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clarin.com · hace 9 horas · Clarin.com - Home

El futuro sale a la cancha

El futuro sale a la cancha

Ayer nomás era el chiquilín que se carcajeaba en brazos de sus abuelos, cuando nos escondíamos detrás de un diario y aparecíamos de repente, jugando a asustarlo: ¡Buh! Miralo ahora: me pide que le saque una foto formal y que lo ayude a corregir su primer currículum para empezar a buscar empresas donde realizar las prácticas de Ingeniería.

Me entero así de su promedio y de las 13 matrículas de honor que lleva ganadas en la Universidad Politécnica de Madrid. La emoción casi me pone a lagrimear. Qué máquina. Un babero por acá.

Es difícil transmitir lo que nos regalan los hijos sólo por estar, por ser lo que le legamos al futuro y ejercer sin premeditación un aire de familia que nos recuerda gestos y entusiasmos que alguna vez nos definieron. ¿Orgullo? Por supuesto, pero no sólo eso. Nos quedamos cortos a la hora de explicar un latido que es más entraña que razón.

Hay algo del sentido de la vida entera, del trajín y de las pruebas, que se hace justo y pleno en la adultez de los hijos como dicha inobjetable. Empezamos a amarlos antes de nacidos y resulta estimulante que ese amor medular, ígneo y a la vez excéntrico cambie y los abrace tramo a tramo. Son el después, deslumbran. Nada le gana a eso.

Sigo diciéndole “hola hijito” al contestar un llamado suyo, a pesar de que ya tiene voz ronca, barba de tres días integrada a la cara y alumnos que lo llaman para que les ayude a descifrar problemas matemáticos, porque en mi corazón lo recuerdo siempre con cuatro o cinco años. Charleta, de jeans y con una remerita naranja que le encantaba, luciendo media sonrisa pícara.

A esa edad, mi padre le regalaba unos muñecos a cuerda que compraba por monedas en la peatonal de Córdoba, tesoros made in China que lo entretenían por horas. “Cuidalo mucho”, me pedía.

Te hago caso, pa. Pero ahora él me cuida a mí también y pregunta si tal día necesito el auto (que de otro modo se apropia) o si vamos a ir juntos a buscar a su abuela al aeropuerto, ahora que por fin el médico la dejó cruzar el Atlántico.

Dudo que en el departamento de prácticas de las empresas consulten a las madres de los candidatos antes de decidir si toman a alguien como becario. Hacen mal. Nadie los conoce mejor ni desea con tanta honestidad que brillen y hagan un buen papel. Sabemos dónde y cómo pueden lucirse; también, qué temen o deben entrenar. Sale a jugar un futuro ingeniero. Abran cancha.

Raquel Garzón

Periodista y poeta, construyó una carrera a ambos lados del Atlántico. Es autora de cinco libros de poemas, entre ellos, "Riesgos de la noche" y "Monstruos privados", ambos publicados por Alción. [email protected]

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