Tierra del Fuego: qué puede ofrecer la provincia al resto del país
Tierra del Fuego no es un problema para el país, es una oportunidad mal aprovechada.
Lo digo después de más de treinta años viviendo aquí, después de haber gestionado la política industrial de esta provincia como ministro durante cuatro años y de haber pasado los últimos tres y medio conduciendo la principal cámara empresarial del sector productivo. Lo digo con evidencia, no con nostalgia ni con optimismo de ocasión. Y lo digo porque creo que hay una ventana que no va a estar abierta para siempre.
Tenemos un problema conceptual que nadie termina de nombrar con claridad: Tierra del Fuego fue pensada como territorio a desarrollar, y se desarrolló. Pero luego se gestionó y se visualizó —incluso en nuestra propia autopercepción— como un territorio de subsidios y beneficios que la Nación debía sostener.
Las promociones pueden no ser eternas, y al cambiar los contextos y lograr los objetivos, deben ser repensadas y actualizadas. El modelo de sustitución de importaciones predominó durante cincuenta años en Argentina. Con el actual gobierno nacional, esa visión cambió. Y nosotros, como provincia, tenemos que estar a la altura de ese cambio: no resistiéndolo desde la queja, sino liderando la construcción del modelo que viene.
La provincia tiene una dependencia estructural de los fondos de coparticipación federal y del régimen industrial que es, a esta altura, insostenible como modelo ÚNICO.
Tenemos baja diversificación económica, escasa integración con mercados internacionales, infraestructura muy limitada, alto costo logístico y un Estado políticamente sobredimensionado que consume recursos que deberían estar en inversión productiva. Esta descripción realista es el diagnóstico que necesitamos hacer antes de poder construir algo diferente.
Y lo que quiero explicar acá es que ese diagnóstico duro convive con una oportunidad extraordinaria. Porque Tierra del Fuego tiene cosas que el resto del mundo empieza a valorar de maneras que todavía no terminamos de entender.
Tenemos aguas frías y limpias en el Atlántico Sur, condiciones ideales para el cultivo de salmónidos y especies nativas que otros países convirtieron en una industria de exportación en dólares de escala global.
Tenemos vientos entre los más potentes del planeta para energía eólica, gas offshore en explotación y las condiciones naturales para producir hidrógeno verde en el mediano plazo.
Tenemos una posición geopolítica única como puerta de entrada a la Antártida, un continente cuyo peso estratégico en las próximas décadas va a crecer de manera exponencial.
Tenemos una enorme capacidad tecnológica instalada en nuestras plantas industriales para transformarlas hacia producciones complementarias y exportadoras.
Y tenemos condiciones climáticas y energéticas que hacen que instalar data centers o desarrollar biotecnología en esta provincia sea competitivo a escala internacional, algo que hoy es prácticamente nulo, pero que no tiene razón de seguir siéndolo.
Tenemos marca, y eso es mucho más que un activo turístico. El fin del mundo es una identidad que el mundo reconoce y que puede generar valor en todo lo que produce esta provincia: un salmón criado en estas aguas, un software desarrollado aquí, un dato alojado en un data center patagónico, una experiencia antártica que parte desde nuestro puerto.
Pero esa marca no puede quedarse en el sur. Tierra del Fuego es también el centro y el norte, es Río Grande, es Tolhuin, es la estepa, el bosque y el petróleo. La lana y la carne ovina, la madera fueguina, los hidrocarburos: todo eso puede diferenciarse en mercados globales bajo el mismo paraguas de origen, autenticidad y posición geográfica única. La marca territorio del fin del mundo le pertenece a toda la provincia y tiene que generar valor en toda su cadena productiva, no solo en el turismo de Ushuaia. Eso no se construye de la nada: ya existe. Lo que falta es la decisión de usarla con esa visión.
Cada uno de esos sectores es un nuevo pilar. Cada uno es una fuente de empleo calificado, de exportaciones en dólares, de crecimiento del PBI que no depende de un régimen de promoción que el gobierno nacional puede modificar en cualquier momento. Eso es lo que significa dejar de ser periferia subsidiada para ser polo productivo, turístico y logístico en el Atlántico Sur.
¿Por qué no ocurrió hasta ahora? Porque hace falta una condición que no es técnica ni económica: hace falta decisión. Decisión política de definir hacia dónde va la provincia. Decisión de mejorar la infraestructura portuaria y de transporte que hoy limita cualquier proyecto de inversión. Decisión de modernizar la conectividad digital sin la cual la economía del conocimiento es imposible. Decisión de eliminar leyes, normas y procedimientos restrictivos que hacen que invertir en TDF sea más complicado de lo que debería ser. Decisión de transformar el Estado provincial de un aparato políticamente sobredimensionado e ineficiente en un Estado profesional, sin clientelismo, que trata el silencio administrativo como una aprobación y no como una excusa para demorar.
Tenemos además el Fondo para la Ampliación de la Matriz Productiva Fueguina con proyectos en marcha. El desafío sigue siendo que esos proyectos dialoguen con un rumbo estratégico claro para la provincia. El FAMP debía ser una herramienta extraordinaria de transformación si la provincia hubiera decidido hacia dónde va. Sin esa decisión y sin rumbo claro, es solo financiamiento.
Hoy Tierra del Fuego enfrenta una decisión histórica: convertir sus condiciones en ventajas estratégicas. La geografía que durante décadas fue descripta como un obstáculo —la distancia, el frío, el aislamiento— es precisamente lo que nos hace únicos en un mundo que cada vez valora más la Antártida, los recursos naturales prístinos, el turismo de experiencia y la energía limpia. Lo que durante años tratamos como limitación puede ser, con las decisiones correctas, el activo más poderoso que tenemos.
Para eso necesitamos cambiar la cabeza. La nuestra primero: dejar de vernos como los hijos a los que hay que mantener y empezar a comportarnos como lo que somos, una provincia con recursos, con conocimiento y con una posición en el mundo que casi ningún otro territorio argentino tiene. Y la de nuestros gobernantes también: es hora de dejar de gestionar Tierra del Fuego como un problema presupuestario a resolver y empezar a verla como la oportunidad estratégica que es. Cuando esos dos cambios ocurran, Tierra del Fuego será la provincia próspera y con futuro que todos deseamos.
Director ejecutivo de la Unión Industrial Fueguina y ex ministro de Industria de la Provincia de Tierra del Fuego.
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