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infobae.com · hace 11 horas · Jamil Mahuad

Keiko está lista para liderar al Perú

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Conocí a Keiko Fujimori hace 27 años. Su padre, Alberto, entonces era presidente del Perú y yo presidente del Ecuador. Los Fujimori, mi hija Paola y yo iniciamos la “diplomacia presidencial” que culminó con la firma del tratado definitivo de paz entre nuestros países en Brasilia, el 26 de octubre de 1998. Keiko y Paola tenían algo más de 20 años de edad. Los dos mandatarios fuimos nominados al Premio Nobel de La Paz en 1999 por haber “resuelto el conflicto armado internacional más antiguo del hemisferio occidental”, como lo destacó el presidente Clinton.

Desde entonces, cambió nuestra historia binacional: luego de centurias de competir por ganarnos las guerras militares, entramos al nuevo milenio como socios en la guerra para consolidar la paz. En la ceremonia de Brasilia me dirigí al presidente Fujimori: el día de hoy firmamos la paz — le dije —, a partir de mañana le invito a ejercerla. “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”, había escrito Pablo VI en Populorum Progressio y a eso nos dedicamos: proyectos binacionales de energía renovable, irrigación agrícola, complementación vial, educación, salud y turismo. Si bien el conflicto armado duró tanto en resolverse, el intercambio comercial creció tanto y tan rápido que el Perú llegó a convertirse en uno de los socios comerciales más importantes del Ecuador. Los espectaculares resultados de la nueva integración fueron una sólida evidencia de que las conversaciones pueden sustituir a las confrontaciones y de que la pacificación interna conduce a la cooperación, motor de la paz social y del desarrollo.

La paz con el Ecuador solamente fue posible luego de un proceso de pacificación interna conducido por Alberto Fujimori. La pacificación de la economía redujo la inflación galopante de varios miles por ciento anual a menos de dos dígitos. También consiguió la pacificación de la sociedad cuando logró desarticular a Sendero Luminoso, el movimiento guerrillero más cruel y sanguinario del mundo después del de Cambodia, y apresar a su jefe máximo, Abimael Guzmán. El triunfo sobre el terrorismo en los años noventa en Perú quedó marcado en la mente de los ciudadanos como uno de los grandes logros del presidente Fujimori y como un ejemplo de lo que puede hacer un gobernante decidido a usar su autoridad para sacar a su país del caos.

Cuando conocí a Keiko, ella me impactó por varios motivos: su ilimitado amor por el Perú y por su pueblo; su extraordinaria inteligencia racional y emocional; su serenidad permanente que ayudaba a la distensión en momentos muy difíciles; su madurez, muy superior a la que correspondería a una persona de su edad; su metódica seriedad en el manejo de los temas del Estado; su bondad expresada con exquisita cortesía. A partir de ahí surgió una relación que se transformaría en amistad familiar y que dura hasta hoy.

He seguido su trayectoria con la frecuencia que el vivir en diferentes partes del mundo nos ha permitido. Recuerdo la visita que le hice en su modesto departamento de estudiante en la Universidad de Columbia, donde obtuvo la maestría en administración de negocios, con ocasión del nacimiento de su primera hija, Kyara; los eventos académicos internacionales en los que participamos conjuntamente para darles a los estudiantes elementos de análisis de una negociación internacional exitosa desde las diferentes perspectivas de los actores; las numerosas conferencias por Zoom para “ponernos al día”, y sus ocasionales visitas a Boston, Massachusetts, donde obtuvo su bachillerato en administración de empresas en la Universidad de Boston, durante la primera parte de la presidencia de su padre.

Cada vez que interactuaba con ella, advertía la velocidad y la profundidad de su crecimiento personal y profesional. Me parecía admirable el manejo simultáneo de dos responsabilidades que demandan amor, dedicación, habilidades especiales y sacrificio: su rol de madre de familia, aumentado por el nacimiento de su segunda hija, Kaori, y su rol de líder política, fundadora y cabeza de Fuerza Popular, un partido al que convirtió en la principal y más estructurada organización política del Perú.

Todas las enseñanzas que adquirió tras sus larguísimas horas de quemar pestañas en el estudio, los debates y las reflexiones las volcó en la formulación de la ideología, la concreción de la estructura organizativa más eficiente y la formación de equipos de trabajo que elaboraran propuestas de necesarias políticas públicas. Además “quemó suela” en las innumerables calles y plazas urbanas y en los senderos que conducen a alejados asentamientos humanos en la enorme geografía peruana.

Las dolorosas circunstancias por las que atravesó en su vida templaron aún más su carácter: la prisión de su padre y el lento y progresivo deterioro de su salud; su propia defensa judicial, frontal y valiente, ante las acusaciones características de la política latinoamericana que la condujeron a 490 días de prisión preventiva; tres derrotas consecutivas en su carrera a la presidencia del Perú, dos de ellas por escasísimo margen; la pérdida de sus dos progenitores en menos de tres años. Durante todo este tiempo, Keiko exhibió entereza; respetó las reglas del juego democrático, y demostró que aún vivían en ella las virtudes que me impresionaron cuando la conocí.

El 12 de abril pasado Keiko triunfó con claridad en la primera vuelta electoral y el próximo 7 de junio, una vez más, someterá su candidatura a consideración del pueblo peruano en la segunda vuelta. Ganó porque sintonizó con la más grande urgencia nacional que, más de tres décadas después, vuelve a ser la necesidad de paz y de reconciliación interna en medio de la más grave crisis de legitimidad política que se recuerde.

Suele decirse que los ciudadanos votan unas veces por candidatos que les gustan, y otras, por candidatos a los que necesitan. En tiempos de tranquilidad y de bonanza, propicios para darle alas a la esperanza, prefieren a los primeros. En circunstancias en las que la viabilidad democrática y la subsistencia del entramado social están en juego, optan por los segundos. El Perú vive ahora en el segundo escenario y necesita la conducción de una persona como Keiko.

Hablando delante de una pared que reproduce varias veces la frase La fuerza del orden, su propuesta central para el Perú actual, Keiko definió la esencia de la decisión electoral que se avecina:

“Esta elección no se trata de mí”, dijo. No se trata de una disputa entre ideologías, ni entre Lima y las regiones, ni entre el fujimorismo y el anti fujimorismo. Se trata de elegir entre seguir en el caos y recuperar el orden; de usar el principio de autoridad para combatir a la delincuencia; de construir un Estado que garantice oportunidades para el empleo, multiplique el bienestar y los servicios básicos. Convocó a los peruanos a transformar “el miedo y la decepción en acción y en esperanza”.

Su expresión facial, su lenguaje corporal, el tono y la cadencia de sus palabras comunicaron la consistencia y la coherencia de sus virtudes de siempre: su ilimitado amor por el Perú y por su pueblo; su extraordinaria inteligencia racional y emocional; su serenidad permanente que ayuda a la distensión en momentos muy difíciles; su madurez, muy superior a la que correspondería a una persona de su edad; su metódica seriedad en el manejo de los temas del Estado; su bondad expresada con exquisita cortesía.

El triunfo electoral de un equipo de gobierno que recupere el orden y orqueste la salida del Perú del caos requiere de tres condiciones: 1. Candidatos que posean una clara visión sobre los problemas del país y un plan de acción para solucionarlos. 2. Instituciones que cuiden la democracia protegiendo el voto popular y no permitan acciones fraudulentas alimentadas por chanchullos, componendas, maniobras y trampas. 3. Electores que ejerzan su obligación cívica y concurran masivamente a votar en lugar de permanecer cómodamente en sus casas.

A lo largo de su vida política y en especial durante esta última campaña, Keiko ha completado su obligación de candidata: reúne ideas, voluntad y equipo. Obtuvo la mayor cantidad de votos, dirige la maquinaria política más eficiente y su mensaje declara una batalla frontal contra el crimen organizado incrementando la fuerza policial y reformando el sistema penitenciario. Su propuesta goza de credibilidad porque la encarna la persona con mejores credenciales para esa tarea: liderazgo firme, acumulada experiencia y participante directa en la exitosa campaña de su padre que resolvió problemas parecidos hace más de 30 años: problemas que por la mala conducción posterior han regresado.

El 7 de junio, todos estaremos pendientes de que se cumplan los otros dos requisitos: el comportamiento moral y jurídico de las instituciones y el comportamiento cívico de los electores.

A fuerza de quemar suelas y pestañas Keiko conjuga el análisis teórico con la vivencia práctica. Por eso está lista y desea liderar al Perú. El 7 de junio las urnas nos dirán si el Perú está listo y desea el estilo de liderazgo de Keiko.

* Jorge Jamil Mahuad Witt ​es abogado, académico y ex presidente de Ecuador (1998-2000)

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