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infobae.com · hace 11 horas · Andrés Pallaro

¿Cómo apoyar y orientar a nuestros hijos en tiempos de incertidumbre?

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Si te toca ser padre de hijos pre-adolescentes o adolescentes en esta tercera década del Siglo XXI seguramente estarás sufriendo ante la sensación de que nunca ha sido tan difícil anticipar o proyectar el futuro laboral o profesional de ellos. Todo cambia demasiado rápido, en todas las disciplinas y actividades. Y proliferan pronósticos pesimistas acerca de las oportunidades de desempeño humano en el futuro inmediato, mientras sobresale a cada momento la voracidad de las máquinas inteligentes para apropiarse de muchas de las tareas que hasta ahora estaban claramente asignadas a profesiones u oficios de las personas.

Se está volviendo habitual, en este marco, escuchar a padres desorientados, sin saber qué recomendar a sus hijos, sin entender qué carreras podrían tener buenas perspectivas, qué trabajos terminarán desapareciendo ante la penetración masiva de la IA y qué habilidades y experiencias debieran fomentarse en los jóvenes para equiparse de cara a los desafíos tan complejos del futuro.

La ecuación puede tornarse explosiva si le adicionamos otros males de la época, como el impacto real que la IA comienza a tener en los desempeños de los propios padres en distintas actividades, el riesgo creciente de pereza cognitiva que afrontan los jóvenes frente a las facilidades que nos ofrecen las aplicaciones de IA conversacional o las brechas de los sistemas educativos para resolver a gran escala las transformaciones pedagógicas que parecen necesarias para formar personas capaces de construir sus proyectos de vida en entornos de incertidumbre y tecnologías omnipresentes.

Las problemáticas de alta complejidad, como esta, no pueden ser abordadas por soluciones simplistas. Ayudar y preparar a los jóvenes en este escenario es una tarea ciclópea, que requiere nuevas estrategias por parte de múltiples actores (Gobiernos, academias, docentes, empresas, etc), pero donde no puede faltar un renovado esfuerzo de acompañamiento por parte de los padres, en la medida en que cada uno pueda según sus posibilidades personales, familiares y económicas. Sería necio desconocer que en cada hogar subyacen condiciones distintas y que es imposible aplicar una fórmula a todos los casos. Pero no por ello debemos desconocer que un rol de acompañamiento y orientación paternal es imprescindible.

Hay una evidencia que crece con fuerza: los trayectos lineales y altamente previsibles bajo una decisión de carrera, oficio o profesión, se han terminado. Todo debe asumirse y pensarse en clave de diseño, en trayectos de cambio y combinación constante. Esto obliga a cambiar el mindset habitual de los padres que, queriendo siempre lo mejor y menos riesgoso para los hijos, solíamos creer que sus futuros podrían tener solución prefabricada bajo una visión relativamente estable hacia adelante.

Lo asumamos con crudeza: no sabemos cómo serán nuestras vidas, economías y trabajos en los próximos años. La civilización humana afronta un camio de era y si bien tenemos antecedentes de haberlo hecho exitosamente en otras ocasiones históricas, nada nos asegura que también será así en esta nueva oportunidad y mucho menos nos exime de años (y quizás décadas) de dolorosa transición entre lo viejo que se va muriendo y todo lo nuevo que podemos y debemos desarrollar.

La cabeza de nuestros jóvenes está bombardeada por nuevos y poderosos estímulos. Nunca hubo tanta abundancia y diversidad de mecanismos de entretenimiento, información y conocimientos. Y por ello mismo, nunca hubo tanta necesidad de síntesis, curación y buenas decisiones. Como bien expresa el psicólogo social Jonathan Haidt, frente a tantas y poderosas opciones que compiten por captar la atención de los jóvenes, una de las cosas más desafiantes y significativas que podemos hacer como padres es ayudar a los hijos a decidir a qué temas merecen prestar y ofrecer atención en medio del ruido descomunal que nos abruma.

Si logramos ayudarlos a gestionar sus decisiones de atención, en función de sus inclinaciones, talentos y conexiones, habremos dado un enorme paso adelante para sacarlos de la prisión que puede significar estar en un loop de estímulos y plataformas que explotan sesgos y sensibilidades limitando severamente sus capacidades de decisión autónomas. Siguiendo a Haidt, sólo cuando los jóvenes pueden decidir qué pensar y cómo gobernar la tirana agenda de sus tiempos, pueden comenzar a transitar un largo y enriquecedor camino destinado a responder qué quieren hacer en la vida.

Despejado el camino con esa primera batalla ganada a partir de haberlos sacado de la opacidad y la atención manipulada por tantas tecnologías, podemos como padres encontrar campo propicio para acompañar un florecimiento personal de cada joven. Y digo florecimiento, porque también siguiendo a Haidt, se trata de un proceso lento y cambiante según cada joven, en medio del laberinto mental que siempre tiene de marco la tarea de autoconocerse y la secuencia de ensayos y pruebas que supone hacer cosas en medio de la incertidumbre. Florecer requiere paciencia, contención, buenas conversaciones y una actitud de tolerancia a la exploración de cada joven, todos elementos vitales de ese cambio de mindset al que estamos invitados los padres de esta época.

Dejar de obsesionarnos con las “definiciones tempranas”, las “carreras correctas” o los “futuros más seguros” de nuestros hijos es central en este proceso. Bajo la ansiedad y la presión paternal de “hacer lo correcto” en etapas que demandan a gritos exploración y descubrimiento con acompañamiento paciente y escucha activa, sólo lograremos abortar ese proceso de florecimiento que propone Haidt y que en tiempos de incertidumbre y cambios acelerados adquiere relevancia superior para todos los jóvenes.

Si abrazamos el florecimiento, siempre azaroso y fluctuante, por sobre la campana de cristal de los caminos seguros para nuestros hijos, quizás podamos encontrar la claridad y las herramientas (muchas veces recurriendo a otros que nos ayuden) para acompañarlos más cerca y eficazmente.

Por ejemplo para ayudarlos a descubrir entornos de prueba y ensayos que desarrollen sus experiencias (campamentos, pasantías, prácticas, etc.). O para darle mayor presencia a la formación humanista que se revaloriza para cultivar habilidades blandas o duraderas que serán centrales para trabajar en procesos llenos de IA (lectura, comprensión de problemas, interpretación de situaciones, cultivo de valores a través de los deportes, etc.). U orientarlos para que elijan una carrera (universitaria, terciaria o la que fuese) sin la concepción de que sea la definitiva sino más bien la puerta de entrada a un proceso de formación que podrá sufrir cambios pero que dará forma a una construcción de bloques apilables bajo el ritmo de la serendipia (llegar a un lugar o resultado distinto al originalmente imaginado).

Más que nunca vigente “El Error de Descartes” del gran Antonio Damasio. Los seres humanos no decidimos bien a pesar de nuestras emociones, sino también gracias a ellas. Desterremos la pretensión de decisiones lógicas y racionales para los jóvenes de este tiempo. Seamos artífices de que encuentren las posibilidades de emocionarse con sus inclinaciones naturales, encontrando sentido en pequeñas cosas capaces de movilizarlos y dando rienda suelta a la curiosidad como camino más certero para construir proyectos de futuro.

No hay tarea más sublime como padres que desarrollar capacidades para acompañar a nuestros hijos a construir sus caminos fuera de parámetros de certeza. Porque implica dominar el dolor de no tener todas las respuestas y la templanza para soportar caminos de ensayos y errores que usualmente tendemos a querer evitarles.

Consagrarnos para hacerlo bien es el mejor camino, dado que no podemos saber hoy de qué van a trabajar nuestros hijos pero si podemos apostar con fundamentos que van a trabajar de forma distinta, con más foco en lo que logren ser como personas de bien, en sus competencias acumuladas a través de la educación y las experiencias que lograron acopiar y de formas más flexibles e independientes frente a todo lo que nosotros hemos conocido como trabajo, al menos en el último siglo.

Acompañar proyectos de futuro de los jóvenes de la generación del cambio de era requiere de padres lúcidos, capaces de complementar la paciencia del artesano, la apertura del coach y la templanza del maestro espiritual. Tremendamente difícil, pero no se trata de estándares ideales sino de posibilidades concretas de cada uno para ir hacia allá. Sin desconocer que habrá miles que no puedan, urgencias económicas y familiares mediante, dedicarse a ello con la determinación que la obra merece. Y es allí donde los sistemas sociales, educativos y políticos deberán proveer palancas de empática orientación para apuntalar a los jóvenes. Pero eso ya será parte de una próxima reflexión.

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