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perfil.com · hace 5 horas · Mónica Martin

Mentiroso, pero bien educado

Feria del Libro

“Eso está mal, abuelo, eso no se hace”. Me mira con sus ocho años entre consternada y severa. Me encantó su actitud, tenía razón. Fue un momento difícil si los hay y yo me pregunté una vez más, ¿para qué hablar de más? y a una niña de lúcidos y bien educados ocho años. ¿Aliviarme de la carga de conciencia por ir contra mis principios?

Les cuento de qué se trata. Estaba en la Feria del Libro. Tenía varias actividades programadas, pero la principal, escucharlo a Leonardo Padura, cubano y escritor. Había leído casi todas sus novelas y admiraba su escritura tan conmovedora, que me abría a tantos mundos, épocas y personajes. Amenas e interesantes como pocas, logra que tantos empiecen a leer sus novelas y no puedan evitar sino, llegar al final y luego lamentar que ya se acabó.

En general me basta la obra de un escritor y no soy cholulo, ni siquiera la mínima firma del libro. Pero con Padura era diferente: quería verlo, compartir una sala, escucharlo. Estar. Por eso fui temprano para asegurarme un lugar en la sala y de paso conversar con un amigo de Puerto Rico. Rica la conversación y me despierto cuando faltan 15 minutos. Corro - vuelo a la sala y junto a una manada de gente, trepamos las escaleras para desembocar en una larga cola serpenteando como en los aeropuertos. Para más, la entrada era por el final de la sala y veo que todos los lugares están ocupados.

Mi lamento no merece excusa pero, ¿por qué dejé al azara mi interés, al no hacer lo que cualquier fan de futbol o de una banda hace: ¡asegurarse su lugar!? El vaho de una culpa malsana mortifica mi conciencia. Sin embargo un “¿Qué hacer?” leninista me invade y alerta: ¡debo colarme!

Días más tarde pregunto a nietos más grandes qué habrían hecho ellos. 1. Pedir a la gente de la cola que te deje pasar. Respondo eso es imposible, todos tienen similar interés y tendría que convencer uno a uno, hasta que llegue al que me mande al carajo. 2. “Decí que sos empleado de la Feria y que por hache o por zeta debes pasar”. Otra vez: me preguntará donde trabajo, para qué quiero entrar y porque no tengo la cocarda con mi nombre. ¿Cocarda? Claro, estamos en el predio de la Sociedad Rural. Credencial.

Hay un par más de ideas brillantes, pero ninguna tan eficaz como la mía. El mayor de los chicos me reta con un “abueeelo, eso es trampa”, cuando les digo lo que hice. Y les explico mi pasión de hace varias décadas por la escritura de Padura en que celebro sus novelas, pero la causa más importante la supe en la conferencia.

Yo siempre pensé que su libro mejor escrito era La novela de mi vida, una autobiografía del poeta cubano José María Heredia del siglo XIX. Una historia más acotada frente a la inmensidad de las otras. Padura cuenta en su exposición que, en general hay una brecha entre lo que se pretende y quiere decir, con lo que se logra decir en una novela. Eso le pasaba con todas, menos en una, en la que dice todo lo que quería decir.

Sí, es La novela de mi vida. Así entendí porqué me gustaba tanto. Por ello la habré recomendado tanto a mis amigos, al punto que uno de ellos se la quedó, ahora que la buscaba en mi biblioteca. Bien, es un aviso, una orden y un ruego: “¡Devolvéla, patán!”

Contaré lo que hice para entrar, pero antes debo decir que escribí un libro de próxima edición: La pandemia en el olvido en que trato dos cosas. La central: el porqué murieron 25.000 ciudadanos por demás en 2021 (nota en diario Perfil, 2024), debido a la política de las vacunas. La otra: mi repudio a los que se colaron fuera de sus turnos de vacunación.

Hasta me molestó que mis colegas psicoanalistas se vacunaran junto con el personal de salud, cuando se les autorizó, siendo que atendían on-line y no se quemaban las pestañas como los médicos y el personal de salud en las inhóspitas fronteras hospitalarias. No lo hice y merecí el reto de mis hijas. Tenían razón, pero yo también.

Y yo ahí, colándome para estar con Padura. Tantas veces, como a usted lector, la ocurrencia llega cuando la fiesta terminó. Pero esta vez, la desesperación me ayudó. Sin vacilar y con la cara de preocupación que portaba, le digo a la empleada en la entrada: “Soy el primo de Padura”, a lo que de inmediato me invita a pasar a las primeras tres filas vacías. Desconcertado y feliz veía cómo se iban ocupando con los adalides de la industria editorial, escritores de fuste y su señora esposa. Y yo.

Recordé que hace unos años, en una entrevista periodística en Caracas, se me escapa la frase: 'Los niños que no saben mentir, están maleducados'”

Mis nietos mayores celebraron la aventura, pero me miraban torcido, en un almuerzo al día siguiente, a la vera del río Paraná. Hasta que descubrí la verdad.

¡Yo no me colé! Apenas mentí. Y así recordé que hace unos años, en una entrevista periodística en Caracas, se me escapa la frase: “Los niños que no saben mentir, están maleducados”. Ante la sorpresa del periodista y la mía, por el exabrupto, la explico bien. Es tan frecuente, uno habla y luego se entera de lo que dijo. No hay que ser transparente frente a los padres y maestros, o sea, hay que preservar el secreto íntimo y el misterio que nos habita. Vale tanto más para las parejas, si quieren seguir juntas. Por supuesto sale la entrevista en la página central dominical, como prometido, de no sé qué periódico chavista, pero de eso, nada.

Santiago Caputo y Martín Menem