De la ficción a la realidad: interactuar con la huella digital de los que ya no están
Concluidos aquellos largos y agobiantes días del duelo, nos reunimos en la casa que había sido de nuestro padre. Todos: hijos, hijas y los nietos mayores; una formación completa que rara vez coincidía, salvo para celebrar la vida o despedirla.
El almuerzo, servido por la empleada de toda la vida, tuvo esa formalidad gélida de las reuniones donde lo que no se dice pesa más que lo que se habla.
Nadie mencionaba el verdadero propósito: la propiedad, las cuentas, el reparto de la herencia.
Súbitamente, uno de los nietos -con la naturalidad de quien nació entre pantallas- lanzó una propuesta que nos paralizó: ¿Y si antes de irnos escuchamos al abuelo?
Sin esperar respuesta, colocó su laptop en el centro de la mesa. De allí surgió su voz. ¡Nuestro padre nos hablaba como si estuviera presente!
Olvidamos por un momento que lo hacía desde una “nube”, propiedad de una corporación, que cobraba una suscripción mensual por la memoria procesada de su historia.
Las historias familiares solían transmitirse oralmente, sin ceremonias, a veces de forma íntima, cálida y con la ilusión de que no se perdieran y fueran a su vez retransmitidas.
Hoy, en cambio, una tecnología permite algo que hasta hace poco resultaba inimaginable: interactuar con la huella digital de quienes ya no están.
Con solo pulsar una tecla, es posible dialogar con la versión digital de una persona a la que el tiempo le ha sido negado, con sus herederos. Preguntarle, por ejemplo: ¿Te sientes orgulloso de la familia que has criado? ¿Qué es lo que siempre quisiste hacer y nunca hiciste? ¿De qué te arrepientes? ¿En qué momento fuiste más feliz? ¿Qué es lo que más te costó perdonar, o perdonarte?
Y nosotros, preguntarnos: ¿de qué se trata esto? ¿De memoria…u otra cosa? ¿La muerte habilita preguntas que la vida ha inhibido, y abre una nueva dimensión de intimidad?
Hace apenas una década, estas ideas pertenecían al terreno de la ficción. En Black Mirror, una mujer recrea a su marido fallecido a partir de sus datos digitales: su historial de chats, audios y redes sociales.
En Transcendence, la conciencia de un científico, en tanto él agoniza, es subida a una máquina.
En Marjorie Prime, una anciana convive con una proyección de su esposo reconstruida a partir de recuerdos.
Hoy, dichas “posibilidades” han dejado de ser imaginarias. Son nuevas formas de permanencia.
Han surgido recientemente tecnologías -agrupadas bajo términos como grief-tech o thanatechnology- que permiten construir una presencia digital interactiva a partir de la vida de una persona.
No se trata de inmortalidad ni de conciencia transferida, sino de una reconstrucción algorítmica a partir de datos: voz, gestos, relatos, imágenes. Una mera apariencia, incorpórea e inasible.
Esta nueva forma de presencia sin vida -continuidad simulada de una identidad - introduce una inquietud difícil de disipar.
Una empresa rusa de robots humanoides -Promobot- ha lanzado el "Humanoid Project", ofreciendo 180.000 euros a cambio de la cesión vitalicia de los derechos del rostro y la voz del seleccionado. Además, debía someterse a un modelado 3D y grabar cien horas de su propia voz, que se incorporarían a robots de atención al público en recepciones, museos y bancos.
Más de veinte mil candidatos se apresuraron a ser elegidos, dispuestos a ceder su imagen para siempre. Ello revela más que un vacío jurídico, y abre una pregunta más honda: ¿estamos listos para aceptar estas formas de presencia, tan simples en apariencia y tan perturbadoras en su alcance?
La biología pone fin a la vida; el algoritmo intenta prolongar la presencia. Podría parecer una reedición del pacto fáustico. No lo es del todo.
En la clásica obra de Goethe, Mefistófeles le promete a Fausto algo que la naturaleza no puede darle - juventud eterna, conocimiento absoluto - y lo engaña. La tecnología, en cambio, no engaña: devuelve la verdad que el usuario le ha brindado. Y le permite algo que se vuelve real: que el tiempo no borre el pasado. Que el silencio no llegue.
Una de estas tecnologías tuvo un origen profundamente humano. Impulsado por Steven Spielberg a través de la USC Shoah Foundation, el proyecto Dimensions in Testimony buscó preservar los relatos de los sobrevivientes del Holocausto.
No como archivos pasivos, sino como experiencias interactivas. Uno de ellos, Pinchas Gutter, aceptó participar con una idea simple y poderosa: que, dentro de cien años, un niño pudiera hacerle una pregunta… y recibir una respuesta.
Los distintos sobrevivientes cuyos testimonios fueron recogidos pasaron días rodeados de decenas de cámaras con tecnología de video interactivo, respondiendo miles de preguntas sobre historias vividas.
Ante el inevitable envejecimiento y desaparición de los últimos sobrevivientes del Holocausto, la tecnología no busca reemplazar la memoria, sino evitar su desaparición; el sistema las transformó en respuestas posibles.
En 2017, en Los Ángeles, California, Stephen y Heather Smith crearon StoryFile, que a través de la plataforma tecnológica “Converse”, realizan un “video interactivo” similar a una entrevista en la cual el protagonista relata de viva voz, incluso con su lenguaje gestual, los aspectos de su vida que desea trasciendan.
Ya en funciones, el mecanismo algorítmico analiza las preguntas que se le formulen, selecciona el clip de video donde la persona se ha referido a algo similar, y responde manteniendo contacto visual.
Los algoritmos, en una aplicación en la medicina gerontológica, pueden ser constituirse en una valiosa ayuda como apuntadores al guion de vida de pacientes con demencia o Alzheimer.
Alimentados de información y testimonios gráficos de la vida del paciente -fotos, videos, cartas, canciones, grabaciones de audio- el sistema indexa y categoriza por épocas.
Basta que un paciente mire con curiosidad una foto o un video en el que aparece, para que la IA lo vincule con ese momento de su vida, y le ayude de ese modo, a retrotraer recuerdos, recomponer su identidad y reconectarse emocionalmente con su yo.
El derecho ha comenzado a enfrentarse con estas preguntas. En Alemania, los padres de una menor fallecida en las vías del tren en Berlín, intentaron acceder a su cuenta de Facebook para comprender las circunstancias de su muerte. La plataforma lo impidió, invocando la privacidad de terceros.
El caso llegó a la máxima instancia judicial, y el Tribunal Supremo Federal alemán (BGH), resolvió que el contenido digital forma parte de la herencia, equiparándolo a cartas o diarios personales, aun cuando contuviesen secretos compartidos con terceros.
La decisión fue clara: los datos también se heredan. Sin embargo, el problema está lejos de considerarse resuelto.
Más allá de ciertas normas existentes en la UE y España, los demás países en general parecen haber acordado postergar lo relativo a la temática digital, y particularmente las responsabilidades de la IA.
Ante la parálisis legislativa, los términos de servicio de las plataformas se han convertido en “ley de facto”. Algunas eliminan cuentas tras un tiempo de inactividad. Otras, las convierten en “conmemorativas”, sin permitir acceso.
En muchos casos, los herederos no pueden conocer ni gestionar los contenidos. El resultado, un limbo. Millones de identidades digitales permanecen activas, sin dueño, sin control y sin reglas claras.
Se ha estimado que hacia 2070 Facebook podría tener más perfiles de personas fallecidas que de usuarios vivos.
Lo que ha nacido con una finalidad de preservación histórica, llevado al ámbito personal adquiere otra dimensión.
No se trata ya solo de recordar, sino de interactuar a través de una perfecta simulación de presencia, mediante el desacople de la identidad digital de una persona.
Es innegable que habitamos la era de la IA, cuya tecnología, en constante desarrollo, no es plenamente gobernable.
Las transformaciones actuales desbordan la esfera privada: el uso de la imagen y la voz mediante IA impacta de lleno en el espacio público a través de producciones audiovisuales sin actores reales, “resurrecciones” digitales de personas fallecidas y contenidos que simulan una presencia orgánica inexistente.
Aunque todavía no se cuenta con una gran producción cinematográfica “100% IA” -con actores totalmente sintéticos y una narrativa compleja al estilo Hollywood-, ya se asiste a hitos que apuntan en esa dirección.
Hoy intérpretes fallecidos “vuelven a la pantalla” bajo el consentimiento de sus herederos, recreados mediante algoritmos y secuencias completas generadas sin necesidad de rodaje físico.
Hay vaticinios que sostienen que en un futuro cercano el espectador dejará de cuestionar si quien aparece en pantalla es una conciencia humana o una construcción algorítmica.
En el ámbito político también proliferan imágenes y videos sintéticos reproducidos con una fidelidad técnica asombrosa que desafían la noción de verdad. Dicha tecnología, aplicada a la creación de deepfakes, atribuye a figuras públicas discursos nunca pronunciados o actos jamás realizados.
En tales casos, la IA no prolonga la identidad; la suplanta o la mistifica. Ante este escenario, la pregunta deja de ser técnica: ¿Quién controla la identidad cuando puede ser reproducida o alterada sin su titular?
En el caso de una persona difunta - ¿quién es el custodio del legado de su identidad digital?
Nuevamente nos hallamos ante una problemática existencial: - ¿Estamos dispuestos a aceptar, sin más, lo que la tecnología es capaz de llegar a hacer?
¿Existe el derecho a desaparecer también del mundo digital? ¿O debemos quedar reducidos por siempre a una versión procesada de lo que fuimos?
Se trata de interrogantes que se tornan cada vez más acuciantes a medida que la IA es capaz de adoptar decisiones más autónomas, complejas y encadenadas, independientes de toda intervención o acción directa del ser humano.
Otro riesgo a no ser soslayado es que la identidad digital -sin control del titular-pueda ser manipulada, alterada o incluso apropiada por terceros.
La posibilidad de una “suplantación póstuma” no pertenece ya al terreno de la ficción: es una vulnerabilidad real en un ecosistema donde los datos sobreviven más que las personas.
Debiera reconocerse también el “derecho al olvido”, que consiste no solo en la facultad de poder borrar el pasado personal, sino el de decidir no seguir existiendo como dato.
El derecho debe pronunciarse. Se requieren normas que, cuanto antes, establezcan la posibilidad de toda persona de disponer qué queda y o qué quisiera que desaparezca de su identidad digital tras su muerte. Es decir, de decidir no sobrevivir como un “ser digital” después de su muerte biológica.
Ello debe conllevar, asimismo, la posibilidad de prohibir a sus herederos el acceso a los secretos de sus cuentas u otros contenidos digitales y disponer que el derecho a su imagen se extinga con su muerte.
Después de que el viejo comedor se llenara una vez más con el vozarrón del abuelo, el almuerzo concluyó en un apabullante silencio.
La historia familiar que él había construido en vida parecía adquirir un nuevo significado a través de ese relato digital. ¿Lo habrá inspirado el solo propósito de que no lo olvidáramos? ¿Habrá querido decirnos algo que nunca nos animamos a preguntarle?
¿Habrá decidido dejar respuestas para un tiempo en el que ya no estaría, o simplemente habrá aceptado que la desaparición completa ya no es posible?
Quizás no trataba de permanecer, sino recordarnos algo más simple: que ya no somos solo biológicos, sino que somos, también, digitales hasta la muerte.
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