Secretos de alcoba y el mercado del agravio
Un operador con altavoz difundió supuestos audios íntimos del presidente Milei. La eventual intrusión en la privacidad presidencial plantea un problema real: el espionaje degradado como herramienta de intoxicación política.
Quien trafica presuntos audios de alcoba no está solo. Opera junto a una banda de envalentonados truhanes incubados en las cloacas de la política.
Ellos sí espían y trafican basurología agresiva. Hay una peste, son los pseudo periodistas. Tener micrófonos y cámaras para gritonear disparates no convierte a nadie en comunicador. El objetivo no es informar. Es ensuciar, erosionar, voltear.
La intimidad violada funciona como señuelo para atraer el morbo y distraer de lo relevante. El traficante de audios no inventa la demanda, la encuentra ya servida. Sabe que el escándalo impacta y que convoca a quienes no exigen pruebas ni procedencia. Por eso ofrece intimidad robada en lugar de hechos relevantes.
Hay un público dispuesto a consumir baratijas que simulan ser oro, sin preguntar de dónde salieron ni a quiénes benefician. La superficialidad es su materia prima. La enajenación su producto más profundo. El periodismo real en cambio verifica, jerarquiza y firma. No persigue la alcoba ajena, sino el interés público. Confundir una cosa con la otra es la coartada exacta que los farsantes necesitan.
¿El periodismo a la vez corre el riesgo de degradarse, de pauperizarse lingüísticamente y de frivolizar in extremis?
El discurso público se ha empobrecido con prisa y sin pausa. Los falsos comunicadores, protagonistas de la farsa cotidiana, brotan en un universo lexicográfico que se degrada y que se achica. Pensamos con palabras, y la cerrazón léxical cierra las puertas a la riqueza reflexiva que exige la profundidad política.
El idioma castellano tiene más de 90.000 palabras. Un argentino promedio maneja alrededor de mil; un argentino culto, unas mil quinientas. Cervantes utilizó más de 22.939 palabras diferentes para escribir el Quijote. Hoy, un adolescente escolarizado puede llegar a manejar 800 palabras, aunque en general enuncie unas 300. Es un promedio.
Discépolo manejaba en sus tangos todos los tiempos verbales e imbricaba el castellano culto con la riqueza del lunfardo. Hoy, un trap emite fraseos guturales y vacíos.
Una sociedad se evalúa por lo que sus representantes pueden decir, pero más profundamente por lo que ya no pueden decir.
Si se comparan los parlamentos en los que brillaban Alfredo Palacios, Lisandro de la Torre o Ricardo Balbín con algunos de los actuales legisladores que exhiben sin pudor su analfabetismo cultural y emocional, se entiende la causa más profunda de esta degradación. Lo mismo ocurre a nivel presidencial. Sarmiento y Bartolomé Mitre son cumbres, pero incluso Juan Perón tenía un lenguaje muy superior al de nuestros contemporáneos.
El poder se jibariza a sí mismo a fuerza de consignas y gritos. Cada acrónimo que reemplaza a una idea es una palabra menos en el diccionario vivo de la República. Una decisión política queda hoy encerrada en un hashtag. El idioma sin embargo sigue entero. Las palabras están allí. Lo que se encoge es el coraje y el esfuerzo de habitarlas. El empobrecimiento, entonces, no es solo una amnesia, es una renuncia.
El pastor luterano Dietrich Bonhoeffer, que luchó contra el nazismo, escribió un elocuente tratado sobre la estupidez. Podría resumirse su visión, heroica y desencantada, en una frase: el poder autoritario produce idiotas.
A veces la estupidez discursiva crece desde los entornos. Vivimos una apoteosis del idiotismo. Mentiras, insultos y acusaciones infantiles y feroces van y vienen. Cruzados de la obsecuencia, todos se creen cónsules romanos al frente del imperio. Roma sí paga traidores.
Brota en las redes un canibalismo virtual en el que unos se comen el hígado de los otros. La jauría digital que ladra en masa en lugar de argumentar consagra el colapso semántico, el horror sintáctico y la jibarización lobotomizada. No tener nada que decir, y gritarlo igual.
Esta condición meteorológica del ecosistema del lenguaje —que se desdibuja en densos nubarrones de ignorancia— fertiliza el suelo para el crecimiento de los falsificadores de la palabra. El canalla confunde el escándalo con la noticia.
Hay una falacia que conviene desarticular. No es verdad que las formas sean irrelevantes. El insulto rompe y corrompe la comunicación. Cierra el debate e impone el grito.
Una sociedad que se habitúa a los candados del lenguaje termina por aceptar, quizás sin advertirlo, la inhibición de todo lo demás: del disenso, del matiz y del derecho a preguntar.
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