La emprendedora “mutante” que ganó el Martín Fierro de la Moda a la Trayectoria
Jessica Trosman ganó el Martín Fierro de la Moda a la Trayectoria y, en el escenario, dijo algo que sorprendió: “Yo me olvido de todo lo que hice”. No era una falsa modestia. Su vida es tan vertiginosa que, solo en ocasiones, como cuando recibe un premio, tiene la oportunidad para detenerse un segundo y mirar hacia atrás.
Trosman nació en Buenos Aires en 1966, pero se crió entre la Argentina y Estados Unidos. Vivir afuera marcó su ritmo. “A los 12 años ya sabía que quería diseñar, pero a los 14 trabajaba en McDonald’s. En mi casa te enseñaban que vos eras empresario de tu propio puesto”, recordó en diálogo con LA NACION.
Cuando volvió a Buenos Aires, el mandato familiar era claro: había que estudiar “una carrera”. Eligió Traductorado Público, se recibió y hasta trabajó unos meses. “Soy muy cumplidora, necesitaba tener un título para quedarme tranquila. Pero apenas tuve el diploma dije: ‘yo voy a hacer ropa’”, enfatizó.
La entrada al mundo de la moda fue artesanal: una valija con diez prendas, diez ideas y la decisión de golpear la puerta de quien admiraba. “Le toqué el timbre a Santiago Sáez -dueño de la marca Ona Sáez- con mis prototipos. Ahí empezó mi carrera”, recordó.
Antes había aprendido a confeccionar desde cero en el taller integral de la madre de su pareja de entonces, que trabajaba para Vitamina. “Yo iba a las ocho de la mañana como un soldado. Me enseñó todo”.
Luego vinieron los primeros trabajos para Kosiuko y marcas que, en los 90, definían el pulso de la moda local. “Yo hacía todo. Diseñaba, producía, hacía la caja de exportación, posaba en los catálogos. Épocas en las que uno hacía de todo”.
A fines de los ‘90, Jessica Trosman se asoció con el diseñador Martín Churba y nació Trosman - Churba, una dupla que revolucionó el diseño local. Juntos ganaron el Premio Tijera de Plata como revelación del diseño argentino, presentaron su primera colección en Roma, participaron del New York Fashion Week y fueron los únicos extranjeros invitados al San Pablo Fashion Week 2001.
Luego fundó Trosman, su propia marca, con la que escaló internacionalmente. Su éxito incluyó un showroom en París, y ventas a diferentes países, como Estados Unidos, China, Arabia Saudita, Suiza, Bélgica, Inglaterra, Francia y Japón.
El hito japonés fue enorme. Trosman firmó un acuerdo con Onward Kashiyama, uno de los grupos económicos más grandes del mundo en comercialización y producción de ropa de lujo, que manejaba marcas como Viktor & Rolf, Jean Colonna, Hussein Chalayan y Marni. Ella diseñaba y ellos producían para 18 locales propios, con una calidad tecnológica que -recordó- hacía que a veces ni reconociera sus propias prendas. “La Argentina no puede competir con esas telas. Pero nuestro diseño sí puede conquistar el mundo. Exportamos cabeza, creatividad. Eso es lo que más vale”.
En 2018 dio otro giro, dejó su marca JT y se convirtió en artista: comenzó a producir esculturas y hoy prepara una muestra en agosto, otra participación en arteBA y un nuevo proyecto internacional.
Pero la industria nunca quedó atrás, sino que volvió desde otro lugar. Hoy asesora marcas, diseña colecciones cápsula (para octubre prepara el lanzamiento de una colaboración con María Cher) y trabaja como consultora en estrategias de producto para firmas como Batuk. “Soy una emprendedora mutante. Mi camino no es lineal, es circular y expansivo”, resumió.
A diferencia del estereotipo del creativo puro, Trosman destacó su afinidad por la matemática y la hoja de ruta financiera. “Me gustan los números y me gusta entender que hay que escribir y cumplir los objetivos”, afirmó. Esta disciplina la llevó a contar con mentores de peso como Mario Quintana y Randy Emch, de quienes aprendió la importancia del stock y la gestión de “hits” comerciales como base del sustento económico
Su gran aprendizaje reciente tiene que ver con el público y con la economía real. “Mientras hacía esculturas, empecé a preguntarme por los techos del negocio. En Argentina producís para muy pocos. Entonces pensé: el proyecto que tenga el día de mañana tiene que ver con aprender a diseñar para todos, democráticamente, y no tiene que ser caro”.
Trosman fue franca respecto del contexto. “Es un momento muy difícil. Hay caída del consumo, apertura de importaciones. Hay que sobrevivir”. Pero también vio un diferencial competitivo local: “Nosotros conocemos el cuerpo y la cultura del consumidor argentino. Las marcas globales no. Ellos pueden tener mejor calidad, pero tardan en entender qué nos gusta. Ahí tenemos ventaja. Competir por precio es una batalla perdida. El lugar para competir es el diseño. Identidad y diseño”.
A la hora de dar un consejo para quien quiere emprender, no dudó: “Preguntáte para qué sos bueno. Sin mandatos, sin encasillarte. Sé sincero con lo que te sale naturalmente. Y no dejes para mañana lo que podés hacer hoy”.
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