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clarin.com · hace 9 horas · Clarin.com - Home

El museo inesperado de Gustavo Cerati

El museo inesperado de Gustavo Cerati

Hubo un tiempo en que la libertad costaba lo que dos pilas doble A. Apenas había que encajarlas en un Walkman, y se podía elegir un universo sonoro con el que caminar, dormir, soñar. El aparato portátil permitía intimidad musical. Las canciones ya no pertenecían exclusivamente a los espacios compartidos como el auto o el living.

De esa poesía del Walkman y otros chiches está hecha el museo que nunca se inauguró y sin embargo ya existe, el de Gustavo Cerati.

En su cuenta de Instagram, Laura Cerati, su hermana, parece desordenar átomos suyos para hacerlo aparecer. No se propuso catalogar los objetos y fundar una sala virtual, sino que, los objetos aparecen sin querer y ella decide compartirlos de vez en cuando, sacarlos de la dimensión inanimada.

No hay solemnidad funeraria. Los elementos que le pertenecían al músico no están tratados como piezas sagradas detrás de un vidrio invisible, sino como fragmentos tibios de una vida que duró 55 años. La verdadera potencia de ese archivo no es convertir a Gustavo en mito sino devolverle el espesor humano.

Tecnologías obsoletas como el Walkman de él reviven e interpelan. Son pequeñas máquinas sentimentales como empeñadas en conservar una frecuencia, una vibración. Un misil en el placard.

Un casete virgen, la cajita de púas, un almanaque de la revista Pelo 1987 con el plástico protector intacto, un anotador con mensaje de mamá Lilian: “Gus, no te olvides de cerrar con las 2 llaves abajo”. Hay detalles tan domésticos que emocionan, un eco doppler emocional que arroja resultados victoriosos: ni la muerte pudo arrasar con los vínculos.

Filminas del disco Dynamo, la entrada de cartón para ver a Soda Stereo en Paladium, cartas de cumpleaños a su madre Lilian firmadas “tu hijo Gussy”, fotos infantiles en Mar de Ajó en 1966, un LP, un tocadiscos, los sobres catalogados en los que Lilian conservaba los artículos periodísticos referidos a su hijo...

Gustavo adolescente, imagen compartida por Laura Cerati.

Mientras los grandes museos intentan conservar la Historia con mayúscula, Laura propone algo más chiquito, ni guerras, ni imperios, ni próceres embalsamados. No exhibe reliquias, sino restos. En esas fotografías mal sacadas, fuera de foco, se puede intuir esa vida familiar, ese pacto amoroso e incondicional.

Argentina tiene más de 1.000 museos -según datos oficiales-, entre nacionales, provinciales, privados. El museo involuntario de esta Licenciada en Psicología no ingresa en esa estricta clasificación, pero podría impulsar un museo formal . Es un muestrario dulce, bellísimo y caótico de una vida interrumpida. No intenta explicar una vida a fondo sino prolongar su respiración. No momifica, ni convierte en estampita, abre la conversación.

Un viejo celular con mensajes de texto de Gustavo Cerati.

En esas fotografías mal sacadas, fuera de foco, se puede intuir esa vida familiar, ese pacto amoroso e incondicional. El primer auto del clan, un 4 L y la historia del crédito para acceder a un Ford Falcon 68 gris... “Me calma saber que hemos sido los mejores hermanos hasta el último dí́a”, se anima Laura en algunas de esas ráfagas epistolares públicas instagrameras en que usa recurrentemente las frases de los hits de Soda o de Gustavo en solitario: “No hay sitio en donde no estés”.

Tal vez el objeto más sorprendente de este anticuario es un viejo celular Motorola que funciona y devuelve un mensaje de texto del 31 de diciembre de 2009, a las 20.48: “Feliz año, Lau”. Seis minutos después, “Gus nuevo” (como está agendado el contacto) dice “es un lugar muy lindo en el Mar Pacífico”. Para eso sirven los museos propios, para resignificar, para creer que la ausencia encuentra forma de hablar. Para imaginar que desde un mar lejano nos escribe el que ya no está

Marina Zucchi

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