¿Otra película de Star Wars? ¡Ufa!
Hoy se estrena The Mandalorian and Grogu, una nueva película del universo Star Wars, y pienso: “¿Otra más? ¡Ufa!”. La franquicia inventada por George Lucas es una tierra fértil que, si el ChatGPT no me miente, ya dio doce filmes (entre la saga original, precuelas y spin off) y diecisiete series. Puedo garantizarles que nada me interesa menos que esta catarata de jedis, robotitos, princesas, espadas láser, ET simpáticos y tipos con cascos de Rappi intergaláctico. Antes lo decía con pudor, pero los fans de la franquicia son tan intensos que hoy lo repito con orgullo: a la Guerra de las Galaxias, ni cabida.
Ahora voy a explicar mis razones. La cinta original se estrenó en 1977. Yo tenía 16 años y mi educación sci-fi respondía a las películas que daban por la tele en Sábados de Súper Acción. Dos estaban al tope de mis preferencias y, de alguna manera, moldearon lo que yo buscaba en el género: La guerra de los mundos (1957) y El planeta de los simios (1968).
Las historias con eje en el espacio exterior debían ser dramáticas y con personajes recios porque lo que estaba en juego, nada menos, era el destino de la Humanidad.
La Guerra de las Galaxias no parecía ir por ahí, todo lo contrario. Arturito (o R2-D2, ¡nerd!) tenía la misma lógica que el robot de Perdidos en el espacio, la comedia para niños que hizo Guy Williams después del Zorro. Citripio (bué, C-3PO) era bastante pavote. Y la princesa Leia, con sus rodetes ridículos, me resultaba menos sexy que Sira, la mona de El planeta de los simios.
En suma, todo me sonaba demasiado ATP, light, infantil, y yo estaba en la edad de ver “prohibidas” de contrabando en el Pablito Podestá de Parque Patricios o en el Gran Alsina.
El éxito fenomenal de la película de George Lucas no me movió ni un pelo (que lo tuve, no vaya a creer). Las historias de aventuras interplanetarias que yo quería vendrían poco después: Alien, el octavo pasajero (1979) y Blade Runner (1982), ambas de Ridley Scott, y La cosa (1982), de un crack del terror como John Carpenter. Y aunque llegué tarde, porque era de 1968, por esa época también vi 2001: Odisea del espacio, de otro genio, Stanley Kubrick, lo que terminó por ratificar lo que buscaba en el género: oscuridad y desesperanza.
“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”, le dice el personaje de Rutger Hauer a un Harrison Ford mucho más curtido que su Han Solo de chalequito. Esa sola línea de Blade Runner destruye a todo el Imperio de Darth Vader.
Hace diez años, mis hijos me llevaron a un cine del Abasto para sacarme la indiferencia por Star Wars. Creo que vimos Rogue One. Vieron ellos, bah, porque yo me dormí una siesta incomparable. Por eso, cuando algún fanático insiste con que me estoy perdiendo la gran cosa, les respondo: “Andá, que la Fuerza te acompañe”.
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