados cuando lo tienen en la mano.
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El problema, entonces, no es que una escuela prohíba el uso del celular durante una clase. El problema es que convierta esa prohibición en política educativa. Una regla puede ordenar; un tabú clausura la conversación. Y cuando la escuela pone bajo la alfombra aquello que debería enseñar a mirar de frente, deja a sus alumnos solos frente a un instrumento que seguirán usando apenas salgan del aula.
Hace años, frente a las netbooks, el riesgo era creer que la tecnología reemplazaría al docente. Hoy, frente al celular, el riesgo inverso es creer que retirarlo del aula asegura el éxito de la tarea educativa. Antes se sobreestimó la tecnología; ahora podríamos estar sobreestimando la prohibición. En ambos casos, el error es el mismo: olvidar que el centro de la educación sigue siendo el maestro y su capacidad de guiar, exigir, orientar y formar criterio.
Lo mismo ocurrirá con la inteligencia artificial. Habrá quienes quieran incorporarla sin reglas y quienes quieran expulsarla antes de comprenderla. Ninguno de los dos reflejos alcanza. La escuela no puede correr detrás de la tecnología ni esconderse de ella.
Prohibido prohibir no significa permitirlo todo. Significa no confundir disciplina con tabú. Significa admitir que la escuela debe regular el uso del celular, pero también enseñar a usarlo. Un alumno no se vuelve más libre porque tiene una pantalla en la mano; tampoco se vuelve más educado porque alguien se la retira durante unas horas. La libertad exige responsabilidad; el criterio se educa. Y para educarlo, la formación docente fue y seguirá siendo la variable más importante.
En el mundo actual, las exigencias que enfrenta el docente son mucho más complejas que años atrás. Como señaló Steve Jobs en una entrevista realizada por el Instituto Smithsoniano: “He donado más computadoras a más escuelas que nadie más en el mundo y estoy absolutamente convencido de que de ninguna manera es lo más importante. Lo más importante es una persona. Una persona que incite y alimente la curiosidad de los alumnos. Las computadoras no son maestros. Lo que los niños necesitan es algo más proactivo. Necesitan un guía”.
Los adolescentes seguirán usando celulares fuera del aula. La pregunta es si la escuela se limitará a declarar ese mundo como tabú durante la jornada escolar o si asumirá la tarea, más difícil y más necesaria, de enseñarles a vivir en él. Si sólo prohíbe, quizás logre silencio por un rato. Pero no es posible tapar el sol: el mundo está cambiando a una velocidad difícil de asimilar. No es razonable que los jóvenes vivan durante unas horas al día en un mundo que ya no existe, para retornar a su realidad a la salida de la escuela.
(*) Miembro de la Academia Nacional de Educación y Director del UCEMA Friedman Hayek Center