La gripe de otoño
De todos los virus que nos acechan cada otoño éste es el más común y el más temido. Ojo: yo tengo la teoría -y tal vez haya una razón física explicable- de que en otoño se rompe todo en la casa. Los electrodomésticos, la estufas, calentadores, calefones, duchas, sumidero, los cueritos de las canillas, las correas de las persianas, las bombitas de luz titilan, etc. El calor del verano habría mantenido a las cosas flexibles, a la grasa derretida, y de pronto llega la dureza del frío, su rigidez, y todo se empaca con no querer funcionar. A correr por el plomero, el gasista y Mandrake el mago.
Algo similar debe sucederle al cuerpo. Veníamos medio ligeros de ropa y los cambios bruscos de temperatura no son tenidos en cuenta por nuestra mente. Es evidente que a los bronquios y los pulmones lo que piensa la mente le importa dos cominos y a los tres días estás moqueando -si tenés suerte- o postrado en la cama con 39° de fiebre y una lapicera en la mano lista para testar -si no tenés tanta suerte.
Hacía un buen tiempo que no me agarraba una gripe: más o menos desde el post-covid, donde nunca fui diagnosticada de Covid, a pesar de haber perdido el olfato. “Doctor”, pregunté en la entrevista virtual con la guardia, “echo el spray contra las cucarachas y no lo huelo, ¿no tendré Covid?”. Respuesta del galeno: “Eso es un broncoespasmo”. Otra evidencia: el broncoespasmo seguro lo tendrían las cucarachas al agonizar, porque lo mío era el Covid clásico y viejo y peludo.
Pero vuelvo, me agarré una señora gripe con el primer cambio brusco de tiempo de este mayo. Todavía padezco sus consecuencias en forma de tos perruna o más bien esa risa que hacía Patán el perro de los dibujos animados “Los autos locos”, de mi infancia. Creo que seguiré tosiendo hasta agosto; dado que todos los galenos me responden: “La tos es lo último que se va”. Estoy tratando de aprender a hacerlo con elegancia y no me cubro la boca con el codo por los malos recuerdos que me trae del 2020.
Puse “gripe” en mi estado de WhatsApp pero eso no le movió un solo pelo a nadie. No obstante, cuando de un trabajo o una cita me preguntaban por qué no iría, yo daba la respuesta remanida: “Porque tengo gripe”. A continuación, el interlocutor soltaba una receta. Casi siempre era un té de jengibre con algo. Es increíble la capacidad que tiene el jengibre de unirse a algún otro compuesto y generar una salud casi inmediata y hasta un escudo protector o un domo. Jengibre con miel, con orégano, con poleo, etc.
Otra notoria diferencia entre los engripados que noté es la gente que desea ser cuidada por su pareja o un ser querido -estoy hablando de gente cuya gripe no pasó a mayores y no debió ser hospitalizada, por supuesto- y la que prefiere pegarse un tiro antes de ser cuidada por su pareja o un ser querido. Yo, estoy entre los segundos. Pero la sigo la próxima, que debo ir a por una nebulización de apuro y regreso.
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