Carla Lois: “Mapas imperiales hubo siempre, nunca dejaron de existir”
-Mirando los mapas del siglo XIX y los actuales de manera superpuesta ¿puede pensarse en una reaparición de las cartografías imperiales, como un eco del pasado en el presente: la “Gran Rusia”, el “imperio americano” o el “Imperio del Centro” de los chinos?
-Mapas imperiales hubo siempre, nunca dejaron de existir. Todos los grandes estados hacen mapas de sus propios dominios (o de lo que creen que lo son), pero eso no significa que tengan legitimidad o consenso a nivel mundial. Es una imagen de sí mismos. En realidad, un mapa imperial es un instrumento de propaganda política, una metáfora de poder que tiene mucho más de estético que de científico. Existe más en el imaginario común que en la cartografía.
-Históricamente, las fronteras fueron espacios de disputa o delimitación geográfica, ¿esa cosmovisión cambió o sigue vigente?
-Más que una cosmovisión es una función histórica. En la antigüedad y en la Edad Media, la frontera no era una línea cartografiable en el mapa; era una “franja”, es decir, un espacio lineal que unía puntos de control —un fuerte, una pequeña ciudadela o una fortaleza—. A eso se lo llamaba ‘limens’, palabra de la cual surge la idea de límite. En los siglos XVII y XVIII, cuando los Estados comienzan a pensar la soberanía en términos territoriales, la delimitación del espacio donde se ejerce el poder se vuelve crucial. Allí aparece la filosofía política y Thomas Hobbes, quien reflexiona sobre ese tema. Ahora bien, la frontera, en tanto límite exacto de un territorio, es un concepto moderno, del siglo XIX.
-Diversos conflictos bélicos dominan el escenario global, ¿cómo impactan los mismos en la idea de territorio, en tanto espacio de poder de estados nacionales?
-El territorio se mide en términos de recursos, no solamente de espacio o superficie geográfica. No todos los territorios valen lo mismo ni tienen el mismo valor estratégico. En este marco, resulta muy difícil hacer una generalización sobre la situación actual porque hoy las luchas de poder no son únicamente para ganar territorio, como probablemente ocurría en otros momentos históricos donde poseer tierras era tener recursos. A finales del siglo XIX y principios del XX se creía que los Estados debían tener un espacio vital para desarrollarse, y cuanto más grande fuera el territorio mayor vitalidad tendría ese Estado. En ese contexto, el valor real y el valor simbólico del territorio era distinto. Por el contrario, cuando el poder pasa por otras vías o ejes eso se relativiza. Por eso hoy, más territorio no necesariamente es sinónimo de más poder.
-En un contexto en que los territorios y las fronteras cambian tanto ¿cuál es la importancia de los mapas políticos?
-Los mapas políticos fueron y son discursos. Aunque parezca que el elemento clave de un mapa político son las líneas que marcan límites, en realidad, la función social más importante que cumplen es expresar ideas sobre el Estado, sobre la nación, sobre la historia, sobre la geopolítica. Por eso, empezamos a familiarizarnos con los mapas desde edades muy tempranas en la escuela, los vamos naturalizando, vamos acostumbrándonos a creer que el territorio nacional es exactamente igual a lo que muestra el mapa. La geografía ha sido siempre un saber estratégico integrado sólidamente a la curricula escolar, ya que a través de los relatos territoriales se construye identidad nacional.
-Los mapas, sus trasformaciones, reflejan movimientos, conflictos geopolíticos y disputas de diversa índole, ¿qué imagen o representación gráfica del mundo predomina en este tiempo?
-Creo que no hay una imagen del mundo que prevalezca sobre otras, porque la marca de este tiempo es la inestabilidad y la incertidumbre. Por lo demás, los mapas —al igual que otras imágenes— no son más que la idea o la perspectiva de alguien - una persona o un Estado - que plasma lo que ve (y lo que quiere mostrar). Pero no hay uno que prevalezca sobre otro. Eso no impide que los Estados —todos, desde los pequeños periféricos hasta las grandes potencias— sigan ejerciendo una suerte de “nacionalismo cartográfico” haciendo mapas que expresen ciertos posicionamientos geopolíticos, independientemente de cuán realistas sean. Pero la política también es eso, no es puro realismo. Además, si pensamos que el mapa es una forma de poder, a medida que se van reconfigurando las relaciones de poder también es esperable que el uso de los mapas se vaya modificando.
-Hace un par de años una bodega argentina sacó un vino en cuya etiqueta había un mapa antiguo en el que toda la isla de la Tierra del Fuego parecía argentina. La prensa chilena se hizo eco del malestar que, provisiblemente, se desató. De eso se trata: hasta los mapas más inocentes pueden ser utilizados para movilizar ideas e incluso para provocar. No conviene tomarlos siempre literalmente.
-La cartografía, o el arte de los mapas, es un universo muy amplio. Por un lado están los mapas de uso cotidiano, como las aplicaciones, que los individuos usan para desplazarse en el espacio. Son mapas prácticos. A otra escala, en cambio, los Estados tienden a usar los mapas como una metáfora de sí mismos, con la idea de que estos, al igual que el territorio, son el cuerpo de la Nación, relacionado con la identidad nacional. Pero en todos los casos, los mapas son artefactos culturales hechos por alguien y para algo, con cierta intención. En este sentido, un mapa físico-político, si bien representa el espacio donde el Estado ejerce su soberanía, también es un dibujo.
-El “Nuevo Mundo” quedó plasmado en los mapas trazados en el siglo XVI, ¿a qué remite esa expresión hoy?
-El término “Nuevo mundo” aparece por primera vez en una carta de Américo Vespucio. Lo usa para decir que, aunque se creía que los europeos habían alcanzado Asia navegando hacia el oeste, las expediciones no había llegado a las Indias Orientales, sino a un nuevo mundo. No estaba claro de qué se trataba: las descripciones daban cuenta de una naturaleza opulenta, desbordante, extensa, difícil de comparar con lo conocido. Era, literalmente, un mundo nuevo. Pero, aun con esa constatación, a los europeos les llevó unas cuantas décadas comprender que eso era un continente nuevo, que era América. Quiero decir, los procesos en los que se integran las cosmovisiones ocurren lentamente, de forma no lineal. En el camino hay ideas y vueltas, consensos y disensos. Pero hoy podemos pensar la idea de nuevo mundo como una metáfora para reconocer que hay algo novedoso pero no sabemos exactamente qué es. Tal vez, nos podemos apropiar de esa expresión desde la incertidumbre para explorar categorías nuevas que nos permitan mapear los escenarios actuales y los que están llegando.
Carla Lois es Licenciada en Geografía y Doctora en Filosofía y Letras (UBA). Es Profesora Titular de Cartografía en la UBA e investigadora en el CONICET. Es Editorade la colección de libros BRP Map History (Brill: Leiden, Países Bajos) y co-editora del volumen 5 en The History of Cartograhy Project (University of Chicago Press). Dirige el Grupo de Historia y Epistemología de la Cartografía e Imágenes Técnicas (GHECIT, en FFyL, UBA). Se dedica a temas relacionados con la historia territorial, la relación entre geografía y arte, la historia del pensamiento visual, la cultura visual, y la filosofía de la imagen. Entre sus libros se destacan Mapas para la Nación. Episodios de la historia de la cartografía argentina (Biblos, 2014), Terrae Incognitae. Modos de pensar y cartografiar las geografías desconocidas (Eudeba, 2018).
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