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Del efecto Flynn al sueño tecnocrático

Del efecto Flynn al sueño tecnocrático

Qué pasa con la democracia cuando la sociedad pierde la capacidad de concentrarse, el criterio propio y la tolerancia a la complejidad?

Tres fenómenos aislados hoy se combinan de forma peligrosa: el deterioro de la atención, la caída del razonamiento abstracto y el avance de modelos políticos cada vez más tecnocráticos y autoritarios.

A lo largo de la historia, la humanidad pareció volverse más inteligente. El “efecto Flynn” —bautizado en honor al politólogo James Flynn— incluso demostró un aumento sostenido del coeficiente intelectual en gran parte del mundo. Más educación, mejor nutrición y una vida rodeada de símbolos expandieron nuestra capacidad cognitiva.

Pero algo cambió. Desde hace más de una década, varios países desarrollados registran una desaceleración e incluso una caída en el razonamiento verbal, la memoria de trabajo y la atención sostenida. El problema no es biológico; es principalmente cultural.

La paradoja es brutal: las mismas tecnologías que ampliaron nuestras capacidades ahora las están erosionando. El smartphone nos volvió más conectados, pero también más fragmentados. Delegamos la memoria, la orientación, el cálculo y hasta el criterio en los algoritmos. Consumimos estímulos permanentes pero toleramos menos la lectura profunda, el silencio y la complejidad. La multitarea digital no expande la inteligencia; pulveriza la concentración.

No es casualidad que las áreas más afectadas del coeficiente intelectual sean las que sostengan, precisamente, al pensamiento democrático: la comprensión verbal, el análisis crítico y la argumentación. Estas capacidades son indispensables para distinguir la información de la propaganda, el debate del espectáculo, y la libertad del simple consumo.

Mientras tanto, desarrollamos otra habilidad: la adaptación rápida a entornos visuales. Somos más veloces para escanear pantallas, pero menos pacientes para construir sentido. La consecuencia no es solo educativa; es profundamente política.

Una democracia necesita ciudadanos capaces de pensar más allá del impulso inmediato. Personas que toleren la incertidumbre, el desacuerdo y la complejidad. Sin embargo, una sociedad cognitivamente agotada empieza a valorar otras cosas: la simplificación, la comodidad y la resolución rápida. El bienestar sin fricciones ni paciencia para sostener procesos.

Ahí aparece la gran tensión de Occidente: ¿cuánta libertad estamos dispuestos a entregar a cambio de estabilidad emocional, seguridad económica o eficiencia tecnológica?

El empresario Peter Thiel lo formuló sin rodeos al cuestionar la compatibilidad entre democracia y progreso tecnológico acelerado: “ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles” afirmó.

En una sociedad exhausta, el autoritarismo tecnológico ya no se impone por la fuerza; se elige por conveniencia.

Arturo Flier

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