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clarin.com · hace 21 horas · Clarin.com - Home

El ruido y la furia

John Carlin

Lo habrán visto, quizá, aquel mensaje que recibió infinidad de “likes” en las redes. “Por primera vez en la historia puedes simplemente postear ‘ES UN IDIOTA’ y el 90 por cierno del mundo sabrá de quien hablas.” Jajaja. Muy bueno. Pero el idiota también tiene razones para reírse.

Especialmente si tiene en cuenta otros porcentajes, los que marcan donde se encuentra en las encuestas en comparación con algunos de los principales líderes de gobierno europeos, ninguno de ellos remotamente tan idiota como él. Acá van los números.

Keir Starmer, el primer ministro británico, cuenta con un 27 por ciento de opinión favorable entre los votantes de su país; Emmanuel Macron, el presidente francés, con un 23 por ciento; Friedrich Merz, el canciller alemán, 20 por ciento; Pedro Sánchez, el presidente de gobierno español, 30 por ciento; Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, 40 por ciento.

Aun reconociendo un posible margen de error del cinco por ciento, según los expertos en estas cosas, está claro que el idiota máximo goza de apreciablemente más apoyo popular que los genios de la política europea. Mientras Starmer, Macron, Merz y Sánchez tambalean, todos a la baja y un par de ellos quizá a punto de caer, Trump tiene asegurado permanecer en la Casa Blanca dos años y medio más, a no ser que intervenga el azar y se muera, o que intervenga el Congreso y acabe en un manicomio o, menos probable, que un juez valiente lo mande a la cárcel.

Starmer es un tipo inteligente; Macron, un intelectual; Merz, un adulto; Sánchez, muy listo. No podríamos atribuir ninguna de estas virtudes a Trump, más bien todo lo contrario. Pero les gana a todos, entre su propia gente, en popularidad.

¿Qué conclusiones sacar? Solo puedo especular, pero para empezar sugeriría que vivimos una era en la que la gente está harta de la política as usual. Los líderes europeos que menciono son políticos profesionales de toda la vida que inspiran más cinismo que fe. Las figuras no profesionales generan una creciente atracción. Lo convencional repulsa; la aberración vende. Un caso extremo sería el de Javier Milei. Otro sería el del mismo Trump, que llegó al poder dos veces presentándose como el anti político.

Así también se puede interpretar el auge de los partidos de extrema derecha como Vox en España, Reform (del brexitero Nigel Farage) en Reino Unido, AFD en Alemania y Rassemblement National en Francia. Lo que todos tienen en común no es tanto políticas coherentes sino la promesa de “cambio”. No está nada claro, ni para ellos, en qué consistiría el cambio. Su secreto consiste no en estar a favor de algo sino en contra de todo. Solo con declarar que romperán con el pasado--expresándolo de manera radical y burda, marcando las distancias con los políticos de siempre--ganarán los votos de las masas, cada vez más insatisfechas ellas con el estatus quo.

Algo así explica, o ayuda a explicar, el fenómeno Trump. Responde a una especie de psicosis colectiva, a un descontento general agravado y multiplicado por otro fenómeno de nuestros tiempos, el altavoz planetario que nos ha regalado Internet.

Se puede extraer otra conclusión de esta sorprendente diferencia en los grados de apoyo que tienen los líderes europeos y Trump: que el electorado europeo es más exigente que el estadounidense. Más exigente en cuanto a la calidad humana, la capacidad cerebral y el valor moral de sus mandatarios. Cuarenta por ciento de la población de EE.UU está feliz con tener un payaso senil en la Casa Blanca, un tipo que monta una guerra innecesaria que daña la economía de todos los seres de la tierra, salvo la de sus amigos y las de sus familiares, que se enriquecen mientras el resto, sin excluir a los votantes de Trump, se hunden.

Lo más notable –y aquí no hay espacio para la duda– es la tolerancia de los estadounidenses con la corrupción. Comparen la noticia de la semana en España con las noticias que tenemos todos los días en EE.UU desde que Trump asumió la presidencia en enero del año pasado.

José Luis Rodríguez Zapatero, ex presidente de gobierno español, ha sido acusado del delito de tráfico de influencias. Se alega, igual supuestamente que su aliado Pedro Sánchez, que ha abusado del poder para beneficiar a gente cercana a él. El caso Zapatero, dicen, podría acabar con el gobierno sanchista.

Trump se moriría una vez más de la risa. “Tráfico de influencias” no es la excepción sino el modus operandi de su administración. Con Zapatero se habla de una transa de medio millón de euros. Trump y su gente acumulan cantidades similares cada día antes de levantarse de la cama. No hay espacio aquí, ni en un libro, para detallar cómo exactamente han adquirido sus miles de millones gracias a la multiplicidad de sus “enchufes” dentro de EE.UU y fuera, y a la explotación flagrante de las palancas del poder en Washington. Lo resumió el título de un editorial en the New York Times esta semana: “Nunca ha habido un caso de corrupción presidencial como éste”.

Hay dos formas de ver el escándalo que ha desatado lo de Zapatero en España. O es admirable o es ridículo. Admirable porque demuestra que España sigue siendo una democracia en la que nadie está por encima de la ley. Ridículo porque en gran parte del resto del mundo, empezando por la una vez ejemplar república de EE.UU, la democracia se está pudriendo. Insistir antes esta tendencia en la entereza moral de los gobernantes se ha vuelto folclórico, anacrónico, casi romántico. La ética dominante: no robar es de tontos.

Como también lo es insistir en estos temas, a veces pienso. ¿No será más acertado abandonar la moralidad y rendirse al absurdo? Shakespeare me da una pista cuando, desesperado, escribe, “La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada”.

John Carlin

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