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perfil.com · hace 5 horas · Diego F. Barros*

Dos tumbas y dos mundos en un mismo país

Avellaneda y Wilde 18052026

Los dos fueron ministros de Justicia e Instrucción Pública; uno de Sarmiento; el otro, de Roca. El primero -Nicolás Avellaneda- llegó a ser presidente; el segundo -Eduardo Wilde- no.

Tuvieron en común a Bolivia y a Tucumán: Avellaneda había nacido en la provincia norteña y debió exiliarse de niño junto con su madre y hermanos en el país vecino, luego del asesinato y decapitación de su padre en manos de Rosas. Wilde, de madre tucumana, nació en la ciudad boliviana de Tupiza.

A la hora de la vocación, Avellaneda optó por las Leyes; Wilde, por la medicina.

Ambos eran diestras plumas y ambos formaron parte de la misma élite que forjó la Organización Nacional.

Los debates entre católicos y laicistas -a raíz de la ley de matrimonio civil y la 1420 de Educación promovidas por Roca- los encontraría en veredas radicalmente opuestas. Avellaneda era un confeso católico; Wilde, un agnóstico militante.

Afirma el historiador italiano Carlo Ginzburg a la hora de defender la potencialidad de la microhistoria: “Minúsculas singularidades paleográficas han sido usadas como rastros que permitían reconstruir intercambios y transformaciones culturales…” y “… mínimos indicios han sido asumidos una y otra vez como elementos reveladores de fenómenos más generales: visiones del mundo de una clase social, o de un escritor, o de una sociedad entera” (Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales, p. 163).

La de Avellaneda conmueve por la escultura de una doliente que parece envolver el pilar coronado por el busto del ex presidente"

Si acaso un sepulcro sigue “hablando” de cómo fue la vida del muerto, allí están los de Avellaneda y de Wilde como sendos indicios materiales reveladores de aquellas diferencias que los enfrentaron en vida. Sus tumbas -ambas en el Cementerio de la Recoleta- no solo están distantes espacialmente una de otras; cada una de ellas sigue revelándose como indicios de aquellos debates, de aquellos matices al interior de un mismo proyecto de país.

La de Avellaneda conmueve por la escultura de una doliente que parece envolver el pilar coronado por el busto del ex presidente. Es una de las pocas esculturas llevadas adelante en América latina por el escultor francés Jules Félix Coutan, el mismo del grupo escultórico que preside el frontispicio de la Gran Terminal de Nueva York. Además de católico, Avellaneda fue un exquisito y erudito político.

El sepulcro de Wilde es una mole de mármol negro, sin cruz ni imagen alegórica, como si estuviera hecho para no ser visitado. En definitiva, para un agnóstico, polvo somos y en polvo nos convertiremos…

Sea como sea y en sus diferencias, ambas tumbas nos confirman, con Borges, aquello de que “convencidos de caducidad/por tantas nobles certidumbres del polvo, /nos demoramos y bajamos la voz/entre las lentas filas de panteones,/cuya retórica de sombra y de mármol/promete o prefigura la deseable/dignidad de haber muerto” (Recoleta).

Pero también los textos -sobre todo los de aquellos para quienes la palabra fue una pasión irrefrenable-, siguen siendo -nuevamente siguiendo a Ginzburg-, indicios no perecederos de un modo de ver el mundo.

Los de Avellaneda, mucho más para ser pronunciados, ya que la oratoria formó parte de su sólida formación. Están allí cada uno de sus discursos en ceremonias en las que el buen decir era un componente indispensable. Aquel del entierro de Vélez Sársfield o el conmovedor frente a la tumba de Dominguito, con su padre in absentia; el de la llegada del ferrocarril a su Tucumán natal o los tan distintos de la inauguración del Observatorio Astronómico de Córdoba o con el cual recibió los restos del general San Martín en 1880.

Wilde basculó entre la medicina y la ficción, alimentando de páginas deliciosas la literatura nacional. Pero hay un texto que también puede ser tomado como un indicio; como un síntoma de una época. Se trata del retrato de su amigo, de su entrañable amigo: “Avellaneda ha sido uno de los pocos hombres que me ha querido realmente y sin ambages; toleraba mis incongruencias y se explicaba las faltas aparentes de lógica o de correlación en mis actos. Yo también lo quería mucho y no podía pasar un día sin verlo.

Lo que irrita, lo que enemista, lo que divide, debe ser efímero y transitorio, puesto que las grandes tradiciones que se apoyan sobre las tumbas de Rivadavia, de Lavalle, de Alsina, vienen igualmente a levantar la vuestra (N. Avellaneda)"

Cuando por alguno de esos motivos míos, reales o imaginados, dejaba de visitarlo, sufría yo con la privación que me imponía, pero experimentaba un secreto placer calculando que él también me extrañaba”. […] Casi todos los días iba yo a casa de Avellaneda, temprano; lo encontraba leyendo los diarios o algún libro; al verme, suspendía la lectura, y la conversación comenzaba para seguir sin alce por dos o más horas”. […]. “Solía ir a visitarme al hospital y no desdeñaba abandonar su casa lujosa para entrar en mi cuarto húmedo, sombrío y sepulcral, con tijorantes de palma amarillentos y vidrios romboidales minúsculos, engastados en forma de mosaicos entre los barrotes coloniales de mi ventana”. Y ante la muerte joven de su amigo, se quejaba: “¡Pobre Avellaneda, morir tan pronto! Yo solo he comprendido cuánto lo quería después que ha muerto como uno solo se apercibe de que tiene entrañas cuando le duelen” (Nicolás Avellaenda).

Solía ir a visitarme al hospital y no desdeñaba abandonar su casa lujosa para entrar en mi cuarto húmedo, sombrío y sepulcral, con tijorantes de palma amarillentos ("Avellaneda", de E. Wilde)

¿Acaso la amistad profunda entre dos sujetos que más allá de sus diferentes creencias no dudaban en confluir en lo verdaderamente importante -la educación como llave para el progreso-, puede ser leída también como un indicio de la época?

Y dicho indicio, además de ser útil para comprender el pasado, ¿podría convertirse en fuente de inspiración para el porvenir? Vayan, ahora, las palabras pronunciadas por Avellaneda en ocasión del entierro de Vélez Sársfield el 31 de marzo de 1875 como una posible respuesta a aquel interrogante: “Los últimos días que habéis presenciado han sido agitados y turbulentos. Pero esta es, Señor, siempre vuestra patria. Lo que irrita, lo que enemista, lo que divide, debe ser efímero y transitorio, puesto que las grandes tradiciones que se apoyan sobre las tumbas de Rivadavia, de Lavalle, de Alsina, vienen igualmente a levantar la vuestra. Señor: los vínculos no están aún rotos, puesto que sabemos todavía reunirnos todos, para enterrar con honor a nuestros grandes muertos”.

Obras en el sur de la Ciudad 20260511