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clarin.com · hace 2 horas · Clarin.com - Home

Guerra de elección en Irán: errores de cálculo y costos

Guerra de elección en Irán: errores de cálculo y costos

Hay guerras que se libran por necesidad y guerras que se libran por elección. La “Operación Furia Épica”, lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán, pertenece a la segunda categoría para Washington. Trump llegó a ella impulsado por datos alentadores: protestas en más de 100 ciudades iraníes a fines de 2025, las mayores desde la revolución de 1979 y el precedente exitoso de Venezuela.

Según el New York Times, la decisión fue más fruto de instinto que de reflexión: Netanyahu llegó a la Casa Blanca con planes que prometían desmantelar el aparato militar iraní rápidamente y provocar un cambio de régimen. Las voces cautelosas —entre ellas la de Vance— fueron desoídas.

Objetivos múltiples: geopolítica, nuclear, petróleo, moneda… y política interna

El propósito central era derrocar al régimen para completar los Acuerdos de Abraham e integrar a Israel con las monarquías árabes, que avanzaban en proyectos de modernización —Arabia Saudita con su Visión 2030, los Emiratos como hub financiero y tecnológico—. El gran obstáculo: Irán, Hamas y Hezbollah. La cuestión nuclear sumaba otra dimensión: Trump lanzó la guerra interrumpiendo negociaciones que, según un diplomático involucrado, estaban “a nuestro alcance”.

Un cambio de régimen habría resuelto el problema de raíz. A eso se añadía recortar la influencia china —en 2025 Beijing adquiría 1,38 millones de barriles diarios de crudo iraní, pagando en yuanes a través del “Swift chino” para eludir sanciones. Finalmente, la política interna: Trump llegó a la guerra con una aprobación decreciente del 45% al 35%, con las legislativas de noviembre en el horizonte. Un resultado geopolítico rápido traería alivio a la política interna.

En el plano táctico la campaña funcionó: murieron Jamenei y otros altos mandos y en los primeros tres días se alcanzaron más de 1.700 objetivos militares, búnkeres y sitios nucleares. Pero las sorpresas estratégicas vinieron del lado iraní: la resiliencia del régimen, el ataque a las monarquías del Golfo y el bloqueo del estrecho de Ormuz.

Lejos de colapsar, el régimen respondió con su conocida crueldad: al menos 190 disidentes fueron ejecutados desde el inicio, según organizaciones humanitarias. La horca no se detuvo con las bombas: se aceleró.

La segunda y tercera sorpresas —el ataque al Golfo y el bloqueo de Ormuz— habían sido advertidas y desoídas. El ex analista de la CIA Robert Baer lo había descripto con precisión en The Devil We Know, igual que en 2003 el general Shinseki advirtió ante el Congreso que los iraquíes no se sentirían “liberados”. En ambos casos, la voz técnica correcta fue silenciada por el triunfalismo.

Irán golpeó instalaciones energéticas del Golfo, incluido Ras Laffan —uno de los mayores complejos de procesamiento de gas del mundo— y bloqueó Ormuz, paralizando el 20% del flujo petrolero mundial, condicionando el tránsito de buques a cobros de peaje. EEUU tuvo que agregar una inédita segunda línea de bloqueo, como medida extrema para negociar con el régimen que quería derrocar. El Deutsche Bank advirtió que el conflicto podría convertirse en el catalizador de la erosión del petrodólar y un impulso del petroyuan.

Los aliados de la OTAN se negaron a sumarse: Italia no permitió el uso de la base Sigonella, Merz acusó a Washington de carecer de estrategia clara y Macron fue categórico: “Europa decidió no depender de ninguna gran potencia.” Arabia Saudita dejó trascender sus propias diferencias con Washington. China, presente tras bambalinas en las negociaciones de su aliado Pakistán, emergió como actor diplomático indispensable.

Fue precisamente esa gravitación china la que nutrió la agenda de Trump en Beijing, en su reciente primera visita de Estado desde 2017. La cumbre con Xi amplió considerablemente el tablero: lo que comenzó como una gestión sobre Irán y el estrecho de Ormuz se extendió a Ucrania —donde China se ofreció a facilitar una salida negociada con Rusia—, a Taiwán —que Trump trató casi como parte de su estrategia de negociación, advirtiendo a la isla que “sería muy inteligente en bajar el tono”— y al tablero del Caribe, donde el director de la CIA visitó La Habana explorando una apertura con Cuba. Una guerra iniciada para simplificar el mapa terminó involucrando tres continentes.

Ya se avizora el tremendo pasivo que tendrá que compensar Donald Trump, con su reconocida capacidad negociadora, después de haber caído en un error que nadie hubiera esperado de su gestión: ignorar que cuando una nación es atacada desde el exterior sin dejarle una salida —como sí hizo EEUU manteniendo a Hirohito en el trono para que los japoneses aceptaran la rendición— las divisiones internas se congelan y el descontento cede ante el llamado a defender el suelo propio.

Ocurrió en Irak, ocurrió con Rusia en Ucrania. “La evolución del combate subraya la enorme brecha entre la capacidad operativa de Estados Unidos y la dificultad de lograr un resultado estratégico exitoso”, advirtió Ian Lesser, del German Marshall Fund. El 61% de los estadounidenses calificó la guerra de “error”.

Detrás de cada error político hay un error de inteligencia: no de información —las capacidades técnicas occidentales son formidables— sino de interpretación. Lo que no pueden medir los algoritmos es la reacción de una sociedad cuando la guerra entra a sus casas y se convierte en “guerra patria”: la única alquimia que convierte la agresión externa en voluntad de resistir.

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