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infobae.com · hace 11 horas · Donato Spaccavento

La salud debe volver a ser una política de Estado

Infobae

Argentina necesita discutir en serio una política sanitaria moderna. Y cuando digo en serio, me refiero a dejar de pensar la salud como un negocio, como un gasto o como un parche electoral.

Hace muchos años que tenemos un sistema fragmentado. Por un lado el hospital público, absolutamente saturado. Por otro lado, las obras sociales, muchas quebradas o desfinanciadas. Y después las prepagas, con aumentos permanentes que expulsan a miles de argentinos de la cobertura privada.

El problema es que seguimos teniendo un sistema pensado para la Argentina de hace 40 años. Pero la Argentina cambió. Hoy tenemos más adultos mayores, más enfermedades crónicas, más demanda de medicamentos, más problemas de salud mental y una expectativa de vida mucho más alta.

Y además seguimos llegando tarde. Nuestro sistema actúa cuando la persona ya está enferma. No trabaja lo suficiente en la promoción de la salud y la prevención de enfermedades crónicas.

Argentina necesita un Sistema de Salud articulando, un “modelo sanitario” de promoción de salud y preventivo. Mucha más educación para la salud, controles médicos periódicos, vacunación, actividad física, alimentación saludable y fuerte trabajo territorial en los barrios. Por otro lado, un “modelo médico” de alta complejidad y de excelencia en recursos tecnológicos, humanos y físicos.

Ahora bien, hay un tema central del que hoy casi no se habla: la soberanía sanitaria.

La pandemia dejó una enseñanza clarísima. Un país que depende totalmente de medicamentos, insumos o tecnología importada queda absolutamente vulnerable.

Argentina necesita recuperar capacidad propia. Y acá aparece algo fundamental: la producción pública y estatal de medicamentos.

El Estado argentino tiene que tener laboratorios públicos fuertes, modernos y eficientes, capaces de producir medicamentos esenciales y venderlos prácticamente al costo.

Primero, para garantizar acceso. Segundo, para regular el mercado. Y tercero, para generar competencia real frente a laboratorios nacionales o extranjeros que muchas veces fijan precios imposibles para millones de personas.

Y quiero ser claro con esto: no estoy hablando de eliminar al sector privado. Estoy hablando de equilibrio. Estoy hablando de que la salud no puede quedar exclusivamente en manos del mercado.

Porque un medicamento para la hipertensión, para la diabetes, para un antibiótico o para una enfermedad oncológica no puede transformarse en un lujo. El medicamento es un bien social.

Pero además Argentina necesita discutir otra cuestión fundamental: cómo organizar la medicina de alta complejidad.

No puede ser que la mejor tecnología, los mejores equipos y los centros más sofisticados estén concentrados solamente en algunos puntos de Buenos Aires mientras enormes regiones del país quedan atrasadas o con enormes dificultades de acceso.

La Argentina necesita una verdadera regionalización sanitaria de alta complejidad.

Grandes polos médicos regionales estratégicamente distribuidos en el país, con alta capacidad científica, tecnología de punta y recursos humanos altamente especializados.

Centros integrados con cirugía robótica, diagnóstico inteligente, telemedicina avanzada, automatización de laboratorios e incorporación plena de inteligencia artificial en todos los procesos sanitarios.

La inteligencia artificial no viene a reemplazar al equipo de salud. Viene a potenciarlo.

Puede ayudar a detectar enfermedades precozmente, acelerar diagnósticos, ordenar imágenes, optimizar turnos, analizar millones de datos epidemiológicos y reducir errores humanos.

Y la robótica ya está revolucionando la cirugía moderna, permitiendo procedimientos menos invasivos, más precisos y con recuperaciones mucho más rápidas.

Argentina no puede quedar afuera de esa revolución tecnológica. Pero para eso hace falta planificación, inversión y una mirada federal de la salud. Porque no puede haber argentinos de primera y argentinos de segunda según el código postal donde nacieron.

Otro gran desafío es integrar el sistema. No puede ser que un paciente se haga el mismo estudio tres veces porque los sistemas no están conectados. No puede ser que todavía haya historias clínicas incompletas o fragmentadas según dónde se atiende una persona.

No existe sistema sanitario posible con médicos agotados, enfermeros mal pagos y trabajadores de salud destruidos emocionalmente después de años de crisis.

Argentina tiene profesionales extraordinarios. Tiene universidades prestigiosas. Tiene tradición sanitaria. Lo que falta es planificación, continuidad y decisión política.

La salud no puede discutirse solamente cuando hay una pandemia o cuando colapsa una guardia. La salud tiene que ser una política permanente. Porque cuando un sistema sanitario funciona mal, las consecuencias no son ideológicas. Las consecuencias son humanas.

Heridas que sangran