Una Encíclica para construir la Tercera Paz Mundial
La Magnífica Humanidad es una apelación que trasciende largamente la influencia de la IA en todos los planos de nuestra vida individual, comunitaria y global. Constituye una Carta Moral para transitar terrenos actuales signados por la guerra, el odio y la concentración de poder, acelerados ahora por la emergencia de una tecnología capaz de llevar a la humanidad a la extinción, como lo han reconocido múltiples científicos consultados al respecto.
Lo expresado en la Encíclica tiene como antecedente un trabajo sistemático, profético y sostenido en el tiempo que diversos ámbitos del Vaticano desplegaron desde hace más de una década, y que ahora están también siendo agrupados en una task-force coordinada para seguir de cerca estos avances: las Academias de Ciencias y Ciencias Sociales, la Academia para la Vida, los Dicasterios para el Desarrollo Humano Integral, para la Cultura y la Educación, para la Doctrina de la Fe, y la Comunicación, entre otros. De dichos trabajos, encuentros, diálogos con expertos de toda procedencia geográfica y disciplinaria, ha surgido una convicción profunda que requiere un abordaje urgente: no podemos resignarnos a que el ser humano se convierta en un simple dato de las máquinas sino todo lo contrario: las máquinas en sus diversos campos y manifestaciones requieren estar orientadas por principios de integridad social y política.
Podríamos decir: qué mal que estamos, que debemos discutir lo obvio. Pero la evidencia resulta más que tangible: mientras en 2024-2025 el gasto mundial en armamentos creció un 3%, y los conflictos armados se extienden en 69 países, el gasto en asegurar un despliegue seguro de la IA para que esté al servicio de la humanidad supone apenas un 3% de los trillones de dólares que se destinan a su desarrollo. No cuenta frente a esto una auto-regulación -por más loable que suceda- de las grandes plataformas y corporaciones, que ya se encuentran hasta diseñando Constituciones propias para los grandes modelos de lenguaje de IA. Hace falta una mirada de conjunto que ponga todos estos adelantos al servicio de un bien común universal, guiados por todo aquello que el ser humano puede desplegar cuando está inspirado por principios de fraternidad y también de creatividad científica.
El Papa León XIV nos dice que lo nuevo es recordar lo olvidado por varios de los líderes del mundo: la importancia de la diplomacia; el destino universal de los bienes y la justicia social; el multilateralismo como forma siempre perfectible de dirimir conflictos; la distribución equitativa de la riqueza generada también de modo racional, sin abrumar a la naturaleza. La IA no inventa esto conflictos, sino que corre el riesgo de lanzarlos en un trampolín con finales dramáticos: creando nuevas formas de esclavitud de la atención, la economía casino, la falsa deliberación democrática o el transhumanismo que no reconoce límites.
“Este paradigma se ha extendido rápidamente en los últimos años, también como efecto de la difusión de la IA, las ciencias cognitivas, la nanotecnología, la robótica y la biotecnología. En sí mismas, dichas innovaciones pueden ser una gran ayuda para el desarrollo humano integral y el cuidado de la Causa común. Pero, precisamente por su poder, pueden actuar como un acelerador del paradigma tecnocrático y, por ello, necesitan un nuevo marco espiritual, ético y político”, nos comparte León.
En el punto 98 de la Encíclica está la expresión acaso más profunda del tiempo que navegamos: “Es oportuno anteponer dos consideraciones: la primera es que cualquier afirmación sobre la IA corre el riesgo de quedar obsoleta en poco tiempo, dada la impresionante velocidad de desarrollo de estos sistemas. En segundo lugar, todos nosotros, incluidos quienes los diseñan, sabemos muy poco sobre su funcionamiento efectivo. Las inteligencias artificiales modernas están más 'cultivadas' que 'construidas': los desarrolladores no diseñan directamente cada detalle, sino que crean una arquitectura sobre la cual la IA 'crece'”
Aquí se da cuenta de que la humanidad se está introduciendo en un eclipse de sentido. Para rescatar mapas de sabiduría en medio de estas galaxias de inhumanidad, no cabe apelar a reglas tecnocráticas sino a la incidencia que en el curso de la historia política han tenido personajes extraordinarios por su valentía, citados por la Encíclica, entre otros: Giorgio La Pira, Martin Luther King, Dorothy Day, Monseñor Angelelli y Monseñor Oscar Romero, y miles de héroes rutinarios de la economía del cuidado, que dieron y dan testimonio de su “magnífica humanidad” en las peores condiciones sociales y económicas. Este es el auténtico realismo político que nos enseña la historia: no la “real politik” de las guerras, más o menos justas, más o menos sucias, más o menos comerciales, más o menos tecnológicas.
Hace poco, varios de los científicos que contribuyeron a desarrollar avances notables en la prevención de enfermedades, lo señalaron con claridad: “Debemos tener humildad antes que arrogancia, no todo lo que se puede hacer en la ciencia se debe hacer en nuestra sociedad”. Palabras más o menos, lo señaló también con claridad el representante de una de las corporaciones que hoy investiga la IA y estuvo presente en el lanzamiento de la Encíclica: “Necesitamos más transparencia en nuestros laboratorios, porque ni nosotros mismos podemos prever las consecuencias de ciertos avances y afuera de nuestros laboratorios hay un mundo angustiado por saber qué ocurrirá con sus trabajos”.
En este contexto, lo que cuentan son los nuevos principios de un gran acuerdo de fraternidad social: la medición del desarrollo humano integral que vaya más allá del simple producto bruto interno; la protección del trabajador y su formación profesional desde el mismo diseño de la automatización; el establecimiento de reglas claras de responsabilidad en el uso ético de la IA en todos los eslabones de la cadena de valor; la educación como base para un discernimiento apropiado; una fiscalidad para la protección social y políticas industriales que corrijan la concentración de riqueza y poder. “Estos criterios no son un freno a la innovación; en realidad, la hacen viable y humana”, nos recuerda el Papa León.
Si nos remontáramos a la historia del siglo pasado, podríamos advertir que luego de la primera guerra mundial el mundo fue incapaz de trascender la lógica de acumulación de poder y dominación a través de un internacionalismo eficaz; que tras la depredación de la segunda guerra mundial se dio un proceso de guerra fría con claroscuros humillantes y también promisorios, porque surgieron las Naciones Unidas, la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados de no proliferación nuclear, entre otros. Y que ahora, para evitar una tercera catástrofe ambiental, política y social -que comenzó a desplegarse “en cuotas”, de acuerdo con el Papa Francisco- lo que hace falta es reestablecer un nuevo equilibrio, basado en la importancia de las periferias y alejado de lógicas imperiales de todo signo. Y hace falta hacerlo de modo perentorio.
Desarmar a la IA para la guerra significa una nueva navegación para la paz, con una cartografía y sintaxis de esperanza que trasciendan “la noche oscura del alma” de lo que significa ser humano. Bien orientada, en mentes sanas, en corazones sensibles, y con las adecuadas arquitecturas institucionales locales, regionales y globales, la IA puede contribuir de modo apasionante a mejorar múltiples aspectos de nuestra sociedad.
Esto no sucederá de modo espontáneo por efecto de “la mano invisible de la IA”. Requiere decisiones audaces de los líderes políticos, que pongan reglas claras para superar los monopolios, que se atrevan a fortalecer las organizaciones multilaterales mejoradas para que cumplan su función de diálogo y de negociación, y que transparenten la democracia para que no sea un juego de suma-cero amigo-enemigo sino que sea capaz de construir “una nueva civilización del amor”.
La IA es demasiado importante para dejarla en manos de los tecnólogos o los embriagados de poder. Lo que se termina de expresar no es solamente una Encíclica: es un grito de liberación, cordura y sobriedad frente al poder tecnológico que puede implicar un nuevo modo de colonialismo si no posee justicia y solidaridad. El Papa lo subrayó con nitidez: no se trata sólo de desmantelar los paradigmas caducos disfrazados con máscaras de modernidad, sino de ser capaces de construir un paradigma regenerativo con magnífica humanidad. Diseñar y protagonizar la tercera paz mundial es posible, si aprendemos de tantas lecciones, trágicas y sublimes. La mirada malvada no puede tener la última palabra. El principal peligro no son las máquinas que alucinan sino los líderes que, porque odian, son incapaces de una nueva imaginación.
*Exministro del Interior y de Justicia, el autor es también miembro de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales.
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