El cambio demográfico que está transformando la Argentina
La Argentina está atravesando uno de los procesos demográficos más profundos de su historia. La natalidad se derrumba, la población envejece y miles de jóvenes calificados se van. En 2016 se registraron 728.035 nacimientos; en 2022, apenas 495.295. Una caída del 32% en seis años. Hoy, las mujeres argentinas tienen en promedio 1,4 hijos, muy por debajo del nivel de reemplazo generacional –que requiere 2,1–. En la ciudad de Buenos Aires la cifra es aún más baja: 0,9 hijos por mujer. La pandemia aceleró este proceso, pero el mismo ya se había iniciado años antes. Estamos frente a un cambio de época.
En pocas décadas, la estructura etaria del país se alteró de manera significativa. En 1960, los menores de 14 años representaban el 31% de la población; hoy son apenas el 22%. Los mayores de 65 años, en cambio, pasaron del 6% al 12%: el doble en menos de dos generaciones. La esperanza de vida supera hoy los 77 años y seguirá aumentando. Según Renaper ya hay 8405 personas mayores de 100 años. La Argentina envejece, y lo hace rápidamente.
Las causas son múltiples y no admiten lecturas simplistas. La crisis económica pesa, sin duda. Cuatro de cada diez personas que no planean tener hijos citan la falta de capacidad económica como razón principal. Tener hijos implica hoy un esfuerzo considerable en términos de vivienda, educación y tiempo, y en un contexto de incertidumbre permanente, muchas parejas deciden esperar o directamente descartarlo. Pero sería un error reducir el fenómeno a la economía. Hay transformaciones culturales más profundas en juego. La maternidad dejó de ser una obligación social para convertirse en una opción. Las mujeres con mayor nivel educativo, acceso al mercado laboral y a métodos anticonceptivos, postergan o directamente descartan la maternidad. Según una encuesta de UADE-Voices! de 2022, “tener hijos” ocupa apenas el quinto lugar entre los factores que los argentinos consideran importantes para vivir una vida plena. El 92% considera esencial tener salud; el 72% valora un trabajo que le guste; el 55%, poder estudiar; el 40%, tener tiempo libre y viajar. Solo el 35% menciona a los hijos como algo esencial. Entre las mujeres jóvenes de 18 a 24 años, un 30% no proyecta la maternidad en su futuro. Según el Latinobarómetro 2024, entre los jóvenes de 16 a 30 años, solo el 15% menciona “tener hijos” como objetivo de vida, muy por detrás del éxito económico –que lidera con el 78%– o tener una profesión –43%–. La tendencia es clara y transversal a clases sociales y regiones.
Tenemos, por un lado, un creciente número de personas que deciden no tener hijos, y los hijos se tienen mucho más tarde que en otras épocas. El promedio de edad en que se tenían los hijos en 2009 era de 26 años y hoy es de 32. La buena noticia es que hubo una baja significativa en la última década del embarazo adolescente.
Estos cambios no impactan solo en la esfera privada: sacuden los cimientos de los sistemas que sostienen la vida en sociedad. El más inmediato es el previsional. Hacia 2030, la Argentina perderá el llamado “bono demográfico”. Esa ventana de oportunidad se está cerrando. Habrá menos trabajadores activos sosteniendo a más jubilados, con sistemas previsionales que ya crujen y una demanda de atención médica que crecerá por el envejecimiento: más enfermedades crónicas, más cuidados geriátricos, más tratamientos neurodegenerativos.
El sistema educativo enfrenta un dilema de doble filo con ventajas y desventajas. Por un lado, la caída de nacimientos implica menos alumnos: escuelas con aulas vacías, institutos de formación docente con menor demanda, universidades que deberán repensar su escala y su oferta. Esto ya está ocurriendo en países como Japón, Corea del Sur y Grecia, y comienza a verse en Italia y España y también en nuestro país sobre todo en Capital Federal. Por otro lado, con una población que envejece aceleradamente, se abre un debate urgente sobre la educación a lo largo de toda la vida. Los adultos mayores activos demandan seguir aprendiendo, formándose y participando. Casi todos los sistemas educativos del mundo fueron diseñados sobre un modelo del siglo XX: educar a los jóvenes para la vida productiva y luego “soltarlos”. Ese modelo supone que el conocimiento adquirido de joven alcanza para toda la vida. Hoy eso ya no es cierto. La educación debe ser permanente.
Mientras tanto, los hogares se transforman. Los hogares unipersonales pasaron del 13% en 1991 al 25% hoy: una de cada cuatro viviendas tiene a una sola persona como habitante. Y en ese contexto de nuevas formas de afecto y compañía, las mascotas ocupan un lugar cada vez más central. El 79% de los argentinos tiene al menos una mascota en su hogar, y el 80% declara sentir que “es como un hijo”. Es una manifestación de cómo cambian los vínculos y las formas de organizar la vida cotidiana cuando los modelos familiares tradicionales pierden centralidad.
Con respecto a las migraciones el 4,2% de la población son migrantes y fundamentalmente de países latinoamericanos: Paraguay, Bolivia, Venezuela, Perú. Con respecto a la emigración el proceso se aceleró entre 2013 y 2023 con cerca de 1.800.000 argentinos que se fueron a países de Europa como España e Italia y también a Estados Unidos, Brasil, Canadá y Australia. Son mayormente jóvenes de alta calificación que buscan estabilidad económica y política. Esta fuga de talento significa una enorme pérdida de capital social. La inmigración ha ayudado a paliar déficits laborales en sectores como la construcción, la agricultura y el empleo doméstico, aportando diversidad cultural, pero la emigración masiva de profesionales y jóvenes calificados representa una fuga de talento con efectos adversos sobre la innovación y el crecimiento futuro.
Países como Suecia y Japón, entre otros, han ensayado políticas de incentivo a la natalidad –subsidios por hijo nacido, desgravaciones fiscales, licencias extendidas y remuneradas, guarderías gratuitas, jornadas laborales flexibles– con resultados modestos. La evidencia muestra que cuando los cambios culturales son profundos, los incentivos económicos solos no alcanzan. Lo que está en juego es más difícil de legislar: el sentido que una sociedad les da a la familia, al cuidado y a la solidaridad entre generaciones.
La Argentina necesita con urgencia una conversación seria y honesta sobre estos cambios para diseñar políticas públicas a la altura de la realidad que viene. Repensar los sistemas de cuidado, el financiamiento intergeneracional, el mercado laboral, la salud, la formación educativa y el rol del Estado ya no es una opción: es una necesidad impostergable. Lo que está en juego no es solo cuántos somos, sino cómo vivimos, cómo nos vinculamos y qué lugar ocupan la familia, el trabajo y los afectos en nuestras vidas. La demografía, muchas veces silenciosa, está marcando el rumbo. Y no podemos seguir mirando el país como si todo siguiera igual.
Socióloga, presidente de Voices Consultancy, miembro de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas y de la Academia Nacional de Educación
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