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clarin.com · hace 2 horas · Clarin.com - Home

Sergio Ramírez: aquel joven, este caballero

Juan Cruz

Escribo en León, la ciudad del norte de España de la que es, por ejemplo, uno de los grandes escritores españoles, Julio Llamazares. León también es, ya se sabe, una de las capitales de Nicaragua, de donde viene otro de los grandes escritores de la lengua que hablamos, Sergio Ramírez. Lo he admirado desde antes de conocerlo, porque formaba parte de la leyenda que hizo del sandinismo una aspiración de quienes creíamos que la vida iba a ser como entonces la soñábamos.

No fue así, ya se sabe, y en concreto Sergio Ramírez fue uno de los decepcionados del camino que no tuvo buen fin: la revolución sandinista. Ahora aquella ilusión no es nada, ni una pelota de goma, ni siguiera queda una alegría de aquel milagro que rompieron de raíz los que hicieron de la ilusión del sandinismo la destrucción y la nada.

Al final lento pero inexorable de aquella pasión llegó Sergio Ramírez, escritor, viajero, quizá el más querido de los escritores que vinieron desde la amistad con Gabo o con Vargas Llosa y con todo ese mundo que fue la pasión intacta del boom.

Sergio se encontró con todos ellos en distintos lugares del mundo; hay una fotografía que yo tengo como una reliquia, la que los junta a él y a Julio Cortázar en uno de los parajes de Berlín donde coincidieron por cualquier cosa.

En ese retrato es obvio que el hablador es Julio mientras que Sergio me parece que lleva un bolígrafo y una libreta, seguramente para hacer de ese encuentro una crónica. De ese retrato azaroso recuerdo sobre todo las risas, y es justamente de su manera de reír, de sonreír, de lo que ahora quería hablar de Sergio Ramírez.

Desde que le dijo adiós a lo que el sandinismo le quitó como parte del futuro que él y sus compañeros iban organizando, Sergio Ramírez ya era un escritor querido y seguido. Era el gran escritor que admiraba al boom uno por uno. Un día apareció por la editorial Alfaguara, que entonces yo dirigía, para conocerme, seguramente, o para ver cómo iban sus libros.

Quizá luego lo fui también, pero en aquel tiempo aquel muchacho que era yo resultaba muy entrometido, mientras que Sergio era como siempre fue, hasta ahora mismo, por cierto: silencioso, cabizbajo, buscando siempre el otro lado de la cara de los demás y del mundo.

Yo estaba en el sitio que tenía asignado en aquella editorial y por ese camino vino Sergio a ver libros, quizá a charlar, en todo caso a pasar el rato mientras que por los interiores de la casa se le iban proponiendo portadas para un libro nuevo.

Aquel entrometido que yo era entonces (quizá después también, seguramente) observó a Sergio Ramírez echándole un ojo a todo, dándome la espalda mientras yo le decía: “Lo que tú tendrías que hacer ahora es un libro sobre aquellos con los que ya no estás, y ese libro, como es de una despedida, se tendría que titular Adiós muchachos…”. Él no dijo nada, ni yo volví otra vez a aquella ocurrencia, pero cuando pasaron dos o tres años, quizá más o menos, él apareció por la editorial nuevamente para explicar que tenía un libro nuevo y que ese libro se titulaba Adiós muchachos…

Ese libro fue un hermoso, a veces triste adiós a aquel tiempo que destruyó, finalmente, al país del que Sergio, y tanto, tuvieron que marcharse, cuando no, como en el caso de Sergio, de Gioconda Belli, de tantos, que exiliarse de la tierra que sigue siendo ahora de ellos que de cualquiera de los allí se quedaron con las vitolas tristes de Daniel Ortega y de sus correligionarios. La destrucción de aquella patria es ahora una de las peores lacras de la historia en la que se sigue embarcando la tristeza las despedidas: ahora ya no están ni los muchachos, ahora ya no se puede buscar en ese país que fue revolucionario ni la alegría del recuerdo.

Recuerdo muy nítidamente el día en el que Sergio Ramírez ya llegó a España (y al mundo) para quedarse, lejos ya de su propia tierra, la raíz de sus cuentos y de sus inventos literarios. Muy pronto, cuando ya supo él la noticia de que no lo querían en su tierra, cuando los sátrapas que ya no podían ser llamados muchachos y además ni siquiera podían despedirse de los nobles revolucionarios que terminaron marchándose, Sergio recogió las armas del pasado y fue incapaz de lanzarlas contra los que habían roto la ilusión destruida.

Sergio Ramírez ha escrito desde entonces, desde que es apátrida con muchas patrias, libros, artículos, nuevas historias, ha recibido de muchas partes (de El País, por ejemplo, de la Academia de la Lengua española, de muchos lugares e instituciones) el agasajo que le corresponde a un caballero como él.

En estos días en que estoy narrando las vicisitudes del pasado y las alegrías que merece este tiempo de Sergio (y de Titulita, su mujer, una persona tan arrojada y risueña), la Academia Española de la Lengua lo ha dignado con el más importante de los premios de la entidad: ahora Sergio, desde este jueves, sucede a Mario Vargas Llosa, su amigo, en la letra L de la docta casa.

Su nombramiento como académico de la Española, en el mismo sitio en el que estuvo Mario, su amigo peruano, es mucho más que un abrazo que los académicos le dan a Sergio en este tiempo; es también la explicación sucinta de su valía, como escritor apasionado que, desde la mañana a la noche, como periodista que es y como narrador que siempre ha sido, trata de contar lo que pasa en el mundo y también en su mundo.

Fue expulsado de su país. Ese impresionante lunar que se ha impuesto, entre tantos otros, el mundo sedicente sandinista, no ha tenido por parte de Sergio otra respuesta que la calidad de sus cuentos, de su prosa, de su búsqueda de lo que la literatura le ha dado como arma para luchar contra el universo mezquino del que viene la maldad sin respuesta de los que han hecho que Nicaragua sea ahora nada o un país a la espera.

Cuando Sergio inició el exilio que ahora persiste, me dijo en su domicilio provisional de entonces: “Estuve en el exilio hasta 1979, bajo orden [dictada por Somoza] de prisión por terrorismo y asociación para delinquir. En 1978 decidí regresar desafiando la orden de prisión, junto con los demás miembros del grupo de los Doces, y viví clandestino en Managua hasta diciembre de 1978 cuando volví a salir a Costa Rica, y de allí hasta julio de 1979 volví a salir hacia Costa Rica, y de allí hasta julio de 1979 cuando, con los demás miembros de la Junta de Gobierno [sandinista], volamos de noche en una avioneta de León, ciudad que había sido liberada por las fuerzas guerrilleras al mando de Dora María Téllez, ahora presa”.

Allí empezó, decía Sergio, “una etapa que fue apreciada como una luz revolucionaria”. Da rabia volver atrás cuando ya no se puede decir ni siquiera adiós muchachos porque aquellos muchachos rompieron el esplendor de la esperanza.

A Sergio Ramírez lo veo muchas veces en Madrid, en otras partes, lo siento como un muchacho que no ha dejado nunca de sentirse aquel chico de Masatepe que ahora camina por otros mundos en los que también van los que con él han viajado.

Juan Cruz

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