Entre Tucídides y Confucio
Al convertir a “la trampa de Tucídides” en el eje discursivo de la reciente cumbre bilateral con Donald Trump en Beijing, el presidente chino Xi Jinping ofreció una puesta en escena en la que la historia clásica occidental se fusiona con la filosofía oriental para reescribir las reglas del poder mundial emergente.
La tesis de Graham Allison -recogida por Xi- es clara: el temor de una potencia establecida ante el ascenso de una emergente puede conducir a la guerra. En su libro «Destinados a la guerra: ¿Pueden Estados Unidos y China escapar de la trampa de Tucídides?», publicado originalmente en 2017, el politólogo de Harvard aclara que el concepto -que alude al historiador de la Grecia antigua y su libro Las guerras del Peloponeso (siglo V a.C.)- funciona como una advertencia antes que como una profecía fatalista.
Al recibir a Trump, Xi retoma la pregunta a manera de advertencia: “¿Podrán China y Estados Unidos superar la llamada 'trampa de Tucídides' y crear un nuevo paradigma en las relaciones entre grandes potencias?”.
Aunque utilizó la analogía para proponer la coexistencia pacífica, advirtió inmediatamente después que el estatus de Taiwán es la “línea roja” de la relación; su mala gestión sí podría activar un escenario de conflicto real como el que enfrentó a Atenas con Esparta. Por su parte, Donald Trump reaccionó en sus redes sociales interpretando con ironía la cita de Xi, señalando que el mandatario chino se había referido "muy elegantemente a Estados Unidos como una nación en declive", pero aclarando que esa descripción correspondía a la gestión de Joe Biden y no a su propio mandato.
El planteo formal de Xi trae consigo un calculado meta mensaje: Beijing obliga a Washington a aceptar, por definición, que China ya es una contraparte con la cual tratar, en paridad de condiciones. No es una petición de ingreso al orden global; es la constatación de su protagonismo en la construcción de las reglas, organismos y y mecanismos que regularán el orden mundial del futuro.
Beijing toma a Tucídides para explicarle a Occidente cuál es el desafío fundamental, pero sigue a Confucio en el modo de hacerle frente. La filosofía confuciana puede empatizar bien con la teoría de la “interdependencia compleja”, también de matriz occidental: el pensamiento tradicional chino no concibe a los actores aislados, sino definidos por sus relaciones mutuas. Desde la perspectiva de Beijing, esta fusión permite justificar un orden global donde la economía y la diplomacia limitan el conflicto militar.
La interdependencia compleja, planteada por Robert Keohane y Joseph Nye, sostiene que los Estados están vinculados por múltiples canales y que la fuerza militar no es el único instrumento eficaz de poder. Traducido en clave confuciana: frente a la real-politik occidental, que ve el sistema internacional como una jungla anárquica de Estados que compiten entre sí, Beijing lo ve como una red de conexiones jerárquicas y responsabilidades mutuas.
Frente a la lógica occidental de “juego de suma cero” (lo que uno gana el otro pierde), el mandatario chino evoca el concepto de He Er Bu Tong (armonía sin uniformidad, o unidad en la diversidad) y el “win-win” (ganancias mutuas). El mensaje explícito es pacifista: sistemas distintos pueden cohabitar. El meta mensaje, no obstante, es otro desafío a la preeminencia de los EE.UU. Bajo su llamado a la “Comunidad de Destino Compartido” subyace una advertencia disuasiva: cualquier intento estadounidense de asfixia o desacople arrastraría a su propia economía al abismo.
El desafío de este siglo, en todo caso, no radicaría tanto en tener que elegir en este choque de narrativas, sino en repensar la lógica binaria y las “esferas de influencia” bajo el prisma de una gobernanza basada en la complejidad relacional y las responsabilidades compartidas. Un mundo donde el conflicto y la cooperación ya no son excluyentes, sino coexistentes y simultáneos.
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