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clarin.com · hace 10 horas · Clarin.com - Home

Siempre nos quedarán las cúpulas

Siempre nos quedarán las cúpulas

Eso me pregunté hace unos días al salir de la muestra fotográfica “La Ciudad que habita en las alturas”, sobre cúpulas porteñas. Porque a veces hace falta que alguien nos sacuda fuerte las solapas y nos obligue a volver a mirar hacia arriba con ojos curiosos.

La exhibición de Adriana Cichero en el British Arts Centre de Retiro es justamente eso: una invitación a levantar la vista y descubrir una Buenos Aires suspendida sobre nuestras cabezas. Una ciudad que casi nadie ve, porque la costumbre también puede volver invisible la belleza.

Pero ahí están las cúpulas. Las que registró el lente de Cichero sin drones ni artificios tecnológicos.

Lo que comenzó como una búsqueda intuitiva terminó convirtiéndose en una obra monumental: más de 300 cúpulas relevadas y unas 10.000 imágenes. Su trabajo se viralizó en redes sociales y ahora desembarcó en una sala de exposiciones.

Ahí está la grandiosa cúpula del Congreso, de 80 metros de altura, coronada por una linterna. La de Retiro, fotografiada desde la cocina de un piso 19 sobre la avenida del Libertador. La del Club Español, revestida con cerámica esmaltada color cobre. Agujas, remates, relojes mudos. Restos de una ciudad que alguna vez soñó en grande.

El Congreso desde la cúpula de la Confitería del Molino. Foto gentileza Adriana Cichero

Después del sacudón de solapas vuelvo a mi casa de Congreso, abro las celosías y dejo que el sol se derrame sobre el living. Entonces levanto la vista más allá de los malvones rojos y los geranios rosas del balcón y encuentro mi propio arco iris: la cúpula del edificio de enfrente, construida en la primera década del siglo XX, cuando Buenos Aires todavía se pensaba la capital de un imperio que nunca fue.

Esta vez la miro con otros ojos. Observo esos hierros que sobresalen de la pizarra negra como si fueran rayos. ¿Qué son? Googleo: podrían ser antiguos soportes de carteles publicitarios. El neón llegó a Buenos Aires en los años 30, cuando esta zona todavía era mucho más baja y aquella cúpula de tres niveles podía funcionar como un anuncio urbano visible desde lejos.

Cúpula del Club Español en Buenos Aires. Foto gentileza Adriana Cichero

Pienso entonces en todas las luces que Buenos Aires fue apagando con los años. Los viejos cafés, los cines de avenida, cierta vocación de gallardía que sobrevivía incluso en los detalles. Tal vez por eso esas cúpulas siguen conmoviendo: porque parecen guardar la memoria de una ciudad que todavía quiere deslumbrar.

Buenos Aires puede ser áspera, desigual, agotadora. Pero las cúpulas siguen ahí. Resisten.

Charles Chaplin decía que nunca encontrarás uno si estás mirando hacia abajo. Y quizá las cúpulas porteñas sean exactamente eso: los arco iris de una ciudad que insiste en recordarnos su belleza, incluso en medio del cansancio.

Buscando la antena de Charly

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