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lanacion.com.ar · hace 10 horas · Héctor M. Guyot

Piedad a los desertores de la Babel digital

LA NACION

Dedico esta columna a todas las personas, y son legión, que se han querido comunicar conmigo a través de un email o un WhatsApp y no han recibido respuesta. También, a aquellos que se sienten en falta porque no les da el día para contestar todos los mensajes que reciben. Somos parte del mismo club. Los primeros creerán que los he ignorado olímpicamente y sin remordimientos, pero no; muchos de los mensajes que dejé pasar de largo merecían una respuesta que, aunque quise, no supe ni pude dar. Los segundos, estoy seguro, compartirán conmigo la necesidad de curtirse un poco y dejar atrás la mala conciencia por tanto silencio ingrato, acaso un inútil resabio de épocas en las que la comunicación interpersonal se daba a otra escala. Convengamos, para aplacar del todo la culpa, que es una batalla perdida de antemano.

El email, y sobre todo el WhatsApp, han llevado la globalización hasta el espacio de nuestra intimidad. Uno está conectado con el mundo entero. La familia, los amigos, las relaciones de trabajo y los grupos varios en los que se participa conforman un elenco estable difícil de ignorar. A eso hay que sumar los mensajes inesperados, que llueven de los sitios más insólitos y en cualquier momento. Con un promedio de diez demandas por hora durante las dieciséis horas en las que estamos despiertos, el día se va en atender el WhatsApp. Y no es que pretenda dejar de recibir mensajes. Si un genio salido de la lámpara me concediera tal cosa, estoy seguro de que a los pocos días me sentiría solo y olvidado, fuera del mundo, y esperaría que alguien se acordara de mí. Lo que en verdad me gustaría es un equilibrio entre la conversación interna y la externa, un deseo que hoy ni el más poderoso de los genios podría conceder.

Sin darme cuenta, he convertido lo accesorio en lo principal. A la mañana enciendo la computadora y, para empezar a trabajar con la conciencia limpia, voy primero a los mensajes que dejé colgados el día anterior. Mientras los respondo, por la puerta abierta van cayendo nuevos mensajes en cascada a un ritmo superior del que soy capaz de imprimirle a las respuestas. Contesto uno, caen dos. Y pasa como en la vida: el tiempo de hacer aquello que verdaderamente queremos hacer no llega nunca, porque los preliminares que hay que superar para llegar adonde queremos llegar se revelan interminables, se reproducen sin pausa, y cuanto más hacemos, más lejos estamos de esa orilla deseada donde por fin seremos dueños del presente. El día, la vida entera, se nos va en un anhelo.

Es su vida o la mía. Y, si a uno se le concede la gracia de advertirlo, opta siempre por el propio pellejo

Lo urgente desplaza a lo importante, como dice el refrán. O lo anula. Tengo en mi escritorio una conmovedora carta manuscrita de una lectora que me cuenta que una de estas columnas mías la confirmó en su vínculo con sus sentimientos de juventud, “que no cambian y siguen vivos”. Recibí la carta en el diario hace más de dos meses. Solo tengo nombre y dirección de la autora, y me propongo responderla en papel. Pero, en el día a día, el WhatsApp insiste, se impone por número y mata al papel.

Llega un punto en que, hartos ya, en un rapto de lucidez soltamos todo, le bajamos la persiana al mundo y vamos a lo nuestro. Pagaremos el precio de esa efímera libertad. Porque el celular, que de momento hemos apartado a un costado y parece un animal dormido, enseguida empieza a chillar y no hay más remedio que atender y escuchar el reproche del familiar, del amigo o del compañero de trabajo: “¿Por qué nunca contestás los mensajes?” El tono airado, casi ofendido, confirma que, además de haber propiciado el fin de la soledad, el celular acabó también con la paciencia.

Cuando uno vuelve de la llamada, descubre que los mensajes han seguido acumulándose. Ese es el momento de declararse definitivamente vencido y tirar la toalla. La imposibilidad material de cumplir con lo que sería un acto de consideración hacia al prójimo morigera la molesta sensación de estar en falta. Llegado ese punto, oscuramente sabemos que, por más que nos hubiera gustado dar a cada uno su merecida respuesta, se trata de los demás o de nosotros. Es su vida o la mía. Y, si a uno se le concede la gracia de advertirlo, opta siempre por el propio pellejo.

Por otra parte, es seguro que las víctimas de ese feo gesto, aun habiéndose sentido ignoradas, harán lo mismo con otros que sin éxito demandan su atención, y estos últimos a su vez dejarán a otros sin respuesta, y así al infinito, en una cadena de demandas y frustraciones que alimenta el malestar general al tiempo que colabora con la sensación de incomunicación en la que vivimos todos. Nos consagramos al WhatsApp y las pantallas, sacrificamos nuestro tiempo mientras hacemos más ricos a los magnates de Silicon Valley con cada uno de nuestros clics, que incluso les proveen más datos para tenernos cada vez más atados, y así nos pagan.

Por eso, hago un llamado a la solidaridad. A todos mis acreedores, a todos a quienes les debo una respuesta, les ruego que olviden y me condonen la deuda. Así podremos empezar de cero, sin lastre. Borrón y cuenta nueva. Renuevo votos y prometo que de aquí en más pondré todo mi empeño en cumplir. Pero no estoy en condiciones de garantizar nada. Me temo que pronto estaré en rojo otra vez. No me culpen por eso. Y sepan perdonarse si, tan inadaptados como yo, desertan por momentos de esta Babel digital e incurren en el mismo pecado que un servidor.

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