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lanacion.com.ar · hace 20 horas · Pablo Mendelevich

Senador peronista con Rolls Royce

LA NACION

Es gracioso que varios diputados peronistas hayan visto mancillados sus estrictos principios éticos y morales frente al hecho de que un diputado libertario se apareció en el Congreso con un Tesla Cybertruck de 200 mil dólares. Si hay una corriente política que a lo largo de la historia expuso con crudeza la contradicción entre arrogarse la defensa de los más necesitados y ambicionar impúdicas fortunas personales, esa corriente no ha sido otra que el peronismo desde sus comienzos.

El escándalo del “diputesla”, bautismo en las redes del diputado jujeño Manuel Quintar con resonancias morfológicas del “diputeta” y del “diputrucho”, quizás merezca bastante más que un destino de anécdota evanescente. Porque remueve cuestiones de enorme trascendencia: el fin último que tiene la política, la coherencia personal de los dirigentes, la ostentación de riqueza en un país con altísimos índices de pobreza, la oscura doble contabilidad -blanca y negra- de muchísimos argentinos, especialmente empresarios que son proveedores del Estado, y por supuesto, el grado de honestidad de quienes representan al pueblo.

Pero también se trata acá de la manera en la que la política metaboliza las esporádicas demostraciones, voluntarias o involuntarias, de alguno de sus miembros merodeando para asombro del común de los mortales la cima de la prosperidad económica, el buen vivir, los privilegios.

A media docena de diputados de Unión por la Patria encabezados por el kicillofista Juan Marino, en cambio, el episodio les removió otra cosa: el deseo de indagar si Milei no faltó a la ética cuando, de acuerdo con lo que relató el propio presidente a propósito del “diputesla”, le dijo a Elon Musk en Texas tiempo atrás si no quería regalarle un auto como esos “para la Argentina”, ante lo cual el magnate miró para otro lado. Una de dos: o los diputados de UxP no están enterados de que ellos pertenecen al mismo partido que el presidente que en 1991 hizo historia al aceptar una Ferrari roja regalada por un empresario italiano (Massimo del Lago, quien buscaba la concesión para la construcción de una autopista en Morón) o perdieron la capacidad de sonrojarse.

Año 1991: Carlos Menem posa con la Ferrari que le obsequió un empresario italiano

No fue esa, la de Menem, hay que recordarlo, la primera vez que un empresario obsequió un auto en Olivos. Tres décadas antes Oberdan Sallustro envió de regalo un Fiat 1500 a la boda de la hija de Arturo Illia. El presidente radical ordenó devolverlo en el acto.

Quienes creyeron que el “diputesla” Quintar, hasta su postulación como el millonario ultratecnológico del mes un completo desconocido a nivel nacional, es el primer legislador al que le gustan los autos caros y exclusivos, seguramente no se acuerdan de Julio Amoedo, senador del peronismo por una de las provincias más pobres del país, Catamarca, y feliz propietario de un Rolls Royce. Es cierto que Amoedo no era peronista sino conservador popular y que no usaba el Rolls Royce para ir al Senado, lo tenía en Suiza, más precisamente en Ginebra. Allí lo rodaba cada vez que iba de visita, cosa que ocurría con cierta frecuencia. Eso quiere decir mucho más que a Catamarca, provincia que al parecer no entraba en su itinerario.

Tres décadas antes del menemismo, Oberdan Sallustro envió de regalo un Fiat 1500 a la boda de la hija de Arturo Illia. El presidente radical ordenó devolverlo en el acto

En los ochenta, en los círculos políticos a Amoedo se le decía senador por Palermo Chico, el barrio en el que vivía con su esposa, Inés Lafuente, hija de Amalia Lacroze de Fortabat. El caudillo Vicente Saadi lo convirtió en senador peronista catamarqueño gracias a que por entonces a los senadores, dos por provincia, los elegían las Legislaturas, y no era cuestión de que entrara un radical.

Tampoco es nueva la matriz del litigio por acumular beneficios incompatibles que existe hoy entre el Estado y Cristina Kirchner. El senador Amoedo fue un precursor, un caso paradigmático de cobro doble. Cobraba una jubilación del Instituto de Previsión Social Bonaerense porque había sido legislador provincial pero olvidó declarar este detalle cuando empezó a percibir la dieta de senador nacional por Catamarca, lo cual era incompatible. Hubo más tarde un acuerdo extrajudicial para que devolviera en cuotas la plata que había percibido de más, mucha plata. Tras su muerte, las cuotas las siguió pagando su suegra.

Los oxímoron palermitanos “hippie con Osde”, “nac and pop con iPhone 17”, “izquierda caviar” y otros reconocen, pues, alguna génesis en la frase “senador peronista con Rolls Royce”, sólo que esta de metafórica y genérica no tuvo nada. Es una estampa que tal vez opaque la pretensión virginal del “diputado libertario con Tesla”. Quien, dicho sea de paso, no nació libertario, antes era peronista (en 2021 fue candidato a diputado del Frente de todos – Partido Justicialista). Y quizás por eso entiende de parámetros: en una de las entrevistas que dio la semana pasada explicó que su Tesla cuesta “lo mismo que dos camionetas de los sindicalistas”.

Manuel Quintar, el diputado libertario

El público asocia en muchos casos la autenticidad de una causa con el estilo de vida de quien la defiende, pero en ocasiones eso fuerza dilemas de factura ideológica, como la pretensión de que un comunista aborrezca la Coca Cola. El diputado con Tesla precisamente enarboló la coherencia para sustentar su desembarco en el subsuelo del Anexo de Diputados con la máquina eléctrica importada por él que ocupó una cochera y media. “A mi nombre, con la mía”, escribió en las redes. Milei fue su exégeta. En exquisito lenguaje presidencial dijo: “Ojalá yo pudiera comprarme uno, ¿cuál es el problema? Si ese tipo se ganó honestamente el dinero, se lo gasta en lo que se le canta el culo”.

Habitualmente mucho más atentos a la defensa de la propiedad privada que a la igualdad de oportunidades, los libertarios defienden cada vez que pueden la idea de que si alguien trabajó mucho y ganó mucha plata en forma legal tiene derecho a comprarse lo que quiera. Lo cual no es ni más ni menos que una descripción aséptica de las virtudes del sistema capitalista. El problema es que la vida no es aséptica. Ahí empiezan los detalles. Una cosa es el derecho a tener y otra, la pertinencia de ostentar riqueza. O el sentido de la oportunidad de quien exhibe riqueza desde el oficialismo cuando el jefe de Gabinete, tocayo del dueño del Tesla, lleva más de dos meses haciendo de lastre para el gobierno por no poder explicar cómo hizo con su módico salario para alquilar aviones, comprar casas y llevar adelante refacciones con ínfulas pudientes.

La exhibición de riquezas recién adquiridas tampoco es algo nuevo en el poder. Un hito inolvidable de este vicio fue la jactancia corbatera de Raúl Lastiri, el yerno de López Rega que tras la caída de Héctor Cámpora se convirtió inesperadamente, por tres meses, en presidente de la Nación. A comienzos de 1976, cuando los militares estaban terminando de armar el golpe del 24 de marzo, repuesto como presidente de la Cámara de Diputados Lastiri le dio un reportaje a la revista Gente en el cual posó en su palaciego piso de Avenida del Libertador -que en nada evocaba su carrera de empleado público- recostado en una inmensa cama recién comprada “estilo faraón”, según él, junto a su esposa, Norma López Rega, tras lo cual se pavoneó de tener 300 corbatas, la mayoría importadas (en esa época la importación era algo muy de elite). Contó que se cambiaba completo tres veces al día. En ese momento el gobierno de Isabel Perón colapsaba, había híperinflación y la violencia política alcanzaba niveles tenebrosos. El descontento popular, desde luego, se irrigó con estas declaraciones.

Perón y Evita nunca habían ocultado su forma extravagante de vida. “Es más, la esencia del atractivo de Evita residía en la forma en que ella lucía joyas y modelos”, dice el biógrafo Joseph Page

Tal vez Lastiri pensó en Eva Perón y concluyó que la veneración hacia ella y sus selectos símbolos de riqueza autoinfligida se derramaría de manera análoga en forma proporcional entre los discípulos. O no pensó.

Está claro que el culto a Evita no era a pesar de sus joyas y vestidos lujosos, estaba reforzado por ellos. Se trataba probablemente de un fenómeno emocional sustentado en el valor peronista del ascenso de los trabajadores, un merecimiento revanchista del pueblo humilde que necesitaba ser enfático, ostentoso.

Uno de los vestidos que Dior diseñó exclusivamente para Eva Perón

En 1955 la Revolución Libertadora aniquiló todos los vestigios del régimen peronista. Hasta demolió la residencia presidencial donde Evita había pasado, postrada, las últimas horas de su vida. Sin embargo, al enorme guardarropa de Perón, la flota de motocicletas y motonetas y las joyas de Evita no sólo decidió conservarlos sino que exhibió todo en una muestra. “Las nuevas autoridades de la Argentina -escribió el estadounidense Joseph Page en su magnífica biografía de Perón en dos tomos- estaban convencidas de que una vez que la gente pudiera contemplar las pruebas del estilo de vida pervertido de sus ídolos se daría cuenta de que habían sido defraudados y se desilusionarían para siempre de la retórica peronista”.

No fue lo que sucedió. Entre otras cosas porque al antiperonismo se le había pasado por alto el detalle de que Perón y Evita nunca habían ocultado su forma extravagante de vida. “Es más, la esencia del atractivo de Evita residía en la forma en que ella lucía joyas y modelos”, dice Page.

Dos aspectos concurrentes, por fin, son esenciales en estas disquisiciones sobre la riqueza personal y el poder. El primero se refiere a cuándo se creó la fortuna. Y el segundo, a cómo.

Quintar adquirió ahora su primer Tesla, es decir, siendo diputado nacional, coincidencia que no apuntala la argumentación de que toda su fortuna es legal, porque las imágenes públicas se construyen con trazos gruesos, no revisando asientos contables. Un asesor de imagen clásico probablemente le hubiera desaconsejado hacerse famoso como diputado no por haber redactado un proyecto de ley extraordinario sobre un tema acuciante o por haber liderado una causa popular sino gracias a que se compró un auto carísimo que nadie más tiene (o sólo tienen otras dos personas). Su segundo argumento, el de que además de ser abogado pertenece a una familia dueña de clínicas y prestadoras médicas de Jujuy, sólo parece contribuir a confirmar una percepción generalizada: que para los usuarios el sistema de salud está quebrado pero para los empresarios de la salud no.

Pablo Mendelevich

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